New York Times Syndicate

La vida de un gaucho
en el fin del mundo

En Tierra del Fuego, Chile, cada año en esta época, los gauchos, vaqueros y pastores de esa región, dejan atrás sus chozas portátiles en las estepas cubiertas de pastizales y conducen a sus rebaños hacia los grandes ranchos que salpican la isla.
New York Times
09 diciembre 2016 18:15 Última actualización 10 diciembre 2016 5:5
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(AP)

TIERRA DEL FUEGO, CHILE. La vida en el fin del mundo puede ser solitaria.

Durante semanas a la vez, Roberto Bitsch y gauchos como él quizá no vean a otro ser humano. Ven caballos, tanto salvajes como domados. Ven a los perros con los que trabajan. Pero, en su mayor parte, ven ovejas; miles de ellas.

Los residentes locales marcan el paso del tiempo por la longitud de las cubiertas lanosas de las ovejas aquí en la Isla Grande, la más grande de las islas de Tierra del Fuego en la punta de Sudamérica, más cerca de la Antártida que de la capital de Chile, Santiago.

Cada año en esta época, los gauchos - los vaqueros y pastores de Sudamérica- dejan atrás sus chozas portátiles en las estepas cubiertas de pastizales y barridas por los vientos y conducen a sus rebaños hacia los grandes ranchos que salpican la isla.

En los ranchos, o en gigantescos cobertizos, algunos de ellos de posesión compartida entre varios rancheros, empieza el esquileo: un frenesí de lana que sale volando, conversaciones obscenas y la rara comida comunal compartida entre vecinos que viven separados por kilómetros.

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“Vivir aquí es una opción”, dijo Patrick MacLean, de 67 años de edad y dueño de uno de los ranchos, Estancia Por Fin, y patrón de Bitsch. “Nadie nos obliga a vivir en Tierra del Fuego, pero pienso que no hay un lugar mejor para vivir”.

Chile produce casi 11 millones de kilos de lana anualmente, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por su sigla en inglés). Mucha de esa lana proviene de Tierra del Fuego, alguna vez hogar de los grupos indígenas selk’Norteamérica y yámana y colonizada por rancheros europeos y chilenos justo antes del inicio del siglo XX.

Poco ha cambiado aquí desde que esos primeros rancheros _ ancestros de hombres como MacLean y Bitsch _ encontraron una isla verde con pastizales y demasiado ventosa para los árboles.

MacLean, quien posee más de 5 mil ovejas, comparte un cobertizo para el esquileo con otras siete familias que compraron el edificio a un gran conglomerado en los años 50. Cuando las ovejas llegan al cobertizo cada temporada, como sucedió en un fin de semana reciente en noviembre, es causa de celebración. Pero también es un periodo de largos días de trabajo duro, dijo MacLean.

“Es un trabajo difícil, y la única manera de hacerle frente es manteniendo un buen estado de ánimo”, dijo. “Disfrutamos estar con otras personas y compartir y escuchar bromas”.

Como llegan decenas de miles de animales al cobertizo de esquilado, como otro en China Creek, la coordinación es esencial. Los rancheros deben planear _ según el clima y los ciclos de parición de las ovejas _ cuándo trasladar sus rebaños, cuánto tiempo mantener a los rebaños en pastizales específicos y cómo pastorear mejor a los animales a través de una red de corrales antes de ser esquilados.


En el transcurso de varios días, unas 35 mil ovejas pueden ser esquiladas por un equipo de solo siete hombres. Los esquiladores, trabajadores itinerantes que típicamente viven en las ciudades el resto del año, visitan múltiples ranchos durante la temporada.

La lana es recolectada, clasificada por su calidad y almacenada en grandes bolsas de plástico. La mayoría está destinada a exportación. 
Usando un par de podaderas eléctricas, un buen esquilador puede afeitar a hasta 250 ovejas en un día, dijo MacLean.

Cada vez más, los jóvenes están abandonando las islas, y es raro encontrar a un gaucho tan joven como Bitsch. Ahora de 24 años de edad, tiene esposa y un hijo en la localidad de Porvenir, a unos 145 kilómetros de la Estancia Por Fin.

Bitsch renunció a empleos en la ciudad trabajando en una disco y vendiendo autos para vivir la vida solitaria del gaucho. 
Se sintió atraído a los pastizales, dijo, primero por amor a los caballos. Fue entrenado para domar caballos salvajes en un rodeo.

Pero fue el amor a la soledad lo que le convirtió en gaucho. 
Es un sentimiento compartido por su jefe.

“Cuando vives en Tierra del Fuego, no compartes tu vida con muchas personas, así que deben aprender a vivir contigo mismo”, dijo MacLean.

“En algunas ciudades, como Nueva York, cuando despiertas y está cayendo aguanieve, o lloviendo o helando, quizá digas: ‘Esto es desagradable’. Yo miro al cielo y digo: ‘Gracias, Señor’, y enciendo la chimenea y bebo un té o un café, y leo todo el día. Esta es nuestra vida. Para nosotros, es buena”.

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