Opinión

50 años de ONUDI: Nuevo paradigma de industrialización y desarrollo global

29 noviembre 2016 5:0
 
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Cambio climático.

Regreso de Viena adonde fui invitado a hablar en el 50 aniversario de la ONUDI, por su actual director general, el chino Li Yong, sobre el pasado, presente y futuro de la organización, en una emotiva ceremonia con la participación de los otros anteriores directores generales.

Hay consenso de que el planeta se encuentra ante un nuevo paradigma tecnológico, económico y social. Algo similar a lo que ocurría cuando llegué a Viena hace 25 años: el fin del bipolarismo y la llegada del Consenso de Washington –Reagan, Thatcher- que pararon al mundo de cabeza y obligaron a dejar atrás la economía mixta, la política industrial y la sustitución de importaciones para dejar el desarrollo en manos del libre mercado, la apertura comercial y el sector privado. Hoy, el nuevo contexto global y la exitosa experiencia de China, Corea del Sur, la India y el resto de Asia, obligan a repensar estrategias en el resto del mundo, América Latina y África en particular y en los propios países desarrollados. Los EUA no se escapan de este dilema tras de las elección de Trump.

Se requiere recuperar el papel del estado desarrollador y encontrar un nuevo patrón productivo, que lleve a un balance entre el estado y el mercado, entre la inversión pública y la privada, de manera que se puedan aprovechar cabalmente y en armonía social las oportunidades de la cuarta revolución industrial, que la robótica, la manufactura 3D y la digitalización no desemboquen en un desastre para el empleo , la seguridad social y la convivencia humana, sino que permitan un desarrollo más equitativo dentro y entre los países, más incluyente y ambientalmente sustentable.

Todo un desafío para países ricos y pobres, afectados en los últimos años por el creciente desempleo, migraciones internacionales y una insatisfacción por los insuficientes frutos de la recuperación tras la crisis financiera del 2008, cuyos efectos negativos no pudieron ser del todo superados por las medidas de rescate, que privilegiaron al sector financiero y especulativo más que al productivo y tuvieron un alto costo social. La caída de los precios de las materias primas, incluyendo el petróleo, han mostrado en América Latina y África que hay que agregar valor en los países de origen a través de su industrialización “in situ” y una mayor participación en las cadenas de valor.

Pero más importante aún, como se confirmó en Viena, no basta con aumentar las exportaciones como porcentaje del PIB. La expansión de las exportaciones y la IED no es garantía de crecimiento. Es crucial asegurar en paralelo: 1º el desarrollo del mercado interno, como lo hacen Alemania, Japón, los EUA y ahora China y la India, para tener una base más sólida de producción y consumo nacional; y 2º el desarrollo de grandes y medianas empresas de capital nacional que generen sus propios productos, innovaciones, patentes y marcas y se conviertan en las principales exportadoras nacionales para maximizar su contenido doméstico y ser menos vulnerables a amenazas externas.

La reunión de Viena contó con la presencia de numerosos expertos internacionales y ministros de industria, desarrollo y tecnología que celebraron el medio siglo de la organización y se comprometieron a apoyarla para que cumpla con sus responsabilidades frente a los nuevos objetivos para el 2030, de desarrollo incluyente y sustentable de la ONU.

Se destacó la necesidad de nuevas iniciativas, políticas e instrumentos para acelerar las inversiones productivas y la innovación, combatir la pobreza y el desempleo; prevenir las migraciones y atender a los desplazados por la violencia; promover la equidad y la inclusión y combatir el cambio climático, el deterioro de la capa de ozono y el uso ineficiente de la energía.

En mi discurso el viernes pasado recordé la crisis de la ONUDI hace 25 años, tras el fin de la guerra fría y el colapso de la Unión Soviética, recordando la resiliencia y la capacidad de supervivencia de la organización frente a los embates para eliminarla -encabezados por el temible líder de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, Jesse Helms- gracias a las reformas preventivas que pude encabezar como Director General ante la salida de los EUA de la organización y el apoyo de personajes y países solidarios industrializados y en desarrollo.

El reto hoy, insistí en mi discurso de aniversario, es explorar escenarios y programas alternativos en los países y en los organismos internacionales para lidiar con las amenazas y eventualmente las realidades que se deriven de la llegada de Trump a la presidencia de los EUA, y con los peligros de su contagio a otros países europeos, como Francia, Holanda, Gran Bretaña, Austria, Polonia y Hungría; donde existe ya un creciente racismo y reacciones excluyentes: un proceso suicida e inviable a la larga para el mundo, contrario a lo que se proponen los nuevos objetivos de desarrollo sostenible de la ONU. Lo que el mundo requiere es más crecimiento, inversiones, empleo, equidad y seguridad humana.

A los caprichos y fobias de Trump, hay que agregar su ignorancia del tema internacional, que pueden constituir una mezcla explosiva y echar por la borda muchos de los acuerdos y consensos positivos en materia de derechos humanos, medio ambiente y seguridad internacional que se han logrado con mucho esfuerzo y paciencia a lo largo de las últimas décadas. Entre sus primeros asesores en la materia parecen prevalecer también muchos personajes ideologizados que podrían resultar un tiro al aire y hacer temblar a los más experimentados.

México debe aprovechar la oportunidad que le brinda ser miembro de ONUDI y contar con una excelente embajadora en Viena para impulsar nuevos programas y acciones industriales multilaterales que diversifiquen nuestras inversiones y consoliden nuestra cooperación industrial con otras naciones frente a las amenazas del norte.

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