Opinión

33 Foro de la Cineteca: confirmando


 
 
I. LA ERRANCIA DESORIENTADA. En Leones (Argentina-Francia-Holanda, 2012), magnético debut de la autora total Jazmín López (cortos: Parece la pierna de una muñeca 07, Juego vivo 08, Te amo y morite 09), 5 pedantes jóvenes cultos y sofisticados de Buenos Aires vagan en plena exasperación por un bosque tupido con el rumbo extraviado cual agujas desimantadas o manada de leones, se relacionan con amor o en el desamor entre sí, juegan al estilo Hemingway a armar frases poéticas de seis vocablos aunque comprueban que son mejores las de siete ('Le dije te quiero, me dijo OK'), sospechan estar dando vueltas en redondo...
 
... les resulta imposible retornar a su punto de partida, dormitan para reponer fuerzas, llegan a duras penas a una laguna, retozan y nadan, arriban a la mansión buscada que les resulta infranqueable, queman en una fogata el mapa inservible, entrechocan con ferocidad orillándose a la violencia letal, se desahogan y prosiguen hacia el mar.
 
La errancia desorientada resulta elocuente y narrativamente válida como una impecable alegoría implacable de un malestar generacional cuyo retrato se delinea en filigrana y del que sólo logra sobresalir la punta del iceberg, un prolongado atorón existencial con claves literario-roqueras al final confesas (Alejandra Pizarnik, Kurt Cobain, Alfonsina Storni), una búsqueda de lo fantástico al interior de lo real (a lo Cortázar, Borges, Aira), un delirio donde el juego de palabras-indicio resulta compulsión e indispensable muleta, una zambullida en el misterio insondable de los comportamientos y los repentinos arrebatos impredecibles, como el misterio inexplicable de la decidida hermana melancólica Sofía (Macarena del Corro) copulando parada con su novio triste Félix (Tomás Mackinlay) sólo para acallar la desesperación en un recodo, como el misterio recóndito de la frágil rubita Isabel (Julia Volpato) volcando en solitario llanto su angustia estrangulada sin dejar de mantener a raya al desmadroso hermano Arturo (Pablo Sigal) para quien ella se ha convertido en omnisucedánea obsesión, y como el misterio encubierto del semiautista Niki (Diego Vegezzi) aislado en la música clásica que recibe por sus audífonos y grabando testimonialmente sin sentido todas las conversaciones.
 
La errancia desorientada obtiene su intenso grado de belleza trunca y secreta y elíptica e inasible, gracias a las glorias del steadicam (operado por el fotógrafo Matías Mesa que fuera el factótum técnico de Gus Van Sant en Gerry 02, Elefante 03 y un Los últimos días 05 ya sobre la trágica muerte de Cobain) y de la majestuosidad virtuosística de 19 sinuosos planos secuencia, a menudo con giros de más de 360 grados por la cámara sobre su propio eje, en el transcurso de los cuales los personajes son seguidos invariablemente desde atrás en su infatigable marcha (como si los actores hubiesen cobrado por kilometraje), entran y salen a cuadro con la mayor libertad, son soltados y vueltos a atrapar más adelante, o permiten inmensos campos vacíos donde el calculadísimo diseño sonoro de Julia Huberman va remitiendo a los cambiantes paisajes-estados de ánimo más dramáticos (frío, lluvia, penumbra, insolaciones mil), e incluso arbitrarios, contra una ausencia de música cuasi perpetua, sólo rota por algún suntuoso fragmento de Bach y alguna canción puntual/conclusiva de Daniel Johnston o Sonic Youth.
 
Y la errancia desorientada determina la deliberada incompletud de una expresión fílmica cuya máxima función será resguardar el misterio insondable de sus 5 criaturas atormentadas, que va a culminar con la eternizada y acezante llegada al mar de Isabel, a través de páramos y arenas mutables, en fuga, como si ella misma pudiera ser un relevo del precoz intérprete alucinado Jean-Pierre Léaud de Los cuatrocientos golpes (Truffaut 59), seguida por el tropel de sus compañeros felinos, hasta que, sobre una restallante visión de placidez reconciliada, estalle el encrespado rugir maligno de un oleaje indiferente.
 
II. LA CARNALIDAD TRIUNFANTE. En Meteora (Grecia-Alemania-Francia, 2012), hipnótico segundo filme del hombre-orquesta tesalónico-colombiano de 34 años en Los Angeles formado y fungiendo a la vez como director-coguionista-fotógrafo-sonidista Spiros Stathoulopoulos (cortos Dimensión 92 y Nekropolis 00; primer largo PVC-1 07), con lacónico libreto suyo y de Asimakis Alfa Pagidas, el joven monje ortodoxo griego Theodoros (Theo Alexander) sirve de amable enlace alimenticio entre su severo monasterio en la cima de un escarpado promontorio rocoso y el del promontorio gemelo de enfrente, representado por la monja treintañera rusa abatida por las tentaciones y las automortificaciones Urania (Tamila Koulieva), pero también se siente atemorizado por la radicalidad del anciano eremita Dimitris (Dimitris Hristidis) a quien ayuda a romper crueles ayunos de semanas enteras, y atraído por la rústica vitalidad del pastor de chivas Giorgos (Giorgos Karakantas), por lo que decide silenciosamente sobreponerse a sus escrúpulos y llevar con fogoso sigilo hasta sus últimas consecuencias una tenaz tarea de seducción sobre la hermosa monja.
 
La carnalidad triunfante se construye a modo de salmo penitenciario visualista, donde el trabajo plástico estético-estático tiene preeminencia, en la cauda de los alucinados iconos apenas en movimiento del malogrado armenio Paradjanov (tipo Ashik Kerib 88), para plasmar en esplendentes planos fijos frontales una feroz lucha intestina entre el amor profano y el amor divino, ambos evocados mediante distintos regímenes de representación, asignando el normal realismo al amor profano, con su áspera percusión conventual a martillazos sobre madera, su mano femenina castigada deliberadamente sobre la flama, su automanoseo culpígeno y su desahogo erótico a base de manjares ad hoc y vino de consagrar en un improvisado picnic, y reservando al amor divino imágenes delirantes de dibujos animados primitivos, con sus iconos superpuestos, su costalito-elevador en el término de una soga, sus precipicios infernales y su laberinto cruzado con rojísimo hilo de Ariadna por un laberinto culminante en un Cristo crucificado manando regueros de sangre que inundan el planeta. La carnalidad triunfante se apoya conceptualmente en sólo 3 vocablos clave: la Desesperación como único pecado imperdonable y sus diferentes fonemas-raíces en griego y en ruso, la Libertad respetuosa de las pulsiones propias con pérdida de la fe, y el Mar como planicie-añoranza.
 
Y la carnalidad triunfante se resuelve con 2 imágenes contundentes: la de los amantes bajando una cuesta en la huida de la vida monástica pero vueltos lejanísimas siluetas recortadas al amanecer de otra existencia diaria y un contundente remate final donde los iconos de un tríptico santoral litúrgico en el que han desaparecido las efigies del San Theodoros y la Santa Urania de los cuadros de los extremos, sin que deje de sonar la música de Perotin cual huecograbado insondable.