Opinión

2018: La ruptura con las élites

  
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EPN. (Eladio Ortiz)

La Presidencia en México vive en una dialéctica absurda. Por diseño es una Presidencia débil, pero es inmensamente poderosa en función del carácter y personalidad de su ocupante. La Presidencia de Vicente Fox, abierta y bastante democrática, fue idéntica en términos de operación que la de Carlos Salinas, que en su reconstrucción de la economía utilizó atajos metaconstitucionales, o como la de Ernesto Zedillo, que dio un golpe de Estado técnico cuando, para lograr la reforma al Poder Judicial, descabezó durante 11 días a la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Eran Presidencias iguales a la de Enrique Peña Nieto, a quien hay que observar en el último tercio de su gobierno para ver qué conejo tiene en la chistera, porque de otra forma no se puede uno imaginar cómo terminará la administración enfrentado con las élites, con quien ha roto.

Los anteriores gobiernos no rompieron con todas las élites al mismo tiempo. Cada uno de los gobiernos anteriores escogió a sus enemigos y tuvo alianzas dentro de los mismos sectores. En el caso del presidente Peña Nieto, la estrategia es sorprendentemente distinta. Como se lo dijo Manlio Fabio Beltrones al presentarle su renuncia al PRI, el gobierno se ha enfrentado a todos los grupos de poder que, como respuesta, se volvieron beligerantes, como los empresarios, la Iglesia católica, los medios de comunicación, y los propios gobernadores priistas.

Para botones de muestra, esta semana el SAT informó que la recaudación aumentó en el primer semestre 14.9% adicional a lo programado. Si bien es cierto que la base de contribuyentes subió, alrededor del 80% sostienen, como siempre, la mayor carga impositiva. Vino acompañado del aumento a las tarifas de energía eléctrica para industrias, comercio y los hogares de mayor consumo. Mientras tanto, la rebelión de las calles ganó: la disidencia magisterial obtuvo concesiones legales y económicas del gobierno, para que dejen de alborotar en la cuenca del sur del país. La lectura es que arriba, a las élites, se les sigue castigando; abajo, a quienes generan conflicto, se les premia para que le ayuden al gobierno a recuperar la gobernabilidad.

La lógica parece fincarse en la creencia que hay un sector, el de las élites, que puede sacrificar, porque sabe que no se va a ir a las calles a protestar con violencia, y que seguirá poniendo pasivamente de su parte todo lo necesario para amortiguar las concesiones que el gobierno hace con los grupos radicales. Ese sector paga el costo para apaciguar a quienes, a diferencia de los primeros, se oponen a todas las reformas impulsadas por Peña Nieto, que aprobó, por cierto, con el respaldo prioritario de quienes ahora castiga. El conejo en la chistera que uno pensaría debe tener Peña Nieto, es para evitar que la liga tensionada con las élites no se rompa. Anteriores presidentes, que no tenían ese recurso –si en verdad dispone de uno Peña Nieto–, tuvieron que esforzarse con creatividad y concesiones a una parte de las élites, para evitar que les descarrillaran sus programas de gobierno.

El caso más notable en la historia reciente se dio durante el gobierno de Zedillo, en la crisis económica del llamado error de diciembre. El gobierno diseñó el Programa de Restructuración para renegociar créditos empresariales e hipotecarios, llamado coloquialmente como “UDIs” (unidades de inversión), mediante el cual alivió las penurias de un pequeño sector de la sociedad, identificado mayormente con las clases medias. La razón por la que se diseñó ese plan, que disfrazó un subsidio a un grupo minoritario de los afectados, fue porque, explicó años después uno de sus arquitectos, ese grupo tenía acceso a tribunas públicas y medios de comunicación, y “si no se resolvían sus problemas, sus molestias crecerían, y al poder hacer uso de los medios para sus denuncias, podrían generar tanto ruido que contaminarían el resto de las medidas de emergencia que se estaban instrumentando y descarrillar los programas de emergencia”.

El presidente Zedillo logró introducir medidas draconianas sin tener el ruido que afectara al conjunto de las medidas de emergencia. El presidente Salinas, anteriormente, golpeó quirúrgicamente los sectores empresariales y sindicales, además de los medios de comunicación, para poder consolidar el cambio de modelo económico, que en paralelo, fue construyendo una nueva clase de banqueros que reemplazó a la vieja oligarquía financiera. Una vez más, la lección fue no ir contra todos al mismo tiempo, porque las élites, cuando se enfrentan homogéneamente al régimen, suelen ganar.

Un caso histórico fue en Nicaragua en los 70, cuando después de lustros de unión entre el sector empresarial y la dictadura de Anastasio Somoza, el llamado Grupo de los 12 comenzó un acercamiento con el Frente Sandinista de Liberación Nacional, que produjo, como represalia, el asesinato de uno de sus faros, Pedro Joaquín Chamorro, dueño del periódico La Prensa. Ante el crimen, ese grupo de empresarios e intelectuales tuvo el apoyo del gobierno de Estados Unidos, que presionó a Somoza a negociar con ellos. Muy tarde. Después de más de dos décadas de lucha, el FSLN recibió dinero del Grupo de los 12 y derrocó a Somoza.

Las condiciones de aquella Nicaragua son muy distintas a las del México de hoy, pero las dinámicas de las élites son similares cuando se sienten afectadas. Cómo le va a hacer el presidente Peña Nieto para manejar esta ruptura, es la gran interrogante. Lo veremos pronto, en el epílogo de su gobierno.



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