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Ella es la reina… de los calcetines

Luego de ver que sus padres podrían perder su fábrica en la antes llamada “capital mundial de los calcetines”, Gina Locklear quiso entrar en el negocio, pero con calcetines sustentables.
New York Tijmes Syndicate
08 abril 2016 17:12 Última actualización 16 abril 2016 5:0
La reina de los calcetines

La reina de los calcetines (NYT)

Hace nueve años, cuando ella tenía 27 y tristemente vendía bienes raíces, Gina Locklear fue con sus padres para hacerles una propuesta. Quería hacer calcetines. No los clásicos blancos en los que se había especializado la familia, sino unos novedosos, con algodón y tintes orgánicos.

“Quiero entrar en el negocio de los calcetines”, les dijo. “Quiero hacer un calcetín sustentable”.

Locklear, ahora con 36 años, creció en el negocio. Sus padres, Terry y Regina Locklear, empezaron una fábrica en Fort Payne, Alabama, en 1991. Hacían calcetines blancos deportivos para Russell Athletic, millones, destinados a las grandes tiendas y para sus pies, si usted tomaba clases de gimnasia.

La hermana menor de Gina, Emily, recordó cuando ellas, de niñas, iban a la fábrica después de clases, donde ayudaban a sus padres a ordenar los calcetines en docenas o jugaban en los contenedores. Con el nombre de las dos hijas, Emi-G Knitting, la fábrica pagó la casa de la familia Locklear, un Corvette retro para Terry y la educación universitaria de las chicas. No obstante, la idea de que Gina y sus padres hicieran calcetines orgánicos, a la moda o, para el caso, cualquier calcetín, parecía una absoluta locura, dado el momento y el lugar. Mediados de los 2000 fue un periodo devastador para Fort Payne.

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Fue una época devastadora para Fort Payne. Ubicado en el montañoso noreste del estado, el pueblo de 14 mil habitantes se había anunciado, durante décadas, como “la capital mundial de los calcetines”. Aquí se inventó el calcetín acojinado, y se decía que uno de cada ocho pares de calcetines que se vendían en todo el mundo, se había tejido en Fort Payne.

La reina de los calcetines

En el punto máximo de la industria en los 1990, más de 120 fábricas empleaban a aproximadamente 7 mil 500 trabajadores. Sin embargo, la mano de obra barata extranjera y los tratados de libre comercio hicieron que el pueblo fuera un perdedor en el juego de la economía mundial. Pareció que fue de un día para otro que cerraron las fábricas, y el nuevo Fort Payne se convirtió en un pueblo en China, llamado Datang. La crisis financiera del 2008 terminó con los que todavía seguían allí.

“Fue como si una aspiradora sacara a toda la gente del pueblo”, comentó Terry.

Los Locklear se aferraron a su fábrica, pero apenas. Se agotaron los pedidos, incluidos los de Russell Athletic y recortaron la fuerza de trabajo a casi nada. El objetivo de Terry era mantener encendida la electricidad porque sabía que si él y Regina cerraban las puertas y apagaban las luces, nunca más las volverían a prender.

“Solo veníamos a sentarnos”, contó Terry. “Platicábamos y solo decíamos: ‘Yo no sé qué vamos a hacer’. Todavía nos quedaba nuestro conocimiento”.

Fue durante estas profundidades que Gina se acercó a sus padres con su idea. Mientras que casi todos los demás en el negocio de los calcetines iban a dar a las salidas, ella quería, apasionadamente, entrar. “Yo tenía 12 años cuando mis padres empezaron a hacer calcetines”, contó Gina. “Y darme cuenta de que el negocio de la familia podría cerrar, me hizo enojar”.

Sus padres eran escépticos. Sabían cuán duro es competir y cuánto dinero costaría empezar una marca. No entendía toda la cuestión orgánica. Más que nada, no querían que su hija mayor hiciera algo que pronto lamentaría o de lo que se cansaría.

“Ha sido de todo, pero nada de eso”, comentó su padre.

Su madre agregó: “Adora, absolutamente, lo que hace. Está en llamas”.

Cuando oyes las palabras fábrica textil, puedes imaginarte un edificio de ladrillo, de un siglo de antigüedad, y tan grande como una manzana en una ciudad. Puedes oír el clac clac de la agitada maquinaria. Sin embargo, Emi-G Knitting es una planta moderna e independiente, en un edificio metálico achaparrado, en las afueras de Fort Payne.

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Una mañana reciente, Gina estaba en su oficina, trabajando en los pedidos de primavera. Produce dos líneas: Zkano, una marca en línea que comenzó en el 2008 y Little River Sock Mill, que se inició en el 2013 y se vende en tiendas como Margaret O’Leary en Manhattan.

Los “crews” y “no show” de Zkano son un juvenil desorden de franjas y colores, en tanto que los calcetines Little River son más refinados (la línea de otoño se basó en patrones de colchas sureñas). Ambos cuestan entre 13 y 30 dólares el par.

La reina de los calcetines

Al optar por lo orgánico (el algodón es de una granja en Lubbock, Texas, y los tintes, de Carolina del Norte), Gina consiguió un nicho del mercado. Sus calcetines son atractivos para los millennials, quienes estudian las etiquetas y les gustan las historias de origen convincentes.

“No estoy seguro de que la mayoría de los clientes lo detecte, pero, seguro que es una ventaja que estén hechos de algodón orgánico; añade un punto de diferencia”, notó Billy Reid, el diseñador de ropa para caballero que vive en Alabama y quien se asoció con Gina para hacer calcetines basados en sus diseños.

En el otoño, Martha Stewart y los editores de Martha Stewart Living le otorgaron a Gina un premio American Made, el cual dan cada año a unos cuantos artesanos y dueños de pequeños negocios para estimular el reconocimiento.

“Animar al público estadounidense a que compre cosas hechas en Estados Unidos importa”, dijo Stewart. “Entre más calcetines venda, podrá emplear a más gente”.

Además, “es un negocio delicado”, añadió Stewart. “Todos necesitan calcetines. Las mujeres están usando calcetines como una declaración de moda, como nunca antes. Si se hojean las páginas de Vogue, se verá que casi todos los vestidos elegantes se usan con un par de calcetines”.

En efecto, el modesto calcetín está teniendo su momento. Marcas como Stance Socks, que se asoció con Rihanna en una colección, y Slate & Stone están vendiendo medias y tobimedias vibrantes; en tanto que, hace poco, Miu Miu equipó a las modelos de pasarela con calcetines margos y de rombos.

Gina planea que Little River haga calcetines para caballero en el otoño. Zkano ya los tiene. El personaje de Tony Hale en “Veep” usa calcetines Zkano, al igual que el propio actor.

A cualquier parte que vaya, Gina se fija en los calcetines, y en invierno se pone dos pares, uno en el día y otro para acostarse. La decoración en su oficina está totalmente relacionada con las medias: carretes de hilos color caramelo en un estante o muestras sin compañero prendidas en un tablero de corcho.

Ella vive con su esposo, Al Vreeland, en Birmingham, Alabama, a hora y media en coche y pasa parte de cada semana en Fort Payne, donde se queda en la que fue su habitación en la infancia. Su esposo, un abogado, “está bien” con el arreglo, y ella añadió: “Así ha sido desde que empezamos a salir juntos”.

Se casaron hace tres años, durante unas ocupadas festividades, en una capilla en Santa Fe, Nuevo México, un sábado. “Vinimos a la casa el domingo”, contó. “Y luego me fui a Fort Payne el lunes. Y esa es mi vida”.

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