Opinión

A Peña le urge un perro

 
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Enrique Peña Nieto

La semana pasada el presidente Enrique Peña Nieto tuvo varios eventos públicos que requirieron de su mayor atención. Celebró el Día de las Madres y el Día Internacional de la Enfermera; inauguró una modernización de vialidades en Baja California y, después de más de ocho meses, recibió las cartas credenciales de 19 embajadores. Sus discursos fueron sobre la economía, como desde hace dos años.

Mientras eso sucedía, en Londres se celebró la Cumbre Anticorrupción, convocada por el primer ministro inglés, David Cameron, en la que participaron 40 líderes, incluidos dos presidentes latinoamericanos, Michelle Bachelet, de Chile, y Juan Manuel Santos, de Colombia. En representación del presidente fue el desacreditado secretario de la Función Pública, Virgilio Andrade, lo que subraya el interés de Los Pinos en el tema.

Andrade participó en uno de los paneles secundarios, donde sus palabras sólo encontraron eco por la entrevista que le hizo Notimex, donde afirmó que había reconocimiento en el mundo a los esfuerzos mexicanos contra la corrupción. Eso, lo sabe el secretario y lo sabe el gobierno, no es cierto. La percepción en el mundo es lo contrario, al ir creciendo la idea que la corrupción está incubada en el gobierno peñista, que hace poco para remediarlo, mientras se fortalece la impunidad.

Uno de los oradores principales fue el secretario de Estado, John Kerry, quien habló sobre cómo el enojo de la gente crece porque piensa que el sistema es corrupto. “Sé que algunas personas dicen que es cultural, y que la cultura ha crecido de esa forma y así va a ser”, agregó. “Bien. La cultura puede cambiar. La cultura se puede aprender. La cultura se puede adaptar a la modernidad y al estándar global que requiere algo más”. Las palabras de Kerry no llevaban destinatario específico, pero evocaron la afirmación del presidente Peña Nieto que explica la corrupción en México como un tema meramente cultural.

Tiene razón Kerry; Peña Nieto, no. La corrupción afecta la vida pública.

Como enfatizó, rompe el tejido social y destruye por dentro a las naciones. También quita legitimidad y credibilidad a un gobierno, lo que reduce su capacidad de maniobra política. En junio del año pasado se publicó en este espacio el texto “El fantasma de la 'casa blanca'”, donde se hacía referencia de cómo la corrupción era el preámbulo de la molestia ciudadana en las elecciones intermedias. Se mencionó cómo esa percepción estaba impregnada en la piel de Peña Nieto, por lo que tuvieron que esconderlo de las campañas priistas. A tres semanas de elecciones para gobernador en 12 estados, se está repitiendo la misma situación. El PRI tiene que esconder a su presidente porque le hace daño y le quita votos. La aprobación presidencial en algunos de esos estados ha caído hasta al 12 por ciento, pero Peña Nieto no huele el hedor del fenómeno que lo envuelve. Un botón de muestra: la presencia de Andrade en eventos presidenciales es cada vez menor porque, le dicen, daña la imagen presidencial.

Si Andrade está apestado en la sociedad mexicana, uno podría deducir, es porque está haciendo muy bien el trabajo que parecen haberle encomendado: proteger al presidente. Si Andrade fuera héroe nacional, seguramente sería porque estaría crucificando a los peces gordos que siempre se prometen y nunca caen. En aquél texto en junio se apuntó que Peña Nieto necesitaba encontrar una salida al problema que carcomía su administración y relanzar su presidencia. No hizo realmente nada. Ni transparencia, ni un sistema con largos colmillos para combatir la corrupción. “Los fantasmas de corrupción siempre han perseguido a los políticos. Pero es la forma como los enfrentan, lo que los ha definido”, se escribió para retomar un momento en 1952 de Richard Nixon, en ese entonces candidato a la vicepresidencia en la fórmula con Dwight Eisenhower, quien ante acusaciones de haber utilizado ilegalmente dinero de un fondo de su campaña, pronunció un monólogo de cuatro mil 659 palabras para defenderse. Se le conoce como el discurso de Checkers, que comenzaba con la afirmación de que era un hombre “cuya honestidad e integridad habían sido cuestionadas”.

Para enfrentarlas, anunció una auditoría que demostraría que no había hecho nada ilícito, y al final del discurso se refirió a Checkers, un perro que le regalaron y que se negaba a regresar, porque, bromeó, no había intercambiado al animal por ningún favor o promesas a nadie. Este discurso ha sido tomado como uno de los mejores ejemplos de persuasión política en la historia de Estados Unidos, al incorporar tres de las 30 técnicas en el arte de la persuasión: humildad en la defensa de su integridad, pruebas factuales con la auditoría, y humor, reflejado en el perro.

Su defensa fue un éxito porque tocó las fibras sentimentales y el apoyo de los estadounidenses. No existen las imitaciones o los traspasos mecánicos, pero el discurso de Checkers es un ejemplo de cómo un político tiene que enfrentar los retos sobre aspectos tan subjetivos como su integridad, y con audacia dejarlos atrás. Peña Nieto sigue sin reconocer el dilema en el que vive. Su legado está cuestionado y lastimado. Debería leer el discurso de Kerry en Londres, en cuya conclusión apela: “Ayúdenos en la batalla por el fortalecimiento del compromiso con el Estado de derecho y hagan sentir al mundo que sus líderes al más alto nivel no son parte del problema, sino de la solución”. Peña Nieto tiene la palabra y la acción.

Twitter: @rivapa

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