Opinión

2018: Videgaray y Meade

  
1
  

 

José Antonio Meade y Luis Videgaray (Edgar López)

El presidente Enrique Peña Nieto dijo este domingo qué tipo de candidato presidencial quiere, y tiene claro qué es lo que peligra en 2018. “Estará en juego todo lo que hemos construido”, dijo en el evento del PRI donde tomaron protesta los nuevos consejeros políticos. “No sólo es la presidencia de la República; lo que está en juego es el futuro de México”. Peña Nieto precisó que lo que tiene, que hay que defender para que se mantengan en el próximo gobierno, son las reformas económicas, que son su legado y la apuesta para que la historia lo reivindique. Si no gana el PRI, esbozó, todo colapsará y varias de sus reformas serán desmanteladas.

Peña Nieto mostró su mayor temor, Andrés Manuel López Obrador, quien salvo por enfermedad o por una circunstancia de mayor peso, estará en la boleta presidencial. “El PRI ganará para no regresar a modelos obsoletos y caducos, para mantener la certidumbre y la estabilidad en México, para no retornar al estancamiento, y para que continúe el avance nacional”, aventuró el presidente con una frase hecha a la medida de López Obrador, quien ofrece reiteradamente que al llegar al poder revertirá las reformas energética y educativa.

Cáusticamente se refirió también a quienes –como quien escribe esta columna– han sugerido que en las condiciones actuales el PRI carece de fuerza para contender por la presidencia en 2018, y se perfila al tercer lugar, por lo que su mejor estrategia ante 'la opción López Obrador', sería un pacto con el PAN, no para que se subordine a sus intenciones electorales, sino para que negocie con ese partido a quién de sus aspirantes le entregará la banda presidencial. “No se dejen contagiar por esos derrotistas –atajó–, y menos por aquellas voces que intentan confundir y engañar por supuestos pactos sobre batallas electorales que habremos de librar”.

El argumento de un pacto con el PAN para apoyarlo a regresar a Los Pinos tiene como sustento que López Obrador, como presidente, probablemente lo perseguirá penalmente y será aliado de los gobiernos y organizaciones de derechos humanos en el extranjero, que quieren llevarlo a los tribunales internacionales acusado de genocidio. Una negociación con el PAN tendría que incluir la protección de ese gobierno y la garantía de que no lo perseguirían ni a él ni a su familia, e incluso, blindar a sus colaboradores más cercanos para que no empiece una pesadilla para su grupo compacto al concluir la administración.

Peña Nieto fue muy explícito en sus miedos y en lo que quiere proteger. Utilizó un lenguaje inspirado en Jesús Reyes Heroles, quien como presidente del PRI elaboró el Programa Básico de Gobierno 1976-1982, donde la premisa era “Primero el Programa y luego el hombre”, cuando al tomar la protesta de los consejeros les dijo que de cara a 2018 no olvidaran “primero el plan, primero el programa, primero el proyecto y después los nombres”. No deben acelerar sus intenciones, sino esperar los tiempos, afirmó entre líneas. Estos tiempos los marcará él. Pero el programa ya lo delineó. Son sus reformas, su mantenimiento y consolidación, el eje sobre lo que girarán otros temas señalados por el líder del PRI, Enrique Ochoa, que juegan más a la gradería que al fondo de la estrategia, como combatir la corrupción, fortalecer los derechos humanos y buscar la reconciliación.

Si la línea sobre la que deben trabajar y luchar en las urnas son las reformas, Peña Nieto hará una decisión sucesoria como la que hicieron los presidentes Miguel de la Madrid y Carlos Salinas. De la Madrid tuvo que decidir entre sus poderosos secretarios Manuel Bartlett, de Gobernación, y Salinas, de Programación, a partir de qué tipo de líder necesitaba el país para el siguiente sexenio. Para 1987 había iniciado la apertura económica e instaurado el modelo neoliberal, por lo que tenía que escoger a alguien que no sólo lo apoyara, sino que estuviera ideológicamente comprometido con él. Salinas, el natural, vivió una misma disyuntiva cuando asesinaron al candidato Luis Donaldo Colosio, en 1994. Escogió a Francisco Rojas, director de Pemex –su preferido, el secretario de Hacienda, Pedro Aspe, estaba impedido por la Constitución–, pero su consejero, José Córdoba, le hizo ver que Rojas no podría consolidar el programa, por lo que propuso a Ernesto Zedillo.

Peña Nieto no sólo requiere de alguien comprometido con su programa, sino ideológicamente convencido de que ese es el camino. “Construir un país lleva décadas; derrumbarlo, toma unos cuantos días”, advirtió Peña Nieto en el PRI. “Por eso queremos y trabajamos para ganar y para darle certidumbre y certeza al México del futuro… El PRI construye, no destruye. (El PRI ganará en 2018), para que los siguientes años sigan siendo de construcción y no de destrucción”.

El secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, no sabría cómo profundizar las reformas económicas. El de Educación, Aurelio Nuño, es capaz de cambiar oro por cuentas de vidrio. Del gabinete, sólo el secretario de Hacienda, José Antonio Meade, tiene la claridad para defender las reformas y profundizarlas, junto con el políticamente renacido Luis Videgaray, exsecretario de Hacienda. Meade no es priista, pero eso no parece ser problema. Videgaray, si se analiza su impacto en prensa en las tres últimas semanas, volvió a ser viable para lo que sea. Son las dos cartas confiables de Peña Nieto para cumplir lo que anticipó el domingo, a menos, claro, que no haya sido su intención engañar con la verdad.

Twitter: @rivapa

También te puede interesar:
El control lo tiene Peña
Regreso al PRI… que no lo quiere
Finalmente, Yarrington