New York Times Syndicate

Seis científicos, mil millas, un premio:
abejas del Ártico

A cien millas del Círculo Polar, se encuentran las abejas del Ártico, las cuales se han visto afectadas por el cambio climático y de las que no se sabe lo suficiente sobre su comportamiento, algo que un equipo de seis investigadores espera remediar.
New York Times
21 octubre 2016 20:50 Última actualización 23 octubre 2016 16:18
abejas

(NYT)

Cien millas al norte del Círculo Polar Artico, al lado de un camino polvoso, dos mujeres con redes contra los mosquitos en la cabeza miran atentamente a una reina abeja que zumba furiosamente en un tubo de plástico.

“¡Creo que es el abejorro más grande que haya atrapado en mi vida!”, dice Kristal Watrous. S. Hollis Woodard ve el premio y dice: “¡Es el maldito abejorro más grande que haya visto en mi vida!”.

Woodard, una profesora adjunta en la Universidad de California en Riverside; su gerente de laboratorio Watrous, y un pequeño equipo de jóvenes académicos, se habían embarcado en un viaje para buscar abejas desde Fairbanks hasta la bahía Prudhoe y de regreso, casi mil millas en total, más de 800 por la carretera Dalton.

Salieron a averiguar más sobre las abejas del Ártico, el experimento avanzado del planeta en cuanto a cambio climático. El derretimiento del hielo del mar y el aumento en su nivel afectan sus costas. Los veranos más largos y más calientes están cambiando la vida de las plantas en el interior y están destinados a afectar la vida de los insectos.

Sin embargo, aun cuando las abejas son, con mucho, los polinizadores más importantes de las plantas de las tundras, algunas de las cuales, como las moras, a las que, tradicionalmente, los alasqueños nativos aprecian, no se sabe lo suficiente sobre las poblaciones de abejas y su comportamiento, incluso para detectar el cambio cuando ocurra. Eso es lo que el equipo espera remediar.

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Yo me uní al grupo la noche anterior y ahora vamos caminando con fuerza por la tundra, entre sauces bajos, cerca del sitio de mantenimiento del oleoducto Trans-Alaska. El sitio, llamado Chandalar Shelf, se encuentra a la sombra de los picos montañosos, tan escarpados que parecieran ser hachas recién elaboradas en la Edad de Piedra, donde comienza la cordillera Brooks.

Ella y su esposo, Alan Brelsford, ambos novatos en las abejas, atraparon a 40 cada uno. “Tuvimos que soltar a algunas”, comentó Brelsford, quien empieza en Riverside este otoño como profesor adjunto de biología.

Aquí, las abejas no son tan numerosas y los buscadores están tan empeñados en su labor que parecen hermanos buscando huevos de Pascua.

Dos de ellos son, de hecho, hermanos. El hermano de Woodard, Bren, quien fuera marine y ha participado con dedicación en escenificaciones de la historia militar, porta una pistola cuando hay inquietud por la presencia de osos pardos, lo cual no parece interferir con su búsqueda de abejas. Deambula a lo largo y ancho, al igual que Jeff Diez, un botánico ecologista y el veterano canoso del grupo. Lleva ya tres años en la Universidad.

Los acosadores de abejas corren y brincan, sacudiendo redes de mano, como las que usan los recolectores de mariposas, y gritando: “¡Abeja!” o “¡Atrapé una!”, cuando lo consiguen. Las meten en tubos de plástico y se las dan a Michelle Duennes, una investigadora de posdoctorado en el laboratorio de Woodard, para que las identifique.

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El viaje se financia con una subvención universitaria para fomentar la colaboración entre los jóvenes científicos. “Nos encontramos en un momento especial de nuestra carrera”, dijo Woodard.

No habían estado juntos en el campo, pero con las subvenciones disponibles “Dijimos: bueno, ¿cuál es la cosa más loca que podríamos pensar en hacer?’. La respuesta: ir al norte, a Alaska a explorar las condiciones de los abejorros en el Artico, donde el cambio climático está ocurriendo a un paso rápido.

Hay 250 especies, una pequeña fracción de las 20 mil especies de abejas que hay en el mundo. Estudios genéticos indican que aparecieron en la planicie tibetana, donde todavía se encuentra la mayor variedad. Sin embargo, se han propagado por todo el Hemisferio Norte y a Sudamérica.

Son insectos sociales. Mientras que las abejas melíferas se pueden congregar en ciudades de insectos de 100 mil individuos o más, los abejorros viven en el equivalente a pequeños pueblos, en colonias de 50 a unos cuantos cientos.

Casi todas las colonias de abejorros duran solo una temporada. A medida que se avecina el clima frío, mueren las obreras, la reina y los zánganos. Solo las hembras fértiles que se han apareado _ las reinas en espera _ buscan refugio bajo la tundra, a veces, en viejas madrigueras de ratones donde sobreviven el invierno en estado de letargo. En la primavera, emergen para comenzar todo el ciclo de nuevo.

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Los abejorros son las únicas abejas que viven en el alto Artico. Se han adaptado a la oscuridad y el frío del invierno que se hunde a 60 bajo cero y, luego, a la explosión de crecimiento y polinización bajo el sol de medianoche en el verano.

Y esa es la razón por la que la caravana de búsqueda de abejas está en la carretera Dalton.

Ya son obvios algunos cambios en el clima. Los sauces están aprovechando el clima más templado para propagarse hacia el norte, a zonas donde solo las plantas bajas y los líquenes de la tundra habían vivido antes. Los alces siguen la marcha de los sauces.

Y existen huecos en el conocimiento de las abejas árticas que es necesario llenar. El grupo de esta expedición quiere ayudar a recopilar la información sobre las poblaciones actuales y su comportamiento para poder medir el cambio.

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Una abeja domina en las búsquedas y en las conversaciones. Es la Bombus polaris, el abejorro del Artico. Otros abejorros viven en el Artico, pero el polaris sobrevive más cerca del Polo Norte que cualquier otra abeja, excepto por una especia parásita que crea nidos y no cría obreras, deposita sus huevos en nidos del polaris. Este no se ha estudiado mucho desde que Bernd Heinrich examinó su fisiología en los 1990. Para Woodard, el Bombus polaris es la abeja trofeo.

Se ha adaptado tan bien al frío que si hace temblar sus músculos, puede elevar su temperatura interna a más de 95 grados Fahrenheit cuando afuera está a 32. Vive por todo el mundo, en el norte de la Isla Ellesmere en alto Artico de Canadá, y en Groenlandia.

Sin embargo, al terminar el día en Chandalar Shelf, nadie ha encontrado, todavía, alguna abeja que puedan identificar como polaris.

Esa noche, acampamos en un foso de grava donde se almacenan los tubos y otros materiales para el oleoducto. Cada abeja capturada está en un tubo de plástico, y Duennes primero les echa aire comprimido de una lata comprada en una tienda de abarrotes. El aire comprimido, explica, no es solo aire. Este tipo contiene difluoroetano, que aturde a las abejas.

Al día siguiente, llegamos a un oasis de lujo, la estación Toolik Field, una base de investigación en el Artico que opera la Universidad de Alaska en Fairbanks.

Sin embargo, las abejas desaparecen con el lujo. Durante dos días, intentamos en sitios dentro y alrededor de la estación. Por aquí y por allá, alguien encuentra una abeja, pero pareciera que desaparecieron, en su mayor parte.


Otros científicos en Toolik dicen que a principios del año hubo varias grandes tormentas de nieve con lapsos calientes en medio, que arrasaron los intentos de anidación de aves migratorias, ahogaron los nidos, y congelaron a los polluelos y los huevos. Algo similar pudo haber pasado con las abejas.

Sin embargo, el 4 de julio, yo observé como Duennes identificaba a la primera Bombus polais. Una vez que termine el viaje y los investigadores hagan las pruebas genéticas en la Universidad de California, en Riverside, se darán cuenta de que, en el camino, encontraron más de 40 abejas Bombus polaris, pero todavía no lo saben.

La primera abeja Bombus polaris fue un regalo. Una investigadora que había estado usando una red de malla fina para capturar aves, también atrapó diversas abejas por accidente. Con gusto, entregó cerca de más de dos docenas.

Los abejorros pueden tener muchas combinaciones de colores amarillos, marrones, negros y rojos, y solo los expertos pueden distinguir una especie de otra. En algunos casos, solo un examen microscópico de los genitales del macho o un análisis del ADN pueden proporcionar una identificación definitiva.

Sin embargo, una abeja restaurada tiene un color oscuro en una franja amarilla en el costado que la delata. Duennes y Watrous la compararon con las ilustraciones en la guía. No dirán lo que piensan hasta que no llegue Woodard a examinarla.

"Cuando Woodward selecciona a la abeja correcta de la formación, Duennes se regocija". “¡Estoy casi segura de que es una polaris!”.

Después de considerar meticulosamente cada posible objeción a la identificación, todos en el grupo levantan una copa a la salud de Duennes y brindan: “Abejas extremas, personas extremas”.

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