New York Times Syndicate
CULTURAS

Cuba sería la nueva parada internacional de coleccionistas de arte

La escena artística de la isla vive algo curioso: sus creadores no cuentan con un gran financiamiento, pero sí con un interés voraz de los coleccionistas de diversas partes del mundo. ¿Podrá la reconciliación EU-Cuba cambiar la vida de estos artistas?
The New York Times
10 enero 2015 15:55 Última actualización 11 enero 2015 5:0
Arte en Cuba. (NYT)

Arte en Cuba. (NYT)

LA HABANA, CUBA.– Kadir López estaba trabajando en su estudio, en una elegante casa en esta ciudad, cuando sonó el timbre de la puerta. Eran Will Smith y su esposa Jada Pinkett Smith. “No tenía ni idea que iban a venir”, dijo López, a cuya obra incorpora letreros y anuncios estadounidenses que se destrozaron después de la revolución de Fidel Castro en 1959 y que se recuperaron.

Cerca de una hora y 45 mil dólares después, Smith había comprado Coca Cola Galiano, un letrero de la bebida sobre el que López superpuso una fotografía, de los 1950, de las que fueron alguna vez las calles de mayor movimiento comercial y bullicio en La Habana.
Un año después, al recordar la situación, López sigue felizmente incrédulo. “¿En qué otro lugar del mundo aparece Will Smith en la puerta de un artista?”, preguntó.

Mientras coleccionistas, conocedores de arte e instituciones se preparaban con entusiasmo para viajar a Cuba después de la decisión del presidente Barack Obama de flexibilizar el embargo económico de Estados Unidos, la escena del arte que los espera es sui géneris: un mundo a cuyos artistas no se les dan suministros ni internet, pero que, al mismo tiempo, los celebra una camarilla de compradores internacionales cuya curiosidad y determinación los trajo a Cuba mucho antes de que se hablara de distensión.

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Cuba

Los artistas cubanos –desde los más establecidos hasta los que todavía están estudiando en el Instituto Superior de Arte– reciben visitas de instituciones como el Museo de las Artes del Bronx y el Museo de Arte Moderno, así como de visitantes. Muchos de estos son intelectuales acaudalados que van a Cuba en viajes de “persona a persona”, permitidos bajo el embargo.

“El fenómeno es poco usual”, comentó Carlos Garaicoa, un artista que trabaja con fotografía y escultura, y divide su tiempo entre La Habana y Madrid. Y agregó: “Dudo que suceda en alguna otra parte; quizá en China”.

Está a punto de aumentar el canal de amantes del arte en Cuba, pronostica Alberto Magnan, cuya galería en Manhattan, Magnan Metz, se especializa en arte cubano. Magnan, quien actualmente se encuentra en La Habana, recibió 25 llamadas de coleccionistas el 17 de diciembre, después de que Obama anunciara que ambos países actuarían para restablecer vínculos diplomáticos. Ahora tiene reservas hasta marzo para visitas a la isla. “Es un locura total”, aseguró.

Si bien los estadounidenses pueden visitar Cuba según normativas que datan del 2009, por las cuales se permiten “viajes significantes” con el propósito de fomentar el contacto con cubanos, muchos se mantuvieron al margen, refiere Magnan.

“Es un lío”, dijo, refiriéndose a la necesidad de obtener una licencia del gobierno estadounidense y pagar las obras sin usar tarjetas de crédito de Estados Unidos. Ahora, no obstante, dicen: "Quiero ir antes de que vayan todos".

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Cuba

En diciembre, Steve Wilson, un coleccionista de Louisville, basado en Kentucky, que está con Magnan en La Habana, se quedó con ocho obras, principalmente de artistas jóvenes, con precios entre mil 500 y 15 mil dólares, en la Fábrica de Arte Cubano, un espacio para obras de arte en una fábrica convertida.

Wilson, un fundador de 21c Museum Hotels, en donde hay obras de arte contemporáneo, informó que espera que la apertura diplomática le permita organizar programas de artista en residencia para cubanos en Estados Unidos y viceversa; quizá, hasta abrir un 21c en La Habana.
“Me encanta el hecho de que más personas podrán venir y ver este trabajo”, afirmó. 

Desde los 1990, el gobierno cubano les ha dado libertad extra a los artistas, a quienes se percibe como un pilar del prestigio cultural del país, y le ha permitido viajar y quedarse con una gran parte de su ingreso.

No obstante, muchos artistas apenas si son conocidos, especialmente fuera de La Habana, asegura Sandra Levinson, fundadora del Centro de Estudios Cubanos en Nueva York.

“Creo que todavía hay mucho por descubrir”, señaló Levinson, quien encabezó exitosamente una demanda en contra del Departamento del Tesoro de Estados Unidos en 1991 para que se les permitiera a los estadounidenses llevar al país arte de Cuba. Levinson estuvo en la isla cuando se conoció la noticia de la distensión y miembros de su grupo “compraban y compraban y compraban”.

Jonathan S. Blue, un financiero de Louisville, a quien Wilson contagió del bicho del arte cubano y tiene una docena de piezas cuyos precios van de 2 mil 500 a 300 mil dólares, dijo que no perdería tiempo cuando regrese a Cuba por quinta ocasión. “Creo que se reducirá el tiempo entre que veo una pieza que me gusta y decido comprarla”, dijo riendo.

Blue, cuyas obras cubanas incluyen un disco de vinilo hecho con casetes enroscados, muy apretados, en ocho pistas, por Glenda León, una artista que vive en La Habana y Madrid, y dos esculturas de Alexandre Arrechea, que incluyen Cereza holandesa, unos bucles de acero escarlata, del opulento hotel de departamentos en la Quinta Avenida, dijo que parte del encanto era conocer a los artistas cubanos y superar los obstáculos.

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“Si entras en una galería en la Ciudad de México y dices: 'Quiero eso en mi departamento para el lunes’, ahí estará”, afirma Blue. “No funciona así en Cuba”.

Sin embargo, para Luis Miret, el director de Galería Habana, la más prestigiada de cerca de una docena de galerías paraestatales en la capital cubana, esos obstáculos son un lastre.

Actualmente, cualquier cosa que se embarque de La Habana a Estados Unidos –a 145 kilómetros de distancia– tiene que pasar por un tercer país, como Panamá o Gran Bretaña. Miret calcula que las tarifas de la carga aérea de La Habana a Miami serían de unos 70 centavos de dólar el kilo; ahora paga cerca de 6.70 dólares el kilo por enviar cosas vía Londres.

Hace poco, Miret perdió una batalla de tres años para recuperar 17 mil dólares que le transfirió Galería Habana a una cuenta en Miami como pago por un puesto en una feria de arte colombiano. El Departamento del Tesoro le confiscó los fondos.

“¿Cómo es posible que se me permita publicar un anuncio en Art Forum, pero no puedo pagar para participar en una feria de arte?”, preguntó en su pequeña oficina en la galería. "No lo entiendo". 

Y, mientras que los artistas cubanos disfrutan de la atención especial de las amantes extranjeros del arte, pocos isleños tienen el ingreso para comprar arte, sostiene Adrián Fernández, quien el año pasado montó un estudio con sus compañeros artistas Frank Mujica y Alex Hernández. 

Los tres recibieron educación artística gratuita durante nueve años, pero ahora que están trabajando hay muy poco en términos de subvenciones del gobierno o de las fundaciones.

En efecto, son un ejemplo de las extrañas contradicciones que enfrentan los artistas: la galería belga Verbeeck Van Dyck representa a los tres, cuyas obras se venden entre 500 y 8 mil dólares, y cada uno de ellos montará una exposición en ella el año entrante.

Su estudio está en una espaciosa casa en un barrio exclusivo gracias a un trato que hicieron con una pareja que se estaba divorciando; no dijeron cuánto pagaron. Sin embargo, tienen que traer todo lo que necesitan del extranjero, desde iluminación en rieles hasta grafito y lienzos. Hace poco, sentado en un sillón Ikea, una lluviosa mañana, Fernández confesó: “Todos seguimos viviendo con nuestros padres”.

Varios artistas comentaron que los beneficiaría un mercado donde pudieran vender la mayor parte de su obra por medio de galerías. Visitantes a menudo acaudalados –en comparación con los coleccionistas– adquieren obras y el artista les pierde el rastro, dijeron, lo que dificultaría montar una exposición retrospectiva. Los precios se volverían más transparentes y más estables.

Otra cosa que cambiará si aumenta la cantidad de coleccionistas, indicó Levinson, es que los artistas se volverán menos accesibles. “A la mayoría de los artistas no les gusta vender su propia obra. Los cubanos están más abierto a ello que la mayoría de las personas, pero creen que deben tener a un agente”, señaló. 

“No pueden pasar todo su tiempo reuniéndose con extranjeros que aparecen de pronto en sus estudios. Tienen que poder darse tiempo para trabajar”, agregó.

Si eso llegara a suceder, será un signo de madurez. “A veces, hay visitas que, si no estoy aquí, no quieren venir”, comentó. “Esperaría que el acercamiento a los artistas cubanos se convierta en el arte mismo”.

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