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“El pequeño libro rojo” que marcó a millones

Un pequeño libro era un compendio de discursos y escritos de Mao Zedong, una “biblia” para los chinos; un día cayó en manos de Justin G. Schiller, un librero anticuario el primer ejemplar y desde entonces se dedicó a conseguir todo lo relacionado con este texto. Ahora lo expone en Nueva York.
William Grimes
21 noviembre 2014 17:13 Última actualización 23 noviembre 2014 5:0
El pequeño libro rojo

El "pequeño libro rojo" recopila los discursos y escritos de Mao Zedong. (NYT)

NUEVA YORK – “Citas del presidente Mao” es el libro que dio significado nuevo al término “hay que leerlo”. Publicado por primera vez en 1964, con una distribución de cientos de millones de ejemplares, era el catequismo de la Revolución Cultural, un compendio de discursos y escritos de Mao Zedong que se esperaba que todos y cada uno de los ciudadanos chinos, no solo que hojeara, sino que estudiara, memorizara y recitara.

Con pruebas sorpresa, se separaba a los buenos estudiantes de los malos, bajo amenaza de consecuencias graves. Los compradores que se presentaban en las tiendas estatales de alimentos, por ejemplo, podían esperar un interrogatorio intenso y exhaustivo antes de que les indicaran que pasaran, o no.

“El pequeño libro rojo”, como llegó a conocerse fuera de China, una referencia a su encuadernación roja, es el tema de “Citas del presidente Mao. Exposición por el 50 aniversario, 1964 a 2014”, en el Club Grolier, donde se inauguró el 12 de noviembre.

En ella se exhiben libros y material propagandístico de la colección de Justin G. Schiller, un librero anticuario que, con su socio Dennis M.V. David, trabaja la empresa Battledore Ltd. en Kingston, Nueva York. Schiller, conocido como un especialista en libros infantiles, sobre todo de la obra de Maurice Sendak, desarrolló su fijación, algo inusual, durante un viaje a China, en 1998, cuando visitó la Biblioteca Nacional en Pekín y preguntó cómo se puede identificar una primera edición de las “Citas”. La complicada respuesta lo llevó por un camino serpenteante.

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INICIA LA COLECCIÓN

Cayó en sus manos un ejemplar de la primera edición, pero, pronto, le llamó la atención la Revolución Cultural y el culto a Mao, representados en las “Citas” y sus miles de derivados: carteles de propaganda, juguetes, espejos decorados, garrafas, bandejas de té y prendedores para solapa, todo lo cual está representado en la exposición en el Grolier. “Me interesé en todo el patrón de cómo un libro creció y se desarrolló”, dijo Schiller. “Básicamente, mi interés creció a ser una colección”.

La exhibición comienza en el principio, e, incluso, antes, con varias antologías precursoras que se pueden ver como peldaños hacia las “Citas”, las que salieron la primera vez con cubiertas de papel, en la primavera de 1964. Se probó con una encuadernación en vinilo, en tres tonos de azul, pero al cabo de unos meses, apareció la cubierta de vinilo rojo con una estrella roja grabada en el centro y se quedó así, como se conoce ahora en todo el mundo.

Una de las vitrinas más impresionantes incluye ejemplares casi idénticos de las “Citas” en docenas de idiomas, desde albanés hasta uigur. Para 1967, se había impreso casi 700 millones de ejemplares y se ha estimado que, para finales del siglo XX, ya se habían imprimido 5 mil millones en 52 idiomas. Schiller tiene ejemplares en casi todos, salvo por dos, pastún y turco. La exposición incluye una edición en braille.

El pequeño libro rojo
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NACE "CITAS"

Fue Lin Biao, el ministro de la defensa de Mao y, por algún tiempo, su sucesor designado, a quien se le ocurrió presentar las ideas del líder en un formato fácil de digerir. Consciente de que los soldados, a menudo con poca instrucción, del Ejército Popular de Liberación, tenían, en el mejor de los casos, una comprensión rudimentaria de las ideas políticas de Mao, Lin ordenó al periódico del Ejército que publicara breves extractos de Mao todos los días.

Estos se podían absorber en pequeñas dosis, para que, después, cada brigada los analizara en sesiones de estudio nocturnas, dirigidas por oficiales superiores. La publicación en el periódico resultó tan exitosa que el Departamento General Político del Ejército integró un libro con las ideas de Mao, organizadas por temas, en 30 capítulos. Para cuando salió de la canónica tercera edición en 1965, la antología ya era de 270 páginas, 33 capítulos y 427 citas.

Las prensas trabajaban tiempo extra para sacar como pan caliente ejemplares suficientes para poner uno en manos de cada ciudadano chino. Muchos ejemplares terminaron por tener menos páginas. En 1971, Lin, que se rumoraba que conspiraba en contra de Mao, huyó de China y murió cuando se estrelló su avión en Mongolia.

Mediante un decreto partidista, se mandató que cualquiera que tuviera las “Citas” arrancara de las primeras páginas la adhesión de Lin, una reproducción de su caligrafía, y, en su caso, el prefacio que escribió en diciembre de 1966. La prosa de las “Citas” es prosaica – “Las masas tienen un entusiasmo potencialmente inagotable por el socialismo”, comienza un extracto típico – e incomprensible, en ocasiones.

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EL PEQUEÑO LIBRO ROJO EN TODAS PARTES

Es difícil saber qué lecciones pudo haber extraído hasta el más ardiente comunista de esto: “Es posible comprender algo solo cuando se comprende con firmeza, sin el menor debilitamiento. No comprender firmemente es no comprender nada. Naturalmente, uno no puede entender algo con la mano abierta. Cuando la mano está cerrada como si sujetara algo, pero sin apretarlo fuertemente, no hay comprensión”. Apenas si importaban las palabras.

El libro dominaba como un símbolo, no como un programa de ideas, razón por la cual se prestaba, sin problemas, para usos propagandísticos. Audaces carteles mostraban a multitudes sosteniendo en alto el libro, con rostros radiantes de alegría.

En la casa, los ciudadanos podían servir el agua en garrafas del “Pequeño libro rojo”, levantarse con un reloj despertador “Pequeño libro rojo” con un soldado que movía el libro de un lado para el otro, y ver a sus hijos jugar con muñecas de hule del “Pequeño libro rojo”.

Uno de los ejemplares más interesantes de muñecos es un niño de mejillas sonrosadas, con uniforme de la Guardia Roja, que sostiene un rifle en una mano, un libro rojo en la otra y presiona firmemente un pie contra la cabeza de un soldado estadounidense con casco de la policía militar. “Chillan cuando los aprietas”, dio Schiller.

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Hay un libro de canciones, “Citas del presidente Mao Zedong con música”, que incluye tonadillas como “Una revolución no es una velada”. Schiller posee un disco de larga duración de las “Citas” que traía un libro de ejercicios, sancionados por el partido, para que los escuchas pudieran hacerlos mientras disfrutaban de la música.

En Occidente, el libro se ganó la atención de dos públicos: los maoístas fieles, en números reducidos pero fervientes, que se lo bebieron como un elixir revolucionario. Las editoriales lo vieron como una invitación a vender parodias, tanto satíricas (“Citas del presidente LBJ”) como serias (“Citas del presidente Jesús”).

Tal fue el poder de la marca que, décadas después de la muerte de Mao, las editoriales sacaron parodias de las “Citas” para Jesse Ventura y Tony Blair.

Los lectores inclinados a burlarse del que es, probablemente, el libro más popular del mundo, después de Biblia, podrían echar una mirada a la lista de los libros más vendidos en Estados Unidos a mitad de los 1960, cuando la Revolución Cultural tomó vuelo.

Mientras miles de fanáticos de la Guardia Roja sostenían al aire el libro gritando lemas revolucionarios, los lectores estadounidenses se emocionaban con “El valle de las muñecas” y “Cómo evitar la autenticación”. No hay explicación para los gustos.

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