Opinión

55 Muestra de Cine: rebasando


 
I. LA AUTOEXPLORACIÓN VORAZ. En Joven y bella (Jeune & jolie, Francia, 2013), sensible opus 14 del brillante autor completo francés de 53 años François Ozon (tras la sabrosura de su sátira política popular Mujeres al poder 10 y la excelencia de su distanciado thriller mutante En la casa 12), la agraciada chava de 17 años Isabelle (Marine Vacth como fascinante espiguita sensual) se hace iniciar muy insatisfactoriamente en el sexo durante el verano playero por el antiimaginativo guapo alemán Felix (Lucas Prisor), ejerce la prostitución en el otoño parisino vía iPhone sin dejar de ser hijita de la típica familia hipócrita clasemediera (con sargenta madre adúltera Géraldine Pailhas, acariciador padrastro sinuoso Frédéric Pierrot y fisgón hermanito cómplice Fantin Ravat) hasta que su tierno cliente viagraprovecto favorito Georges (Johan Leysen) muere de un infarto en plena cópula y queda al descubierto la doble vida, padece en invierno el miedo que ahora inspira a sus seres queridos y a los adultos que la contratan de niñera, juega a la noviecita precoz por menos de una esforzada primavera con su inexperto pretendiente preparatoriano Alex (Laurent Delbecque) y regresa bisexualmente a las tentadoras andadas, teniendo como primera clienta a la ajada viuda añorante del infartado (Charlotte Rampling), quien no le pide desvestirse, sino evocar juntas la figura del desaparecido.
 
 
La autoexploración voraz se propone como multidimensional hidra de las 7 cabezas significantes: un estudio de adolescencia que va quemando aceleradamente sus etapas, una exploración de todas las pulsiones sexuales posibles antes de cumplir la mayoría de edad, una transferencial y aviesa fantasía masculina vergonzante sobre las mujeres inasibles e insuplantables, una denigración femenina según la hipermachista idea de que todas las mujeres quisieran ser putas aunque prueben lo contrario, un drama informulable en torno a la inexorabilidad del oficio más viejo del mundo (según el dicho francés aquí enarbolado: "Perra ahora, perra siempre"), un opúsculo discursivo que recurre de continuo al melodrama edípico en pos de la carente figura paterna o de improbables retribuciones afectivas, y una glorificación de esa ajena sexualidad ultratecnificada que hoy ya no se manifiesta, ni se vive, sino simplemente estalla incontrolable a tu alrededor.
 
 
La autoexploración voraz no sólo se estructura en 4 episodios, que líricamente corresponden a las estaciones del año, sino que se enmarcan en otras tantas baladas juveniles rosas de Françoise Hardy (la Angélica María gala), tomando de ellas el ritmo displicente, su ingenuote arte de vivir y la candidez que alegremente planteaban medio siglo atrás, para contrastarlas con el rigor, la mirada adusta jamás introspectiva ni perturbadora y un enfoque transgresor sobre la maduración del erotismo femenino, muy de nuestro tiempo, mucho más abierto, cínico y desenfadado, si bien tan frustrante como el de antes.
 
 
Y la autoexploración voraz se consuma ficcionalmente en el desdoblamiento esquizoide a la hora de la iniciación erótica contemplándose a sí misma Bajo la arena (Ozon 00), el simbólico recorrido de laberínticos pasillos baldíos que se estrellan contra El secreto tras la puerta (Lang 48), los meandros visuales de la prostitución tan libremente elegido como en Bella de día (Buñuel 67), la maestría impertérrita de la elipsis audaz, la irónica insinuación maliciosa cual Toque Lubitsch autoirrisorio y el súbito barrido de cámara concluyente en la habitación solitaria para enfrentar ante sí misma al descubrimiento inminente de la melancolía cual ausencia de todo deseo y del tedium vitae ya irrecuperable como suicida Mito de Sísifo por único acompañante futuro.
 
 
II. LA HIPERVITALIDAD EXPLOSIVA. En Gloria (Chile-España, 2012), opus 4 del argentino-chileno de 38 años Sebastián Lelio (de La sagrada familia 03 a El año del tigre 11), con guión suyo y de Gonzalo Meza, la desmadrosa y coqueta dama titular divorciada de 58 años (Paulina García fulgurante) demuestra ser un prodigio de hipervitalidad calculada al saber lidiar a respetuosa distancia afectuosa con su hijo y su hija ya emancipados, e incluso con el ex marido a punto de una nueva paternidad por otro lado, pero Gloria la independiente retrocede y casi renuncia a su alegre libertad al enamorarse del tranquilo empresario separado aunque todavía superexplotado familiar de 65 años Rodolfo (Sergio Hernández) que además, a raíz de una cena molesta para él por sentirse excluido y durante una escapada idílica con celular que acabando deliberadamente en la sopa, se manifiesta experto en agresivas desapariciones, recurrentes aún después de perdonado, hasta que la temperamental mujer desciende de su gloriosa nube y explosivamente le sorraja al galán vejete una andanada de dardos a media calle.
 
 
La hipervitalidad explosiva lucha valerosamente contra los estereotipos y valores del melodrama latinoamericano, pues ya se sabe que para el nuevo cine chileno la alegría es subversiva (desde el NO de Larráin 12), sobre todo durante esa hilarante cena insólita con alivianadísimas recomposiciones de la Familia antes monolítica y ahora estallada y extendida, pero incurre en ese mismo melodrama al recurrir en lo fundamental a sus mismos consabidos resortes azarosos: las continuas rupturas sentimentales, las dolorosas despedidas inevitables, el accidente reportado por teléfono, la enfermedad súbita (un glaucoma de todos tan temido) que debilita el vigoroso ánimo femenino al anunciarle la vejez, las indecisiones de resolución impredecible, el llanto a escondidas, los impulsos de autosacrificio, los aullidos en off del vecino contrapuntístico en perpetua crisis suicida (mírate en ese tentador espejo auditivo) pero con gato y así.
 
 
La hipervitalidad explosiva se aferra provechosamente a su encomiástica admiración hacia su inusitado e inabarcable personaje femenino envejeciente, haciéndolo viajar de una aclimatada versión hispánica de la maestrita londinense en invencible exaltación permanente de La dulce vida del genial Mike Leigh (08), a un libertario desahogo análogo al de la esposa engañada vaciándole el rifle a su hipócrita marido infiel en una cafetería como signo de brutal revuelta bordeando lo grotesco en el mejor Truffaut intimista juvenil (La piel suave 64), o sea llevando a Gloria de la beatitud a la crispación y de allí hacia la búsqueda de un heroico equilibrio al parecer inasequible.
 
 
Y la hipervitalidad explosiva logra ironizar muy emotivamente con la realidad chilena actual sin líderes ni ideales siempre sintiéndose la réplica de otro país ya inexistente, representado por esa figura de antipoema viviente, reventando con la cámara desatada también danzante y los brazos extendidos de euforia, rumbo a esa contagiosa culminación que hace acceder, encomiástica, festiva y dionisiaca, con club nocturno para solteros de enésima vuelta, sexo inmediato y mota, hacia algo muy por encima a la antigua inconsciente condición falsamente autónoma.