Nikkei

Lee Kuan Yew: un legado
de controversia y logros

Wataru Yoshida/ Mayuko Tani/ Tomomi Kikuchi
31 marzo 2015 19:41 Última actualización 01 abril 2015 5:0
NIKKEI. Lee Kuan Yew: un legado de controversia y logros.

Deja atrás un legado de controversias y logros. Tus sucesores tendrán que llenar unos zapatos muy grandes. (El Financiero)

SINGAPUR.- Algunos podían disentir con los métodos de Lee Kuan Yew, pero pocos podían cuestionar sus resultados. Como primer ministro de Singapur, fue en gran medida el responsable de transformar un páramo tropical en una de las economías más ricas del mundo. Incluso después de dimitir en 1990, Lee continuó ejerciendo una influencia considerable en la ciudad-estado y en Asia.

Tras su muerte, el 23 de marzo, le corresponde a su hijo mayor, el actual primer ministro Lee Hsien Loong, continuar construyendo sobre sus logros.

En 1959, Lee Kuan Yew se convirtió en primer ministro de lo que entonces era un Estado autónomo en la Mancomunidad Británica. Luego que Singapur se separó de la Federación de Malasia en 1965, Lee se convirtió en el primer jefe de gobierno de la nación independiente. En total, ocupó el cargo por 31 años.

Cuando Singapur fue expulsado de la federación, Lee, entonces de 41 años, lloró abiertamente en una conferencia de prensa. El panorama era sombrío: la prensa llamaba a Singapur la “ciudad-estado sin futuro”, debido a su pequeña población y la falta de recursos naturales. Esta humillación alimentó la determinación de Lee para construir una sociedad que gozaría del respeto global.

En 1967, Lee ayudó a establecer la Asociación de Naciones del Sureste Asiático. En casa, transformaba su pequeño país en un centro industrial y comercial. Construyó infraestructura -aeropuertos, muelles, parques industriales- con los que aventajó a sus vecinos, también cortejó a inversionistas extranjeros con beneficios fiscales y otros incentivos.

Antes de la independencia, la industria local apenas superaba un puñado de pequeñas fábricas. Para 1970, las multinacionales se habían establecido.

Singapur se convirtió en la primera nación del sureste asiático en unirse a las economías desarrolladas. En 2014, su producto interno bruto per cápita fue de alrededor de 56 mil dólares, por encima de la economía más grande de Japón.

Algunos podrían argumentar, sin embargo, que la prosperidad no es todo. Lee gobernó Singapur a través de lo que equivalía a un régimen de partido único. Imponía mano dura, restringiendo la libertad de expresión e invocando la Ley de Seguridad Interna para contrarrestar cualquier actividad antigobierno.

Los críticos internacionales lo consideraban autoritario. Él insistió en que la estabilidad política era esencial.

DISCIPLINA ANTES QUE DEMOCRACIA

Alguna vez dijo: “Contrariamente a lo que dicen los comentaristas políticos estadounidenses, no creo que la democracia conduzca necesariamente al desarrollo. Creo que lo que un país necesita desarrollar es la disciplina más que la democracia”.

Lee no temía ser impopular. No dudaba en adoptar una línea dura cuando el público expresaba su descontento con el gobernante Partido de Acción Popular. Se le conoce por haber prohibido la venta de chicle para mantener las calles limpias. Para disgusto de sus detractores, mantuvo la pena capital y la flagelación. No obstante, mostró poco interés en la acumulación de riqueza personal y forjó una reputación de abatir la corrupción, rasgos que lo diferencian de los líderes de otras economías emergentes.

Lee cultivó la meritocracia y procuró desarrollar los recursos humanos de la ciudad-estado. Su mandato para que el inglés se enseñara como una lengua oficial es un ejemplo de la claridad de sus objetivos. Su principal prioridad fue levantar la economía mediante la inversión extranjera, incluso si esto significaba limitar las libertades civiles. Algunos llamaron a la Singapur de Lee la “dictadura del desarrollo”, pero hasta la fecha, otros países emergentes tratan de emular el modelo de la ciudad-estado.

Aunque Lee mantuvo un férreo control sobre la política interna, era más flexible y pragmático en el frente internacional. A principios de los 80, mientras el sentimiento antinipón de los años de la guerra hervía en toda Asia, Lee prefirió centrarse en lo que Singapur podía aprender de Japón, sus empresas y su modelo de crecimiento económico.

Navegó con astucia las tumultuosas transiciones mundiales, como el fin de la Guerra Fría y el surgimiento de China. Por encima de todo, buscó el equilibrio. En sus últimos años, expresó su preocupación de que el creciente poder de China pudiera amenazar el equilibrio en Asia. Exhortó a Estados Unidos a participar activamente en la región.

NUEVA ERA

Tras renunciar a la jefatura del gobierno, se convirtió en un ministro senior, más tarde adoptó el título de ministro mentor. Seguía siendo una importante presencia tras bambalinas luego que su hijo tomó las riendas del gobierno en 2004.

Pero los tiempos habían cambiado. La maduración de la economía de Singapur ya no admitía un crecimiento bajado sólo en la inversión extranjera y la oposición a su partido aumentaba.

En las elecciones de 2011, el partido gobernante sumó 60 por ciento de los votos, el nivel más bajo desde la independencia. Una semana después, Lee dimitió de su cargo de ministro mentor.

Al poco tiempo, su salud se deterioró. En junio, parecía una sombra de lo que fue. Sus piernas le habían fallado, pero su mente era tan lúcida como siempre; el avezado analista nunca se debilitó.