Opinión

¿A dónde va Brasil tras la destitución de Dilma Rousseff?

 
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Los manifestantes asisten a  protesta contra el presidente de Brasil, Michel Temer en Sao Paulo. (cuartoscuro)

A Teodoro Gonzáles de León, arquitecto de sueños en concreto.

La destitución de Dilma Rousseff hace 2 semanas , tras de un largo proceso que la asedió y la puso en doloroso suspenso desde el mes de mayo, no es solo la odisea de una mujer que en su juventud peleó valerosamente contra la dictadura ; que llegó a la presidencia para consolidar el programa de Lula da Silva; y que sale en medio de un escándalo sin precedentes de corrupción que ha afectado a todo el país, los partidos y los diversos sectores de la sociedad.

Es también la trágica historia reciente de un gran país , que hace un par de años los economistas reconocíamos por su rápido crecimiento económico, sus elevados niveles de inversión pública y privada y sus logros en el combate a la pobreza, el hambre, el desempleo, la mala distribución del ingreso y el atraso educativo y tecnológico. Brasil asombraba al mismo Banco Mundial que destacaba que era posible crecer distribuyendo el ingreso, dentro de un círculo virtuoso.

Tras 13 años de gobierno del Partido de los Trabajadores, en alianza con otros partidos políticos, primero encabezado por el carismático Lula y luego por Dilma, Brasil cae estrepitosamente en lo económico, con un crecimiento negativo este año, pero también políticamente ante el hartazgo generalizado de la sociedad con la corrupción y el mal gobierno.

En 2010 cuando llegó Dilma al poder, Brasil brillaba en todos los frentes: como la 7ª economía del mundo, con 180 millones de habitantes, orgulloso miembro latinoamericano de los BRICS, era una estrella ascendente entre los países emergentes. Su política nacionalista buscaba proyectarse a nivel internacional no solo en el terreno económico y social- como gran productor energético, minero y agropecuario, socio clave de China, la India y el mundo emergente- África incluso- , sino también en el mundo de la cultura y los deportes.

La Copa Mundial de Futbol en 2014 y las Olimpiadas en 2016 constituían -como en el México de 1968 y 70- la mejor evidencia de que Brasil tenía un destino manifiesto y estaba por ocupar un rol clave en el escenario mundial del siglo XXI.

Al colapso de los precios de las materias primas, -tras de la exitosa primera década del nuevo milenio- y la crisis financiera se sumaron a las tensiones sociales, la incapacidad de cumplir con las aspiraciones de las nuevas clases medias y los trabajadores y la acumulación de viejos problemas políticos, agudizados por una multitud de partidos y alianzas articuladas y aceitadas por la corrupción, las complicidades y los ingresos derivados del petróleo, otras exportaciones de materias primas y los contratos públicos. ¿Suena conocido?

La oposición y en particular los grandes intereses impactados por las reformas aprovecharon esta situación. Aunque Dilma pudo reelegirse gracias a la alianza encabezada por el PT y Lula, con apoyo del Partido Democrático de los Trabajadores y del Parido Progresista, no hay duda que le costó trabajo lograr un 2º periodo presidencial y que el creciente malestar social por las revelaciones sobre la corrupción y en particular por la asociada a PETROBRAS, desde que ella era Presidenta de la empresa, constituyó una lápida muy grande a detener. Las acusaciones y juicios políticos liderados por el Juez Sergio Moro y el llamado Grupo Curitiba fueron congestionando todo el panorama y salpicando a tirios y troyanos.

¿Hasta donde esta caída fue el resultado de una conspiración bien armada por la oposición partidaria y económica y de un golpe de estado político interpretando a modo las reglas jurídicas estrictas, como lo han argumentado Dilma, Lula y sus simpatizantes? ¿Hasta dónde hay que culpar a la acumulación de errores políticos, excesos de confianza y corruptelas en el gobierno y el sistema, que tarde o temprano tenían que aflorar? La historia nos lo dirá…; aunque, como sabemos, la historia la escriben los ganadores.

El Senado votó finalmente 61 a 20 por destituirla, tras de muchos meses de acusaciones y juicios a congresistas, líderes partidarios y empresarios de alto nivel –Odebrecht y Estevez.

Como señalara el diario británico The Guardian (12-9-16) : “Es difícil no reconocer cierto grado de Injusticia en esta brutal caída: la Sra. Roussef nunca fue acusada de haberse beneficiado personalmente de la corrupción (oficialmente fue acusada de haber manipulado las cifras presupuestales del Gobierno) a diferencia de docenas de funcionarios y políticos que votaron por su remoción”. “El que la crisis llegara a este momento catártico habla tanto de la evolución democrática de Brasil como del cinismo de sus elites, tal como lo han expuesto las investigaciones sobre la corrupción en PETROBRAS o de Lava Jato”, como se ha denominado el proceso judicial en Brasil.

Lo que es claro, como se observó durante el juicio y en las últimas 2 semanas, es que La operación Lava Jato no ha concluido. Eduardo Cunha, el polémico líder del Congreso y del PMDB que dio la espalda a Dilma, ha sido destituido –con una prohibición explícita de ocupar cualquier cargo político y puede ser arrestado en cualquier momento.

La semana pasada se acusó ya formalmente a Lula da Silva de corrupción, buscando lo que él había alertado desde un principio como objetivo: obstruir su candidatura en las próximas elecciones presidenciales.

También es evidente que Temer encabeza un modelo económico estabilizador, privatizador y de libre mercado- más cercano a Washington- sin someterlo al electorado que eligió a Dilma con otra agenda de nación. El argumento de Temer y su nuevo gabinete conservador es que urge rescatar a Brasil de la crisis con estabilidad y buen gobierno.

Temer no es popular. Fue interpelado durante la inauguración de las Olimpiadas; ha sido objeto de manifestaciones y acusaciones en su contra; y parece estar rodeado de políticos amigos implicados en el escándalo de corrupción. Las encuestas y las calles sugieren que, cómo en México y otros países de América Latina, el pueblo brasileño está cansado del mal gobierno, de la clase política y de la corrupción y la impunidad. Quiere cambios de fondo y líderes morales que prediquen con el ejemplo.

¿A dónde va Brasil? Para Jonathan Watts de The Guardian todo es posible en el complejo contexto actual. ¿Continuidad del Gobierno de Temer, apoyado por los intereses conservadores y la falta de nuevos líderes creíbles? ¿Soluciones de transición como la exministra del Medio Ambiente, Marina Silva? ¿O habrá el peligro de un cuasi-dictador populista, como en Italia, tras la operación Manos Limpias, con la llegada de Berlusconi?

Cruzo los dedos, tras haber disfrutado una estupenda tropicalizada versión de Ricardo III de Shakespeare, para que de la tragedia brasileña emerja eventualmente un liderazgo moral, visionario, democrático, progresista e incluyente que asimile las lecciones recientes. ¿Será mucho pedir?

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