Opinión

70 años de 'Manolete'


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Manolete

Mañana se cumplen siete décadas de la presentación en México de uno de los más grandes toreros que han existido: Manuel Rodríguez Manolete. Su contratación se anunció con bombo y platillo en todos los medios tanto taurinos como sociales en el mes de julio de 1945, y desde ese día fue tema recurrente entre la sociedad mexicana.

Antonio Algara viajó a España para su contratación en julio, lo que se consideró un éxito de la empresa para beneplácito de los aficionados. El sueldo de Manolete era mucho mayor a lo que cobraban aquí las figuras mexicanas de aquella época. El ambiente fue creciendo conforme se acercaba la llegada del Monstruo de Córdoba; su temporada española recibió un seguimiento intenso por parte de la prensa especializada. El gran Paco Malgesto viajó a Mérida para recibirlo y entrevistarlo durante el último trayecto del viaje de Madrid a la Ciudad de México, donde cientos de aficionados lo esperaban eufóricos para verle descender del avión y pisar suelo mexicano por primera vez.

Tengo la gran dicha que mi padre, a quien debo esta maravillosa afición, fue testigo de estos hechos, mismos que me ha narrado desde mi niñez. Él tenía 15 años; hoy con 85 cumplidos se emociona al recordar cada detalle de aquella época. La radio invertía horas transmitiendo noticias de todo lo que Manolete hacía en México. Los vecinos de la colonia Roma, incluyendo a mi papá, se iban a la entrada del Hotel Reforma —cuyo edificio sigue existiendo, pero del cual el glamour de la época no se respira desde su cierre hace ya varias décadas— para verlo salir y dar un paseo por los majestuosos camellones de Reforma. Vestido impecablemente con trajes de lana, “Príncipe de Gales”, cruzados de cuatro botones; zapatos bicolores; corbata bien anudada al cuello perfectamente almidonado; y cabello engominado, como si fuese a torear, el cordobés paseaba con torería, con elegancia natural y con aire de grandeza que acompañaba con la sencillez de la gente realmente importante.

Previa a su presentación en la Plaza de El Toreo —donde hoy se encuentra El Palacio de Hierro de Durango—, Manolete tuvo contacto por primera vez con los toros mexicanos en la ganadería de Torrecilla, en el taurino estado de Zacatecas, donde Julián Llaguno le encerró vacas para alternar con Lorenzo Garza en un tentadero que dejó huella en los que tuvieron la dicha de presenciarlo.

Llegó el día y Manolete arribó a la plaza escoltado por motociclistas de la policía, dada la gran expectación que se había generado. Días antes las colas para conseguir los boletos daban dos o tres vueltas a la manzana. Confirmó su alternativa de manos del maestro Silverio Pérez, quien dada la importancia y responsabilidad del evento, ese día se fue a confesar y días antes había dejado su testamento listo. Manolete, de azul cielo y oro; Silverio, de rosa y oro; y Eduardo Solórzano —quien también confirmaba alternativa— de verde botella y oro, despacharon seis toros de Torrecilla.

Al momento de pisar el ruedo Manolete y sus alternantes, con la plaza llena hasta la bandera, se produjo un silencio estremecedor, la gran personalidad del cordobés y el ambientazo de la tarde provocaron uno de los momentos que ningún aficionado presente ha podido olvidar. A su primer toro le cortó oreja y rabo, como era la costumbre de aquella época; su segundo le hirió al torearlo de capote. “Cachorro” le embistió vencido y Manolete no se movió, el toro al pasar le pegó un derrote seco en el muslo izquierdo y sin ni siquiera tirarlo le infirió una cornada que le impidió seguir en el ruedo. Esta cornada hizo crecer aún más la admiración por Manolete cuando en una entrevista le preguntaron: “¿por qué si vio que el toro venía vencido, no rectificó su colocación?”. A lo que parco, pero elegante contestó: “si me hubiese movido, no sería Manolete”.

Su presentación y posteriores temporadas, hasta su trágica muerte el verano de 1947, hicieron que México resplandeciera taurinamente hablando. Manolete provocó que los diestros nacionales se espabilaran, como declaró el mismo Silverio Pérez.

México vivió una época de oro en todos los sentidos: el toreo, el cine, la pintura, en fin. Las artes y la sociedad gozaron de un hombre cuya personalidad y trascendencia influyeron en varias generaciones de mexicanos.

¡Cuántas cosas han pasado en este país en siete décadas! Hoy vale la pena recordar la presentación de un hombre que sigue siendo espejo de toreros y aficionados.

Twitter: @rafaelcue

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