New York Times Syndicate

Tasmania, la isla que domina el opio del mundo

Tasmania produce 12 mil millones de dólares anuales de analgésicos opiáceos; a nivel mundial, cultiva 85% de la tebaína, toda la oripavina y una cuarta parte de la morfina y la codeína.
Keith Bradsher
26 julio 2014 1:30 Última actualización 26 julio 2014 5:0
Morfina

Tasmania es el comienzo de una cadena de suministro global que abarca a las más grandes compañías farmacéuticas. (NYT)

Ahora es la temporada de siembra de la amapola de opio en el estado australiano de Tasmania. Los tractores van hacia arriba y abajo, arrastrando la elaborada maquinaria que perfora agujeros en la tierra, y luego deja caer una docena de diminutos granos de fertilizantes en uno de los agujeros y una pequeña semilla de amapola en el otro.

Para noviembre, los campos estarán alfombrados de flores de color rosa salpicados con un ocasional blanco o malva. A continuación, las flores se desvanecerán, dejando atrás las vainas distintivas, en forma de copa, llenas de diminutas semillas de amapola junto con el látex de opio que las rodea. Cuando el látex se seca dos meses más tarde, las vainas se cosechan y son transportadas a las fábricas, donde la maquinaria separa las semillas y muele el resto para extraer los valiosos alcaloides narcóticos.

Tasmania, una isla frente a la costa sur de Australia, es el comienzo de una cadena de suministro global que abarca a las más grandes compañías farmacéuticas y produce 12 mil millones de dólares anuales de analgésicos opiáceos. Casi medio siglo de fito-mejoramiento asiduo, un suave clima y estrictas regulaciones, han dado a Tasmania preponderancia en la producción de una de las más importantes materias primas de la industria farmacéutica.

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Tasmania cultiva alrededor del 85 por ciento de la tebaína a nivel mundial, un extracto de adormidera que se utiliza para hacer OxyContin, y una familia de medicamentos de potencia similar que han transformado el manejo del dolor durante las últimas dos décadas. Produce toda la oripavina del mundo, otro extracto que se utiliza para tratar las sobredosis de heroína y que se muestra prometedor en el control de otras adicciones. Tasmania también es responsable de una cuarta parte de la morfina y la codeína en el mundo, dos analgésicos tradicionales de amapolas de opio que todavía se utilizan ampliamente, sobre todo fuera de Estados Unidos.

Morfina


Pero la industria farmacéutica mundial está cada vez más preocupada por estar atada a los suministros de adormidera de la isla.

Los dos fabricantes que dominan la producción de extracto de opio de Tasmania han comenzado una doble batalla para diversificar las fuentes de suministro y alterar el genoma de la planta para producir un cultivo más fuerte, más productivo. Los fabricantes, GlaxoSmithKline y Johnson & Johnson, proporcionan alcaloides narcóticos a sus propias unidades analgésicas y a otras empresas en todo el mundo, que han comenzado a exigir que los dos gigantes actúen para garantizar un suministro fiable.

''Ven el mapamundi, ven a Tasmania en la parte inferior, y dicen: '¿Estamos tomando un riesgo hemisférico, poniendo todos los huevos en una sola canasta?''', dijo Steve Morris, el director general de opiáceos para GlaxoSmithKline.

Las compañías farmacéuticas están presionando para que se apruebe la regulación para cultivar amapolas de opio para su exportación en el continente australiano, cerca de Melbourne. Las dos compañías también están tratando de persuadir al gobierno de Tasmania de legalizar la ingeniería genética para amapolas, para desarrollar variedades que produzcan narcóticos más concentrados y sean menos vulnerables a las tormentas o las enfermedades.

Los agricultores de Tasmania han tenido una respuesta mixta. Ellos se oponen fuertemente a la producción en el continente australiano y quieren mantenerse en el negocio de la amapola, que representa casi una décima parte de los ingresos agrícolas de Tasmania, o alrededor de 80 millones de dólares por año. Pero ellos saben que no pueden mantener a la industria si no pueden garantizar el suministro, y son entusiastas partidarios de la ingeniería genética. Los ecologistas y, hasta el momento, el gobierno de Tasmania, están a favor mantener al estado australiano limpio de organismos manipulados genéticamente, un objetivo que los productores descartan.

''Cultivamos estupefacientes y por definición, no son limpios’', dijo Glynn Williams, el presidente de Cultivadores de Amapola de Tasmania, un grupo comercial.

CACATÚAS Y AMAPOLAS

Rohan Kile, el gerente proveedor de cosechas de amapola de Glaxo, conoce muy bien Tasmania. Cuando niño, se trasladó de ciudad en ciudad cada tres años, porque su padre era jefe de bosques del estado. Ahora, Kile, un desgarbado amante de la naturaleza, viaja de granja en granja para evaluar la producción de opio.

En una reciente mañana cristalina, frente a un valle con un ancho y sinuoso arroyo, dio consejos sobre cómo cargar el fertilizante y las semillas detrás del tractor para la siembra. Más tarde, en la temporada, discutirá la cosecha. Las vainas deben estar lo suficientemente secas para su procesamiento, pero si se dejan demasiado tiempo, pueden ser comidas por las hambrientas cacatúas de cresta de azufre y otras aves que se posan en los árboles de eucalipto o los arbustos de floración dorada que abrazan las colinas bajas.

Kile recomienda construir cercas fuertes para prevenir que los wallabies, parientes cercanos de los canguros, y la gente salten o caminen en los campos, comiendo las amapolas y sufriendo los efectos de los narcóticos. Los wallabies dopado pueden desorientarse y perder su capacidad de encontrar agua, dijo. Los seres humanos que ingieran las amapolas de Tasmania pueden morir.

Después de la cosecha en febrero, los agricultores entregan las copas de la planta a dos fábricas principales, Johnson & Johnson, en el verde y amurallado complejo en Westbury y a la más pequeña operación de Glaxo en Latrobe, una ciudad fluvial de Tasmania, que se autodenomina la ''capital mundial del ornitorrinco''. El grueso del extracto se envía a fábricas de productos farmacéuticos en el noreste de Estados Unidos. Con su riqueza y un sistema de salud, en gran parte privado, dispuesto a pagar por las drogas, Estados Unidos es responsable de las tres cuartas partes de las ventas de analgésicos opiáceos a nivel mundial, por el tonelaje y por cinco sextas partes de su valor.

Todo el proceso es estrechamente controlado por una junta autorizada por la ONU, que hace un seguimiento de la producción y requiere de estrictas medidas de seguridad. Este cuerpo, la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes, desalienta la concentración de grandes reservas, por temor a que pudieran ser desviadas hacia la producción de heroína, cuyo mercado es más de cuatro veces el tamaño del mercado de los analgésicos opiáceos.

Pero sin el exceso de existencias, la industria puede desprevenidamente quedar atrapada en un mal año. Kile recuerda las lluvias torrenciales en el norte de Tasmania de hace tres años, que devastaron la cosecha de amapola justo cuando estaba floreciendo. Aunque Glaxo dijo que cumplió con todos los pedidos existentes, las empresas farmacéuticas y las agencias de salud en todo el mundo de repente se encontraron vigilando sus reservas con la esperanza de que duraran hasta la próxima cosecha.

LA AMENAZA CONTINENTAL

Charlie Mackinnon, un agricultor de quinta generación, de cuadrados hombros, se enorgullece del apego familiar a la tierra. Él incluso siente un poco de vergüenza cuando dice que sus antepasados no construyeron su granja en 1832, su tatarabuelo la compró a otro agricultor.

De pie junto a su campo, Mackinnon, de 35 años, describió las preocupaciones de los agricultores de amapola. El moho, una plaga, son un constante miedo. La gran preocupación es la lluvia.

''No les gusta mojarse los pies’', dijo, refiriéndose a las plantas. ''No les gusta el exceso de humedad''.

El clima de Tasmania se ha convertido en un poco menos gentil últimamente, por razones no bien comprendidas. Una sequía cada vez más grave del 2006 al 2010 terminó en el norte de Tasmania con fuertes lluvias e inundaciones que devastaron la cosecha de 2011, aunque el centro de Tasmania tuvo una abundante cosecha de ese año.

Los agricultores de Tasmania pueden vender sus cosechas de amapola en por lo menos mil 600 dólares por medio acre, mucho más que otros cultivos. Pero Mackinnon y otros agricultores dijeron que los costos de los herbicidas y fungicidas son muy altos. El cultivo de amapolas también agota las bacterias y hongos benéficos del suelo. Así que, pueden ser cultivadas sólo una vez cada tres años en el fértil norte de Tasmania, alternando con patatas, y solo una vez cada siete años en las zonas más secas, al sur, donde alternan con pastura de ovejas.

La amapola se ha convertido en el tercer mayor sector agrícola de Tasmania por ingresos, después de la leche y la carne. ''Si se hace correctamente, puede dar un buen rendimiento’', dijo Williams, presidente de Poppy Growers Tasmania, que ha sido agricultor toda la vida.

Los agricultores de Tasmania están luchando por preservar su papel. Francia y España están buscando formas de ampliar la pequeña producción, fuertemente regulada, de las empresas de participación estatal que tienen modestos campos de amapolas de opio. Gran Bretaña y Portugal aprobaron unilateralmente la producción legal del opio regulado, pero no tienen el respaldo del panel de autorización de la ONU.

La mayor amenaza de los agricultores de Tasmania está muy cerca de su casa. Escondidas en tierra adentro, en la Australia continental, unas cuantas granjas que no son visibles desde cualquier camino, son los jardines secretos de opio de Johnson & Johnson y de GlaxoSmithKline. Solo los granjeros, unos cuantos reguladores estatales y federales de Australia, y algunos gerentes de los gigantes farmacéuticos, conocen la localización de estas granjas. Ninguna de las dos compañías da detalles de ellas, excepto que están cercanas a Melbourne, en el estado australiano de Victoria.


'PUEDE INSERTAR UN GEN'

Mientras caminaba por el borde de la granja Mackinnon, Kile notó una planta de unos pocos centímetros de alto que crecía en un área adyacente de tierra sin cultivar. Se agachó y la arrancó, con todo y la raíz principal. Las amapolas que crecen de semillas vagabundas en una parcela sin licencia, dijo, tienen que ser rociadas o aradas, tarea supervisada por una agencia especial del estado de Tasmania. También mantiene un ojo vigilante tanto por las plagas como el moho.

Las compañías farmacéuticas dicen que tienen la respuesta a las plagas de las plantas: las herramientas de la ingeniería genética. ''Si una enfermedad se presenta, puede contrarrestarse haciendo estallar un gen’', dijo Kile.

Los agrónomos ya han descifrado la mayor parte del genoma de la adormidera. Pero Tasmania ha tenido dos prohibiciones consecutivas de cinco años en la aplicación de la ingeniería genética en la agricultura. El segundo periodo expirará en noviembre, y Jeremy Rockliff, ministro de Tasmania para las industrias primarias, dijo que el gobierno estatal planea introducir una legislación para extender la prohibición amplia por otros cinco años. Los agricultores de amapola y las compañías farmacéuticas quieren quedar exentos de esa prohibición.

De cualquier manera, los agricultores de aquí dicen que si Tasmania no permite la ingeniería genética, probablemente sucederá en otros lugares, incluyendo alrededor de Melbourne, donde no existe una prohibición similar. Su preocupación es que esta pintoresca isla de ciudades históricas y bucólicas colinas puede llegar a ser un poco más que otra pintoresca zona agrícola si no actúa.

''Si Tasmania continúa con la prohibición’', dijo Michael Badcock, otro agricultor de toda la vida’', Tasmania podrá quedarse atrás''.

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