New York Times Syndicate

Refugiados sirios enfrentan rechazo en Turquía

Cuando Turquía abrió sus puertas para recibir a los miles de desplazados por la guerra en Siria no pensó que el conflicto duraría tanto; ahora, el gobierno debe lidiar con la reubicación de los refugiados, al tiempo que algunos ciudadanos empiezan a rechazarlos e incluso a atacarlos.
New York Times News Service
08 agosto 2014 22:18 Última actualización 09 agosto 2014 5:0
Refugiados sirios en Turquía. (NYT)

Refugiados sirios en Turquía. (NYT)

ESTAMBUL.- Un niño sirio estaba parado sobre un banco debajo de una gigantesca bandera turca en la plaza Taksim de Estambul, vendiendo agua fría en una calurosa noche de la semana pasada. Sus esfuerzos pasaron desapercibidos en su mayoría, hasta que un adolescente turco se le acercó y le dio un tirón de oreja, regañándolo por trabajar en su territorio.

“Estos sirios no tienen vergüenza: robándose nuestros espacios cuando vamos a romper nuestro ayuno durante una hora”, dijo Ibrahim Esin, de 18 años, refiriéndose al ayuno diario durante el mes del Ramadán, que terminó el lunes. “Se quedan pegados aquí cual moscas, ya sea mendigando en las calles o robándonos nuestros clientes. Es una verdadera molestia”.

Turquía ha mantenido abiertas sus fronteras a sirios desplazados que huyen de la sangrienta guerra civil de ese país, recibiendo más de un millón de refugiados desde que empezaron los combates hace tres años. Muchos de los refugiados empezaron a extenderse de poblados fronterizos y campos de refugiados hasta ciudades en busca de empleos y lugares más permanentes para vivir.

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DESPLAZADOS

 

Refugiados sirios en Turquía. (NYT)



El gobierno informa que hay 67 mil refugiados registrados en Estambul, aunque diversos informes de organizaciones no-gubernamentales estiman la cifra en 200 mil extraoficialmente. Su presencia está fomentando resentimiento aquí, y algunos turcos han exigido que los sirios en Estambul, ciudad de 14 millones de habitantes, sean devueltos a los campamentos.

El gobierno ha respondido durante la semana pasada deteniendo a desplazados a lo largo de la ciudad, poniéndolos en autobuses y enviándolos de vuelta a los campamentos en el sur.

Mendigos sirios deambulan a través del denso tráfico, a veces vendiendo agua y pañuelos desechables, a menudo enfureciendo a los automovilistas al tocar las ventanillas con las palmas extendidas. Otros han empezado a practicar oficios de la calle en lo que, dicen, es un intento por preservar su dignidad, pero sus esfuerzos han creado resentimiento de vendedores turcos que no quieren competencia.

El gobierno turco, uno de los oponentes del presidente sirio, Bashar Assad, no anticipó que la guerra en Siria duraría tanto tiempo. Cuando Turquía abrió su frontera a refugiados en 2011, el gobierno supuso que los días de Assad estaban contados y los refugiados volverían a casa pronto.

Ahora, Turquía enfrenta sus propias amenazas de seguridad en una región cada vez más inestable. Hay combatientes yihadistas refugiándose en su frontera con Siria, mientras extremistas en Irak han tomado como rehenes a docenas de diplomáticos turcos.

El flujo entrante de refugiados está transformando el tejido social de grandes ciudades, desatando violentas protestas.

En una reciente manifestación en Kahramanmaras, ciudad en el sureste de Turquía, manifestantes armados con cuchillos gritaban “¡No queremos sirios!” para luego atacarlos.

Funcionarios del gobierno han empezado a reconocer que los refugiados se quedarán en Turquía durante un buen tiempo, pero los analistas dicen que el país no tiene estrategia a largo plazo para adaptarse a ellos.

“Los ataques en contra de los refugiados que hemos presenciado en las últimas semanas son alarmantes y el gobierno necesita tomar precauciones, pero eso no significa sacarlos de las ciudades y hacinarlos en los campos”, afirmó Piril Ercoban, coordinador administrativo de la Asociación de Solidaridad con Refugiados, organización no-gubernamental de Turquía.

“El envío forzoso de personas a estos campos y su aislamiento de la sociedad va en contra de los derechos humanos y, si bien pudiera sonar severo, ese tipo de acciones está empezando a hacer que parezcan campos de concentración”, añadió.

En algunos barrios de bajos ingresos del histórico distrito Fatih de Estambul, los refugiados trabajan legalmente y familias numerosas viven en diminutos apartamentos. Mustafá Shihabi, de 30 años, vive con 16 familiares y huéspedes en un apartamento de tres recámaras.

En el cuarto principal, que tiene dos sofás, un televisor y un Corán compartido, los familiares veían recientes noticiarios sobre la guerra en casa, en Siria.

Shihabi perdió su empleo hace poco en una fábrica de bolsas donde ganaba 150 dólares por semana. Sus dos hermanos, los únicos familiares que han encontrado trabajo, han sido capaces de pagar apenas la mitad de su alquiler mensual de 750 dólares.

“El mes pasado, mi jefe no me pagó”, dijo Shihabi. “Cerró su taller y se marchó a Adana sin mediar explicación. Nuestro casero está molesto y nos dijo que si no pagamos, seremos desalojados sin aviso previo”.
El nerviosismo de Shihabi es compartido por su familia y los muchos refugiados aquí que, sin la protección de leyes laborales de Turquía, son vulnerables.

“Oigo que van a enviar gente de vuelta a los campos. ¿Es cierto eso?” preguntó el padre de Shihabi, Adnan, quien describió los campos como prisiones. Shihabi intentó tranquilizar a su padre, diciéndole que los esfuerzos del gobierno iban dirigidos a los mendigos.

Afuera del apartamento, la vida se desarrolla armoniosamente para los turcos y los refugiados, pero algunos locales se muestran escépticos de que la paz pueda sostenerse.

“Los sirios son buenas personas, pero es difícil tolerar a 32 personas compartiendo una habitación”, destacó Cemal Nazlica, propietario turco de una tienda de muebles, quien dijo que los refugiados estarían en mejores condiciones en los campos. “Hacen demasiado ruido y les falta mucho por aprender nuestras costumbres”, agregó.

Mientras Nazlica estaba sentado sobre el escalón de la entrada leyendo un periódico, dos de los parientes de Shihabi pasaron caminando, quejándose de los caros productos que habían comprado en el mercado local.

“Cada día debes gastar dinero en Estambul”, dijo Saniha Adbad, de 54 años. “En los campos, cuando menos todo es gratis. En Siria, yo tenía empleo. Era costurera y mi cartera rebosaba de dinero”.

“Ahora mire lo que tengo”, dijo, sacando una moneda de 10 centavos de su bolsillo. “Nada”.

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