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Vestigios de Catalina la Grande volverán a brillar en Alemania

El castillo de Zerbst es uno de los más elegantes de Europa Central. Alguna vez, estas ruinas fueron el hogar de Catalina la Grande. Hoy, Alemania remodela esta maravilla barroca para mostrársela al mundo. 
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24 octubre 2014 4:15 Última actualización 25 octubre 2014 5:0
El castillo de Zerbst, una de las construcciones históricas más importantes de Alemania. (NYT)

El castillo de Zerbst, una de las construcciones históricas más importantes de Alemania. (NYT)

ZERBST/ANHALT, ALEMANIA.– Dirk Herrmann miraba por la ventana y soñaba despierto. Para un niño en una ciudad muy antigua en lo que era entonces la Alemania Oriental comunista, el suyo no era el común castillo en el aire.

Su palacio soñado estaba construido sobre las ruinas reales cercanas a su salón de clases, el ala sobreviviente y solitaria de un castillo que ejemplificaba cuánto había caído Zerbst, devastada por el violento siglo XX de Alemania. Los nazis, los Aliados, los comunistas y los capitalistas provocaron un gran daño aquí.

Alguna vez, las ruinas fueron la casa de la niñez de la princesa alemana que partió para Rusia en 1744 y se ganó la aclamación mundial como Catalina la Grande. El castillo de Zerbst de su padre se convirtió en uno de los más elegantes en Europa Central, una maravilla barroca de tres alas que tuvo cuartos de baño aun antes que el mucho más grandioso Versalles.

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Alemania

Hoy, los palacios rusos relacionados con Catalina la Grande resplandecen, mientras que el castillo de Zerbst es una obra de amor para Herrmann y su asociación de unos 260 voluntarios. El dinero es tan escaso que ni siquiera pueden encontrar –o pagar– a un guía que pudiera mantener abierto a los visitantes su castillo casi restaurado.

Herrmann es un especialista en tecnología de la información, que dirige su pequeña empresa en su ciudad natal, unos 140 kilómetros al suroeste de Berlín, lo cual, dijo, le da flexibilidad para dedicar tiempo a las ruinas del castillo.

Tanto él como Andreas Dittmann, quien es el alcalde de lo que ahora se conoce oficialmente como Zerbst/Anhalt, recuerdan el Zerbst de los días comunistas y enfatizan que mucho más ha sido renovado; por ejemplo, los edificios magníficamente restaurados que ahora albergan a las oficinas de la administración y los archivos municipales, un pequeño museo dedicado a Catalina la Grande y una cafetería localmente amada.

Desde su escuela y la casa de sus padres, comenta Herrmann, él veía constantemente las ruinas. “Fantaseaba con cómo debía haberse visto” antes de la fatídica fecha del 16 de abril de 1945, menos de un mes antes de que la Segunda Guerra Mundial terminara en Europa.

Como señala la leyenda local, el comandante nazi aquí rechazaba las demandas de rendición de los Aliados. Así que aviones estadounidenses –quizá en su último ataque aéreo de la guerra– bombardearon Zerbst, entonces una localidad de unos 15 mil habitantes, acrecentada por los refugiados. Los registros locales cuentan 573 muertos, principalmente en sótanos, y 80 por ciento de los edificios destruidos, incluido el antiguo mercado, dos iglesias importantes y el castillo.

El castillo ardió durante cuatro días, sin embargo, fotografías de 1946 muestran claramente que sus tres alas sobrevivieron con muros exteriores y algunos elementos interiores y exteriores intactos. Incluso con una mínima intervención de apoyo los restos podían haberse salvado de la ruina total, señala Herrmann.

Luego se dio la siguiente desgracia de Zerbst: un celoso alcalde comunista, Willi Wegener, quien entre 1948 y 1952 ordenó que las dos alas mejor preservadas del castillo fueran voladas en pedazos. Un destino similar tuvieron docenas de castillos en todo el Este comunista, particularmente después de que una ley de 1949 decretó que cualquier estructura abandonada –y la mayoría de los aristócratas terratenientes habían huido al Oeste– podía ser destruida y sus ladrillos y piedras reutilizados para nuevos edificios. 

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Alemania

LA SALVACIÓN

El castillo de Zerbst no había sido abandonado por sus ex dueños aristócratas sino que era propiedad de una fundación antes de 1945, y de la misma ciudad a partir de 1947.

Lo más importante fue que, en 1953, la intervención de un historiador oficial salvó a la tercera ala de la destrucción. Durante décadas permaneció como un símbolo decadente de una era que los comunistas habían querido dejar atrás.

No es que se desvaneciera por completo para los residentes de Zerbst. Como recordó Dittmann, las ruinas fueron cercadas, pero casi todos en la ciudad encontraron la manera de entrar al menos una vez.

El grafiti da fe del vandalismo; “incomprensible”, en opinión de Herrmann. Los comunistas restauraron un edificio en el terreno: una gran arena de equitación en los días de Catalina en el siglo XVIII, ahora un bien renovado escenario de actuaciones. Y se celebraba anualmente el “festival del pueblo” en el hermoso parque donde se sitúan las ruinas, evidentemente producto de un meticuloso diseño de jardines en el siglo XVIII. En invierno, los niños se deslizaban en trineos por las laderas y patinaban en el estanque congelado.

Si se le acusa de considerar al castillo un imán, “me declaro culpable”, comentó el alcalde. Hasta estos días, el solitario edificio de cinco pisos, con unas cuantas esculturas deterioradas en su fachada, es un espectáculo poderoso, aunque doloroso.

Herrmann lo visita casi todos los días, supervisando la muy gradual reparación que realiza su asociación, la cual desde 2003 ha recaudado y gastado 1.2 millones de dólares y dedicado muchas horas a la tarea.

Algunos rusos han descubierto un recientemente designado rastro de Catalina la Grande a través de las partes antiguas de la ciudad que dejó a los 14 años, sin tener conocimiento de Rusia o su religión, para casarse con el hombre que se convirtió en el Zar Pedro III. Ascendió al trono en 1762, y su esposo fue asesinado en circunstancias misteriosas.
Catalina, quien reinó hasta su muerte en 1796, nunca dejó Rusia. En 2007, el escultor ruso Mijail V. Pereyaslavets donó a Zerbst una estatua más bien aniñada de la emperatriz, ahora en el parque.

Lo más importante para Herrmann es que los historiadores y restauradores rusos que han regresado al palacio Tsarskoye Selo de Catalia en las afueras de San Petersburgo su anterior grandiosa gloria han puesto cierta atención en Zerbst.

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