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La arquitectura romana más allá del Coliseo

Viajar a la capital italiana es un privilegio. Allá se encuentran tesoros artístico y arquitectónicos invaluables que van más allá de lo clásico.
The New York Times
06 febrero 2015 18:15 Última actualización 07 febrero 2015 5:10
Módulo especial arquitectura romana. (NYT)

Módulo especial arquitectura romana. (NYT)

Para las personas que aman la arquitectura contemporánea, tratar de encontrar edificios nuevos y asombrosos en el centro histórico de Roma es casi tan fácil como tratar de comer sin gluten ahí. Sin embargo, si se sale uno un poco del centro –o un mucho– hay tesoros impresionantes que encontrar, desde museos a estadios e iglesias, por no hablar de nuevos y animados barrios que es probable que, para empezar, usted nunca hubiera explorado.

En verano, emprendí un recorrido vertiginoso por estas estructuras recién terminadas, en distritos excesivamente diversos, con dos críticos disponibles: mis padres septuagenarios, autoproclamados amantes de la arquitectura, a quienes no les apena dar su opinión.

Recorrimos las calles de Roma, en gran parte en coche, un medio de transporte que saca, digamos, el lado rudo de la población romana. Afortunadamente, los edificios eran tan dramáticos como el recorrido, pero menos estresantes.

Iglesia del Jubileo

Conforme nos dirigíamos hacia la ciudad desde Umbría, serpenteábamos, dentro y fuera del tránsito, por una progresión constante de rotondas abarrotadas y extrañas salidas que, de alguna forma, se topaban con la Iglesia del Jubileo de Richard Meier, también conocida como la Chiesa di dio Padre Misericordioso. Se ubica en el barrio oriental de Tor Tre Teste, una zona descuidada, de altos bloques habitacionales de los años 1960 y 1970, que evocan los notorios “banlieues” de París.

Creada en el 2003, la brillante iglesia blanca está cubierta con cascarones curvos de travertino múltiple y muros de concreto, perforados por enormes hojas de vidrio.

Está encerrada dentro de altas bardas blancas, y este aspecto de fortaleza, junto con las manchas rayadas de lluvia y tierra en las superficies blancas del edificio (¿por qué blanco en la Roma contaminada?), nos dejaron fríos, en un principio.

La iglesia acababa de cerrar cuando pasamos, pero, aun desde la barda, pudimos ver que el espacio interior para los feligreses es un glorioso contraste con la escena afuera. Los altos espacios extras estaban llenos de aire, luz, mármol blanco y madera cálida; sublimidad elegante. Los rayos del sol caían sobre el piso desde arriba y llenaban el espacio con un brillo suave, que nos impresionó a todos.

Museo Maxxi de las Artes del Siglo XXI

En lugar de esperar cinco horas para que volvieran a abrir la iglesia, decidimos ir a Flaminio, una zona residencial sencilla y frondosa, al noroeste del centro de la ciudad. A pesar del tránsito, siempre en rápido movimiento, el barrio tiene cierto espacio para respirar, y hay muchísimos menos turistas deambulando por las calles, de los que hay apenas a unos kilómetros. Los sitios arquitectónicos interesantes
–muchos construidos en años recientes –están cerca, lo que nos dio una buena excusa para dejar el coche y caminar.

El edificio nuevo aquí, del que más se habla, es el Museo Maxxi de las Artes del Siglo XXI, que se inauguró en el 2009. Diseñado por el arquitecto londinense Zaha Hadid, el impresionante edificio –cuya geometría ondulante y zigzagueante está inspirada en una red muy urbana en la que habíamos estado batallando al transitarla–, se agita alrededor de unas barracas militares de principios del siglo XX. Su enorme plaza alienta a deambular y mirar boquiabiertos una fachada que desafía constantemente a la gravedad con sus enormes ménsulas y columnas ultradelgadas.

Si se camina por dentro, no se puede evitar sentirse revitalizado por el flujo del espacio y la luz. El concreto flota como el vidrio, las rampas se mueven en varias direcciones y el ojo puede abarcar el enorme vestíbulo, abierto a todos los niveles. Las galerías alternan entre tradicionales espacios cuadrados y otros de gran amplitud, no tan tradicionales. A mi perplejo padre le encantó el edificio, pero mi madre encontró ondulantes los senderos y demasiado desconcertantes a las escaleras. A mí me encantó la exuberancia de la estructura, pero me sorprendió que no tuviera más galerías.

Ponte della Musica, Palazzetto dello Sport y Parco della Musica

Momentáneamente, me fui solo a mirar fijamente las gráciles vigas blancas del Ponte della Musica, un impresionante puente para peatones nuevo que se extiende sobre el Tíber. Diseñado en el 2011 por Buro Happold, la firma británica de ingenieros, tiene arcos inclinados hacia el exterior como si los separaran lentamente. Me reuní con mis padres en el Maxxi para caminar solo una cuadra y tener una vista del Palazzetto dello Sport de Pier Luigi, una arena interior para los Juegos Olímpicos de 1960 y un ejemplo exquisito del futurismo de mediados de siglo, con las conchas de concreto acanaladas y onduladas hacia arriba y hacia abajo, sostenidas por un anillo de puntales, parece una nave espacial envejecida. La pintura se está descarapelando terriblemente, pero en esta ciudad de ruinas, se siente como un poético vestigio moderno. La zona interior sigue reservada para deportes como el básquetbol, y vale la pena verlo: la complicada ornamentación estructural es fascinante. Es una escultura práctica, si es que existe eso.

A una cuadra al este, se encuentra un extraordinario centro para interpretaciones, Parco della Musica, del arquitecto italiano Renzo Piano. El complejo, inaugurado en el 2002, es engañosamente sencillo y soberbio. Tres salones de ladrillo para interpretaciones están cubiertos con conchas de acero en forma de armadillo, avejentadas, que se alzan por encima de la enorme plaza y el anfiteatro. Se ve ominoso en las fotografías, pero, en realidad, es un complejo encantador, de tres líneas, ubicado a nivel de la calle, con una serie de cafés y tiendas. Incluso, hay oficinas debajo del paso elevado de la vía rápida cercana. Los teatros dentro tienen muchísima madera, telas y la típica elegancia de Piano. Deberían tratar de conseguir boletos.

Macro

Justo al noreste del centro histórico está el exclusivo distrito de Salario. Me recuerda al 16 “Arrondissement” en París, una majestuosa zona residencial llena de edificios neoclásicos, embajadas, mercados al aire libre y tiendas exclusivas. En medio de todo eso está el Macro (Museo d’Arte Contemporanea Roma), el museo de arte contemporáneo dentro de la que fuera la cervecería Peroni, la cual expandió Odile Decq, la arquitecta francesa inconformista, en el 2010.

El manifestado objetivo de Decq era hacer que la experiencia museográfica fuera menos predecible y lo ha hecho en picas, creando experiencias raras y dignas de atención dentro de una serie de espacios vastamente divergentes. En distintos puntos se camina por pasarelas de acero, por arriba de las obras de arte (lo cual varía extremadamente en calidad), se avanza hacia un techo con vistas del barrio y de uno de los propios murales del museo, se atraviesan puertas falsas para entrar y salir de la estructura, y se deambula sobre un piso de vidrio laminado mirando a la gente que está abajo. Y, por favor, no se pierdan los baños, si les gustan los muebles esculturales, de fibra de vidrio, que cambian rápidamente de color.

De todos los edificios que vimos ese día, éste fue el más original, lo que aprobaron mis padres.

“Es un museo para todo el mundo”, comentó mi padre, quien imaginó llevar a amistades y nietos por igual.

De ahí, nos volvimos a subir al coche. Fue un recorrido asombroso y peligroso, lleno de obscenidades, extraordinariamente altas, de los taxistas italianos.

Todo el tiempo extrañé estar en los trechos más alejados de Roma, experimentando lugares un poco menos congelados en el tiempo y un poco más llenos de extrañas posibilidades impredecibles.

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