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Cinco cosas que estamos a punto de saber sobre Siria y Trump

El ataque con misiles ordenado por Donald Trump la semana pasada y las reacciones derivadas esclarecerán diversas dudas sobre Vladimir Putin, Bashar al-Assad, y la capacidad de enfrentar la crisis del gobierno estadounidense.
Hal Brands*
10 abril 2017 21:20 Última actualización 10 abril 2017 22:33
Misil mapa Siria. (Especial)

Misil mapa Siria. (Especial)

Como resultado de los ataques aéreos estadounidenses de la semana pasada contra las fuerzas armadas sirias, estamos a punto de averiguar muchas cosas. Desde luego, es demasiado pronto para saber con exactitud qué impacto tendrán los ataques ordenados por el presidente Donald Trump en el régimen y la dirección que tomará la guerra civil siria. Eso en gran parte se debe a que los actores clave, como el presidente sirio Bashar al-Assad, Rusia, Irán y la oposición siria –para no hablar de los Estados Unidos- todavía están planeando sus próximas acciones.

Pero parece seguro que los acontecimientos de las próximas semanas ayudarán a responder cinco preguntas cruciales sobre la guerra civil y los diversos actores que ahora se esfuerzan por definir el resultado de ese conflicto.

Primera, ¿cuánto tiene de aventurero Vladimir Putin? En los últimos tres años el presidente ruso se ha ganado fama de astuto para asumir riesgos, alguien capaz de ser más hábil que sus adversarios con movidas oportunas y sorpresivas. Sin embargo, tanto en Ucrania como en Siria desde 2015, Putin ha podido operar en entornos en los cuales Estados Unidos parecía tener gran aversión al enfrentamiento miliar.

Sin embargo, ahora la administración Trump ha demostrado que está dispuesta a usar la fuerza contra el aliado de Putin en Damasco y que está preparada para arriesgarse a generar tensiones significativamente mayores con Moscú. Durante la presidencia de Barack Obama, en otras palabras, Putin se enfrentaba a un Estados Unidos que era predeciblemente –aunque quizá comprensiblemente- prudente. Ahora se halla ante un presidente cuyo cálculo de riesgo es mucho más difícil de discernir.

¿Cómo reaccionará Putin? ¿Doblará la apuesta de apoyo a Assad –quizá ayudando al régimen sirio a hostigar o tomar como blanco a los aviones estadounidenses- con la esperanza de poder aún llevar adelante una escalada mayor que los estadounidenses? ¿O buscará reducir las tensiones –quizá empujando a Assad a nuevas negociaciones con la oposición- con la esperanza de evitar un conflicto más agudo con Washington? El camino que elija Putin revelará cuánto le importa Siria en primer lugar y cuánto tiene realmente de apostador geopolítico.

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Segunda, ¿cuán astuto es Assad? Al líder sirio antes se le consideraba un oftalmólogo de modales suaves y un aspirante a reformista; ahora quizá sea el mayor carnicero del joven siglo XXI. Sin embargo, dejando de lado la brutalidad, la sagacidad estratégica de Assad hasta ahora es difícil de discernir. Ha demostrado ser un sobreviviente mucho más hábil de lo que habría pronosticado cualquiera en 2011, pero su forma de actuar sin ningún miramiento también contribuyó a convertir lo que al principio eran protestas pacíficas en una guerra civil de sumatoria cero; y ahora, a través de horrendos ataques químicos, ha logrado que el gobierno en un principio amistoso de Trump se volviera contra su permanencia en el poder. ¿Es entonces Assad un estadista astuto aunque moralmente abominable o simplemente otro dictador que reemplaza la estrategia por el salvajismo?

Lo que haga a continuación nos dirá mucho. Si Assad se limita a dar una respuesta simbólica que no provoque una escalada, si desiste de usar armas químicas, si al menos simula estar dispuesto a negociar con la oposición, puede que logre escapar del lazo una vez más… y quizá incluso volver a las formas menos espectaculares de asesinato que la comunidad internacional demostró estar dispuesta a tolerar durante más de seis años.

Sin embargo, si reacciona con violencia, ya sea siguiendo con el uso de armas químicas o buscando vengarse de Estados Unidos, podría provocar la intervención internacional decisiva que hasta ahora ha logrado evitar.

Las respuestas a estas primeras dos preguntas también incidirán con fuerza en la respuesta de la tercera: ¿cuán resbaladiza es la pendiente? El argumento de referencia del gobierno de Obama contra la intervención militar siempre apuntaba a que era improbable que las opciones que podían implementarse a un costo tolerable modificaran la trayectoria de la guerra civil de manera significativa… y que un primer paso, por lo tanto, probablemente llevaría de forma inexorable a presiones para dar un segundo y un tercer pasos.

Los defensores de una intervención militar, en cambio, argumentaban que un ataque estadounidense audaz pero limitado podía cambiar de manera drástica la psicología del conflicto y poner a Assad y a sus patrocinadores a la defensiva. No sería necesario un segundo o tercer paso, sostenía ese argumento, porque el primero –de ejecutárselo con suficiente habilidad y decisión- sería suficiente.

Estamos a punto de averiguar cuál de esas tesis es correcta. Quizá hasta la muy limitada intervención estadounidense emprendida hasta la fecha obligue a Rusia a repensar su apoyo a Assad u obligue a Assad a aceptar que no puede usar las únicas armas –su arsenal químico- que le permitirían reconquistar los territorios que aún están en poder de los rebeldes.

Quizá la intervención limitada de Trump cree así un equilibrio estratégico más favorable a un acuerdo político aceptable o algún otro resultado tolerable.

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Estas preguntas, a su vez, se relacionan con una cuarta cuestión clave: ¿es posible un acuerdo negociado? En los últimos seis años, se ha puesto en marcha una multitud de procesos diplomáticos y políticos con la esperanza de lograr la finalización de la guerra civil. Todos y cada uno han fracasado.

En las semanas anteriores al último ataque químico de Assad, realmente parecía que el conflicto quizá estaba llegando a un nuevo equilibrio, en tanto el régimen en gran medida había consolidado su control sobre la espina occidental del país y diversas fuerzas opositoras controlaban sus propias áreas de territorio en otras zonas.

Pero como Assad todavía está decidido –al menos, desde el discurso- a retomar todo el país y muchos grupos opositores aún se oponen con vehemencia a que permanezca en el poder, las perspectivas de convertir ese equilibrio en un acuerdo sostenible, en el mejor de los casos, siguen siendo inciertas.

La pregunta es ahora si la conmoción estratégica del ataque estadounidense puede crear un nuevo contexto diplomático en el que las partes –en particular, el régimen- sean más proclives a hacer concesiones. ¿O los propósitos de Assad y la oposición –para no hablar de los actores externos que los apoyan- siguen siendo tan divergentes e insolubles que ningún acuerdo negociado es posible?

Por último, conforme todas estas cuestiones se muestren con más nitidez, también sabremos más sobre una quinta pregunta crucial: ¿el gobierno de Trump es capaz de una estrategia eficaz? Ni la eficacia ni una capacidad elemental han sido el sello distintivo del gobierno de Trump hasta el momento. Pero el presidente y sus colaboradores ahora han ingresado a una crisis en la que deben ponerse a la altura de las circunstancias o sufrir el peor –y el más costoso- revés que hayan padecido hasta el presente.

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En breve el equipo de Trump tendrá que abordar una serie de complicadas preguntas sobre los propósitos y la estrategia de Estados Unidos en Siria. ¿Assad debe irse después de todo? ¿Habrá nuevos ataques si el régimen no da marcha atrás con la escalada? ¿Qué tipo de final diplomático se prevé para Siria?

Otro tema no menos importante es que el gobierno tendrá que elaborar –a la carrera- una estrategia eficaz de diplomacia coercitiva frente no sólo a Assad sino también a sus poderosos patrocinadores de Moscú y Teherán para alcanzar el objetivo que se busque en última instancia. Además, tendrá que hacer todo eso bajo la atenta mirada pública, en medio de crecientes tensiones con Rusia e Irán y en momentos en que muchas otras cuestiones geopolíticas compiten por su atención.

La crisis siria es la prueba de fuego del gobierno de Trump: estamos a punto de averiguar si el presidente y sus asesores dan la talla. Dado el papel enorme que tiene Estados Unidos no sólo en Siria sino en todo el mundo, esta bien podría ser la pregunta más importante que nos ayude a responder la crisis siria.

Esta columna no necesariamente refleja la opinión de la junta editorial ni la de Bloomberg LP y sus dueños. Ni de El Financiero.

*Hal Brand es profesor de sucesos globales en la Universidad Johns Hopkins, autor y editor de libros de geopolítica, así como consultor para el gobierno y agencias en las comunidades de inteligencia y seguridad nacional.



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