Opinión

A campo abierto

 
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Casilda Madrazo. (http://www.casildamadrazo.com/bio/)

En las últimas semanas he asistido a tres sesiones de A Campo Abierto, noches de improvisación, organizadas por la bailarina y coreógrafa Casilda Madrazo. Estas veladas se llevan a cabo dos jueves al mes a las 8 de la noche en el número 50 de la calle de Ciencias en la colonia Escandón —qué jueves del mes, no está definido, aunque sí son dos.

Si bien la danza no es mi área específica de conocimiento, me gustaría en esta y las siguientes dos columnas, reflexionar en torno a prácticas que se centran en la exploración del cuerpo y del movimiento, es decir, que parten de la danza y que desde ahí indagan en el transcurrir del tiempo; en el carácter efímero de la expresión humana.

Es esta condición efímera lo que hace que eventos de danza, performance, teatro, del arte conceptual de los 60 o una exposición
—cada uno con su duración específica— puedan leerse a través del lente del tiempo y de su transcurrir.

¿Es de esta especificidad que surge la emoción de asistir a un evento temporal? ¿Cuál es la diferencia entre la contemplación de un objeto de arte y la experiencia de un evento en vivo?

Casilda invita a un grupo o a un músico distinto en cada ocasión con el cual quiere 'trabajar'. Así pues, cada jueves de A Campo Abierto es único. A mí me ha tocado ver y escuchar a un grupo de jazz llamado Barahúnda, a un dueto de música clásica —Alejandro Tello al oboe y corno inglés con Manuel Mejía tocando el laúd— y al músico Mehdi Moshtag, quien con el tar y el setar interpretó piezas inspiradas en melodías persas. Músicos y bailaora ensayan cuando mucho unas horas.

Se da una especie de free styling entre instrumento y cuerpo. Casilda utiliza estos encuentros para continuar y ampliar la exploración personal, en la que lleva años investigando y negociando con el flamenco y sus raíces: en un proceso abierto que se nutre de elementos diversos provenientes de diferentes técnicas dancísticas, donde el punto de partida es la danza flamenca, la cual usa como estructura a ser de-construida, y también a ser enriquecida con herramientas aprendidas de otras técnicas, como por ejemplo, el butoh y la danza barroca. Es así que va construyendo, sobre todo, con la estructura rítmica del flamenco, sus formas y sus objetos: el abaniqueo, la bata de cola, el mantón, aquello que le permite que los movimientos repetidos vayan mutando y transformándose en imágenes. En principios de narrativa. También introduce objetos inusuales y aprovecha su sonoridad, en una suerte de diálogo, réplica y gozo que establece con los músicos en estas noches de improvisación.

Pero, ¿a qué nos referimos exactamente al decir improvisación? En las artes plásticas y visuales la palabra se refiere a la producción sin planeación previa.

A principios del siglo pasado se entendía como una manera de romper con lo establecido: los performances dadaístas y futuristas la usaban para imaginar y explorar lo que el arte podría llegar a ser, el surrealismo la pensaba como una vía para trabajar directamente con el subconsciente. En las artes escénicas improvisar es mucho más común y, tal vez, más complejo. Hay acuerdos, consignas, puntos de partida, patrones que la bailarina (y el músico) ya conoce y a través de los cuales se ordena su exploración. Lo que no hay son puntos de llegada. Es decir, se sabe cómo se comienza, más no cómo va a evolucionar o a qué lugar lleva esa idea, ese ritmo, ese diálogo.

Improvisar implica además un complejo ejercicio de escucha —interna y externa— para los ejecutantes, escucharse simultáneamente a sí mismos y al otro, actuar en repuesta a aquello que el otro propone y provoca con su música y/o con sus movimientos. La improvisación guarda una relación sutil con el tiempo y con la conciencia activa, y pone a prueba los saberes en el aquí y ahora, fuera del resguardo del propio estudio y frente a los ojos del público.

Cada vez que un ejecutante, bailarina o músico se para frente a un público —grande o chico— es necesaria una negociación con el ego: hay que contar con él y a la vez hay que desprenderse de él para 'salir al escenario' e improvisar; hay que soltar y atravesar.

Es decir algo así como, desde la humildad, encontrar la fuerza.

En México no existen temporadas de danza, a los bailarines les dan si acaso un fin de semana en algún teatro, dificultando así la construcción de sus audiencias.

Ser bailarina en este país significa renunciar a priori a una vida de confort, ser bailaora significa exigirle día a día el máximo a tu cuerpo: disciplina y perfección. A sus 35 años y con más de 15 de trayectoria, Casilda es un ejemplo de perseverancia, tenacidad y libertad.

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