New York Times Syndicate

K2, la droga de los indigentes de Nueva York

La K2, spice o mariguna sintética, es una droga que está tomando popularidad entre los indigentes de Nueva York. Esta droga es casi 5 veces más barata que la mariguana tradicional y se vende en algunas de las tiendas de abarrotes de la ciudad.
Nicholas Casey
11 septiembre 2015 22:20 Última actualización 13 septiembre 2015 12:23
Mariguana sintética. (NYT)

La droga viene en una bolsa de plástico de hierbas rociadas con sustancias químicas conocidas como cannabinoides. (NYT)

Era temprano una tarde cuando el hombre al que se le estremecían las piernas fue arrastrado a una ambulancia. Otro hombre que vendía libros limpió el vómito.

Un individuo llamado Charlie Medina estaba sentado en el mismo sitio unos días después, incapaz de recordar su nombre antes de caer en un trance con la boca abierta y los ojos dilatados.

Y los amantes fueron incapaces de encontrar una habitación. Uno le quitó a la otra la blusa y el sostén, luego empezó a besar sus senos con moretones mientras una pequeña multitud se reunía a observarlos.

La gente aquí en este tramo de la calle 125 en el East Harlem quizá cambie, pero la droga sigue siendo la misma: la K2, también llamada spice o mariguana sintética, una potente mezcla de hierbas y sustancias químicas que ha llegado a ser ampliamente usada por personas sin hogar en la Ciudad de Nueva York.

Un porro de K2
se vende por uno o dos dólares, mucho más barato que la comida. Muchas tiendas de abarrotes en la calle 125 la venden.
Un porro de mariguana, en comparación, cuesta unos 5 dólares.

Multitudes de hasta 80 o 100 personas sin hogar acuden en autobuses desde un refugio cercano en Randalls Island, atraídos por las clínicas de recuperación de la adicción a la heroína que hay en los alrededores, y pasan el día aquí bajo la influencia de este narcótico más barato. La cuadra entre las avenidas Park y Lexington parece a veces ser una calle de zombies.

“Esto es la nación de la K2”, dice un hombre antes de alejarse confundido.

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Mariguana sintética. (NYT)


Las cuadras cercanas cuentan una historia diferente. Hay una tienda Whole Foods en construcción en la calle 125. Un restaurante elegante operado por el chef de las celebridades Marcus Samuelsson en donde se sirven costosos platillos. Pero este tramo es un reducto de lo que era Harlem antes de que empezara el proyecto de desarrollo; quizá una versión incluso más oscura de esa época.

La droga viene en una bolsa de plástico de hierbas rociadas con sustancias químicas conocidas como cannabinoides, las cuales funcionan como una versión profundamente potente de la mariguana. La K2 es ilegal en el estado de Nueva York, junto con variantes con nombres como Spice, AK-47 y Scooby Snax. Pero se hacen pocos arrestos porque los fabricantes frecuentemente cambian la mezcla química a medida que las sustancias son prohibidas.

En un día reciente, un hombre de 47 años de edad que dio el nombre de Green estaba de pie en la calle 125 metiéndose una pajilla de plástico en la oreja. Sufre del mal de Parkinson y dice que se ha estado automedicando la K2.

“En ocasiones calma los temblores”, dijo, apretando las correas de una raída mochila. “A veces solo me hace sentir peor”.

Michael Morgan, de 46 años de edad, pasa la mayoría de los días bajo un andamio al lado de una sucursal del Apple Bank en la calle 125, sosteniendo contra el pecho su pierna fracturada enyesada, fumando K2.

La acera ha sido su hogar desde abril, después de que, según dice, miembros del personal de un refugio cercano lo obligaron a irse cuando sospecharon que estaba sometiendo a abusos a su novia de 29 años de edad, Saida. “Hubo muchos gritos y chillidos y lanzamos objetos”, dijo. “Fue a mí a quien echaron”.


El año ha estado marcado por una gradual desintegración de la vida de Morgan. Dijo que las autoridades asumieron la custodia de los tres hijos que tuvo con otra mujer y separaron a los hermanos en diferentes casas de acogida. Rara vez los ve.

Antes de los problemas con su actual novia en el refugio, los dos reunían dinero mendigando y pasaban por largas juergas de drogas por toda la ciudad, seguidas por lentas recuperaciones en refugios y en las calles.

Una sonrisa apareció repentinamente en el rostro de Morgan, exponiendo huecos donde habían estado sus dientes frontales. Su novia había llegado. Ella sacó un sobre lleno hasta el tope de las hierbas verdes deshidratadas de la K2. Midió la mitad para él, dejando caer un poco en la acera.

Morgan enrolló un porro y lo encendió.

“Si no fuera por eso, estaría enojado, le estaría pegando a ella. Quién sabe qué estaría haciendo”, dijo, y sus palabras se iban apagando con cada calada al cigarrillo. “Esta cosa me calma”.

Después de un rato, volvió en sí y miró a su novia.

“¿Quieres quedarte conmigo aquí esta noche? Podemos divertirnos en el pasto, luego dormir bajo la banca”.

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Mariguana sintética. (NYT)


Incursiones policiales en las tiendas de abarrotes en esta calle en julio terminaron en la confiscación de más de 8 mil paquetes de K2, pero muchas de las tiendas siguen vendiendo la droga, dicen aquellos en la calle. Eso ha dejado a los agentes de policía viendo a los drogadictos fumando a plena vista. Luego los agentes los suben en ambulancias cuando terminan tirados en la calle.

La K2 quizá sea la droga más popular aquí, pero es solo parte del mercado negro. Dos vendedores de droga pregonan bolsas de mariguana por 5 dólares debajo de la estación Metro-North del tren y los residentes señalan donde se vende heroína en la parte superior de la línea del tren subterráneo de la avenida Lexington. A una cuadra de distancia, un hombre ofrece comprar vales de comida por la mitad de su valor en efectivo.

“¿Alguien aquí está vendiendo un bebé?”, preguntó una pareja a un grupo de personas sin hogar en una tarde reciente.

“¿Un bebé?”, respondió gritando un hombre, confundido.

“Oímos que había un bebé a la venta”, dijo el hombre. Por un momento hubo silencio, luego la pareja rió.

“No nos hagan caso; usamos ácido”, dijo la mujer, y los dos se dirigieron tambaleándose hacia la estación del tren subterráneo, sonriendo y dibujando círculos en el aire.

La escena no es tan sombría en todas partes en la calle 125. Ahí estaba Oscar Vélez, de 35 años de edad, un ex adicto a la K2 que perdió su empleo como obrero de la construcción. En un día reciente, caminaba por la calle preguntando a quienes conocía ahí que siguieran usando la K2.

“Ahora regaño a la gente”, dijo después de una visita vespertina a un cercano centro de tratamiento con metadona para su adicción a la heroína.

Para demostrarlo, arrinconó a Camacho, un amigo al que dice conoció en una pandilla puertorriqueña en la cárcel a quien había visto “de pie congelado en las escaleras del tren subterráneo negando que estaba drogado”. El amigo encogió los hombros ante el interrogatorio, sonriendo, y se alejó caminando. Vélez dice que está marcando una diferencia lentamente.

Pero admite que la tentación de la droga es real cuando regresa a la calle 125, especialmente desde que no tiene trabajo. Una tienda de abarrotes cercana le ofreció dinero por distribuir K2. Pensó en ello, pero rechazó la oferta.

En una tarde reciente, Morgan, quien duerme en la calle 125, habló sobre sus planes para ganar algo de dinero, un proyecto que involucraba la distribución de K2. Había descubierto recientemente que podía comprar un paquete de la droga por 5 dólares, enrollar siete porros, y vender cada uno en un dólar a otras personas sin hogar ahí. La utilidad sería de dos dólares por bolsa.

“Y si se invierte algo de dinero, 50 dólares, imagine cuánto más se podría obtener”, dijo. “Imagine lo que se pudiera hacer con eso”.

La voz de Morgan empezó a apagarse de nuevo. Había tomado la droga y estaba empezando a hacer efecto.

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