Opinión

2018: el presidente
ya dio color

  
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Luis Videgaray

La semiótica es una arma poderosa en la política del presidente Enrique Peña Nieto. Con el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, a casi tres mil 500 kilómetros de distancia hablando sobre niños en la ONU, el jefe de Los Pinos habló en el auditorio Plutarco Elías Calles del PRI a través de imágenes. Este 12 de julio no será una fecha para olvidar, porque Peña Nieto, se puede argumentar, hizo la primera definición para la sucesión presidencial en 2018. El presidente se decantó por su alter ego, Luis Videgaray, secretario de Hacienda, quien hace más de una década lo introdujo al mundo de las ideas y lo volvió adicto a su inteligencia. Peña Nieto utilizó la unción de Enrique Ochoa como líder nacional del PRI para dejar claro a sus militantes el camino a seguir en el año y medio que falta para oficializar la candidatura presidencial.

El presidente ratificó que los priistas gritan mucho y se doblan pronto. Protestaron contra la imposición de Ochoa, pero a diferencia de la ruptura de la Corriente Democrática, en 1987, ya no tienen los arreos para enfrentarse a su Tlatoani. Aceptaron a Ochoa, fríos como dicen las crónicas periodísticas, pero sin oposición. El presidente, no obstante, los aplastó. No importa lo que digan. Las cosas son a su manera. Puso al secretario de Educación, Aurelio Nuño, y al de Desarrollo Social, José Antonio Meade, a que escoltaran la marcha triunfal de Ochoa. Mandó refuerzos con los secretarios de Economía, Ildefonso Guajardo, de Turismo, Enrique de la Madrid, y de Relaciones Exteriores, Claudia Ruiz Massieu. Todos de la primera línea de batalla de Videgaray.

A Nuño, sin ser éste su mentor –al diputado Enrique Jackson, también en el auditorio priista, le corresponde la autoría–, le abrió las puertas del paraíso peñista en la campaña presidencial y en Los Pinos. Meade, su único par en el gabinete, es más que su alma gemela; son un binomio simbiótico desde hace más de dos décadas. De la Madrid, educado en las mismas universidades de la élite financiera peñista, es producto de la gracia del secretario de Hacienda. Y Ruiz Massieu se ganó su confianza desde que coincidieron como diputados hace tres legislaturas, que le sirvió de plataforma para trabajar con la actual administración.

Peña Nieto, para enviar un mensaje adicional de respaldo, envió a su director de Comunicación Social, Eduardo Sánchez, quien entró al auditorio en el grupo de poder de Los Pinos acompañado de Dionisio Meade, padre del secretario de Desarrollo Social, quien fue colocado
–sin tener porqué haber sido–, en una posición de honor en la zona del presídium. Al arropamiento presidencial y hacendario, Peña Nieto añadió figuras mexiquenses. En la primera línea, el mejor amigo de Videgaray entre los gobernadores, el mexiquense Eruviel Ávila, y su gran amortiguador, el secretario de Comunicaciones, Gerardo Ruiz Esparza. Tras, a su primo, el diputado Alfredo del Mazo. Ochoa estaba bien custodiado en su unción, que pareció más el pretexto para una definición del presidente sobre lo que trae en mente para 2018.

Videgaray ha dicho en privado que no le alcanzaría el músculo –no son estas sus palabras, por supuesto– para la candidatura presidencial, porque la revelación de que su casa de descanso en Malinalco fue producto de una operación inmobiliaria realizada por la constructora Higa, de Juan Armando Hinojosa, su amigo e íntimo del presidente, generó una percepción de conflicto de interés que no podrá ser borrada y que tampoco está resuelta en la opinión pública. Sin embargo, las señales que mandó Peña Nieto muestran indiferencia a ese déficit. La cargada por Ochoa es en realidad una cargada adelantada por Videgaray. Del secretario de Gobernación no se apuren, lo envió lejos de la Ciudad de México.

Ochoa es producto del presidente, pero construido por Videgaray, quien lo guió en sus tiempos de estudiante en el ITAM y le dio su primer trabajo en el Estado de México. Su dependencia jerárquica era reconocida dentro de la Comisión Federal de Electricidad. No podía respirar tranquilo pensando que en cualquier momento lo llamaría Videgaray para alguna cosa. Incluso mantenía una guardia hasta las tres de la mañana, ante la sola posibilidad que el secretario de Hacienda lo llamara. Vivía para él; vibraba de nervios por él.

La cargada hacendaria que marchó junto a él por los pasillos del Plutarco Elías Calles define hasta este momento la sucesión presidencial dentro del PRI. Peña Nieto no tiene que decirle nada a Osorio Chong, porque los signos políticos se encargaron de subrayarle que él no está en el corazón del presidente para 2018. La política, debe pensar Peña Nieto, no es lo que el país necesita. Lo que urge, para él y su legado, es la consolidación de sus reformas y que la historia lo juzgue por esos méritos.

La señal cantada este martes lleva a Peña Nieto al escenario de Miguel de la Madrid en la sucesión de 1987: no era la política, sino la transformación de la economía lo que necesitaba el país. Por tanto, no sería su candidato Manuel Bartlett, secretario de Gobernación, sino Carlos Salinas, secretario de Programación, quien ideológicamente estaba comprometido con su proyecto de nación. En el caso de Peña Nieto, no es Videgaray quien está comprometido con el proyecto reformador, sino Peña Nieto quien se subió a ese diseño de país. La cargada hacendaria con Ochoa, hasta ahora, apoya el argumento.

Twitter: @rivapa

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