Opinión

A propósito de La
Casa Blanca de EPN

El ya famoso reportaje del equipo de Aristegui Noticias, sobre la casa de Enrique Peña Nieto cuya propiedad, dijo el domingo la presidencia de la República, corresponde a su esposa Angélica Rivera, nos recuerda otro escándalo, uno también sobre un inmueble ligado a un presidente priísta. Acudo a la memoria de Humberto Musacchio para recordar el caso de José López Portillo y un rancho en Tenancingo. Vale mucho la pena reproducir la versión de Musacchio, publicada en Granados Chapa. Un periodista en contexto (Temas de hoy, 2010), quien considera que la columna de Miguel Ángel Granados Chapa del lunes 24 de agosto de 1981 constituyó quizá “su mayor éxito como columnista (…) La Plaza Pública tenía como encabezados ‘El Rancho de Tenancingo’ y ‘Regalo que ofende’”. En esa entrega, el desaparecido periodista hidalguense publicó, entre otros párrafos, estos:

“En las proximidades de Tenancingo, en el Estado de México, un magnífico rancho quedó hace poco en condiciones de ser entregado a quien va a ser su propietario. Instalado en ricas tierras labrantías, que acaso miden 80 hectáreas, cuenta también con caballerizas ocupadas por magníficos ejemplares. Las vías de acceso al predio y su equipamiento fueron construidos por una compañía contratista, dedicada ex profeso al caso durante varias semanas. Al parecer, el precio del rancho, si hoy se pusiera en el comercio, sería de alrededor de 60 millones de pesos.

“La existencia y acondicionamiento de ese rancho son hechos inequívocos, visibles. El precio es un dato sujeto a comprobación. El origen y destino del establecimiento se mantienen en condiciones que impiden certificar con certidumbre lo que a ese propósito se sabe, porque así lo proclaman, ufanos, miembros del gobierno del Estado de México, es que se trata de un reglado que el gobernador Jorge Jiménez Cantú hará al Presidente de la República.

“Aun si se tratara de un obsequio personal, sufragado con el dinero que con su trabajo ha ganado el gobernador, el hecho contravendría pautas de austeridad que los responsables de manejar un país con padecimientos económicos como el nuestro tienen que imponerse. La ostentación de un presente de esa índole contrastaría con las penurias que millones de compatriotas nuestros, muchos de ellos en el propio Estado de México, sufren cotidianamente. Hacer un regalo de esas dimensiones ofendería a esos mexicanos y también al destinatario.
“Sería peor, sin embargo, si como es presumible, ese regalo ha sido costeado con fondos públicos.

“Estamos ciertos de que, ofrecido el oneroso regalo, no será aceptado”.
Tres días después de publicada la columna, recuerda Musacchio, llegó una carta de respuesta de José López Portillo. El unomásuno, el diario donde publicaba entonces Granados Chapa, tituló: “No aceptó JLP la donación de un rancho en Tenancingo”. Humberto escribe que el texto presidencial “reveló que el obsequio ya había sido aceptado y que el Ejecutivo y su familia lo visitaban con frecuencia, lo que Miguel Ángel ya sabía, pero se guardó para facilitarle una salida digna al Presidente”. Parte de la misiva, dirigida al columnista, dice así:

“Le confieso que nunca en mi vida he tenido el sentimiento de propiedad. Suena cursi, pero nunca me han interesado los bienes materiales. Claro, como todo ser humano, busco seguridad para los míos. Sin embargo, la hermosura del Valle de Tenancingo, pleno de recuerdos de mi adolescencia, y las propias características del rancho, despertaron mi instinto de propiedad. Me dio un poquitín de vergüenza y así se lo dije a mis hijos, que estaban encantados con el sitio.
“Es ideal como refugio de un hombre sin porvenir en México: un expresidente. La idea de vivir en ese lugar, aislado, para ser el mejor expresidente de México, es muy tentadora.

“He ido varias veces al rancho y recorrido a caballo sus alrededores. El microclima es una gloria y los senderos y paisajes bellísimos.
“Pero tiene usted en su sinceridad y valor, con la corriente de opinión que significa, plena razón.

“Aunque es grande la tentación, con verdadera tristeza, de presunto propietario rural, he resuelto no aceptar la donación. No está formalizada y sólo espero que esta decisión no ofenda y ni siquiera moleste, a la generosidad interesada de un grupo de amigos que han pensado que merecía yo un refugio como ése. Con mi respeto, José López Portillo”.

Era el año de 1981, y así reaccionó un presidente en una era sin Internet ni redes sociales. Veremos qué ocurre en 2014.