Opinión

A la batalla

  
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Francis Fukuyama (tomada de @FukuyamaFrancis)

Las sociedades humanas se construyen alrededor de mitos, cuentos, historias. El animismo, la adoración de los antepasados, religiones de pocos y muchos dioses, de uno y de ninguno (que de todo hay). Religiones laicas, incluso. Todos los mitos deben favorecer las necesidades elementales de los humanos: sobrevivir y reproducirnos, pertenecer y escalar (al interior del grupo), porque somos animales sociales. Es por eso que (casi) todos los mitos coinciden en favorecer al grupo frente a los demás. Un grupo que puede definirse como herederos del antepasado que se adora; como seguidores de un dios especial, entre todos los aceptables; o del único dios; o de un proceso de iluminación que sólo algunos persiguen; o de una clase social o económica.

Hay un único mito que hemos construido que parte de una idea diferente: todos somos esencialmente iguales, afirma el liberalismo. Ese mito es un invento europeo, resultado de la imprenta y la lucha entre ideas que ella permitió, que recuperó algunas cosas tanto del pensamiento mediterráneo (griego, pues) como del cristianismo, pero sin dios. Aunque el avance del liberalismo no fue inmediato, ya Hegel en 1806 se imaginaba el fin de la historia cuando el ejército liberal de Napoleón derrotaba a las fuerzas prusianas. Faltaba todavía terminar con la esclavitud, ampliar la franquicia electoral, repartir mejor la producción, pero la idea de que todos somos iguales había derrotado a aquella que afirmaba que algunos tenían mayor cercanía con dios y, por tanto, privilegios.

Pero la derrota de la aristocracia tardó todavía más de un siglo en culminar, con la I Guerra Mundial, y para entonces las religiones laicas ya se habían convertido en alternativas al liberalismo. El nacionalismo (eugenésico) y el comunismo intentaron derrotarlo durante el siglo XX. El primero perdió en la II Guerra Mundial, el segundo en la Guerra Fría. A su término, un discípulo de Hegel, Francis Fukuyama, nuevamente imaginó el fin de la historia.

Pero otra vez hay enemigos del liberalismo. Todos son enviados desde el pasado: fanáticos religiosos, nacionalistas supremacistas, comunistas posmodernos. Unos ponen bombas, otros intentan repetir lo que sus antepasados, nazis y soviéticos, hicieron hace pocas décadas: construir un discurso alternativo, así sea sobre datos falsos, generar un movimiento a su alrededor, tomar el poder, obligar a todos los demás a reconocer el grave error del liberalismo. Porque para ellos no todos somos iguales: hay una raza, una religión, una clase social, que debe prevalecer.

El ascenso de estos grupos al poder en los últimos años, haciendo uso de las herramientas más modernas de comunicación (que el liberalismo no ha comprendido) es una amenaza de la mayor importancia. Porque en ello son iguales Trump, el UKIP, Podemos, Cinco Estrellas, el Frente Nacional, la Alternativa por Alemania y tantos otros. El elemento que los define es la afirmación de que no somos todos iguales, y hay un grupo que debe prevalecer. Cambia el grupo, no la idea.

Defender el liberalismo es muy complicado. No tiene, como los otros mitos, la facilidad de definir un grupo: vamos todos o no va nadie, y eso realmente dificulta la organización. Pero el liberalismo no es sólo el único mito en el que todos somos tratados en esencia de la misma forma, es el único mito que ha permitido generar riqueza y distribuirla desde que tenemos sociedades con base cultural; es decir, desde hace 15 mil años. La izquierda desprecia al liberalismo, lo mismo que la derecha, y ambos ofrecen utopías a cambio: que si el pueblo (o el proletariado), que si la raza (o la religión). En todos los casos, han costado millones de muertos. Como en los siglos pasados, regresa el enfrentamiento. Hay que volver a ganar.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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