Monterrey

El costo económico de la discriminación

OPINIÓN. En el caso de los deportes de alto rendimiento, existen muchos factores que ponderar antes de castigar a los deportistas mexicanos que participaron en los Juegos Olímpicos.
OPINIÓN 
ACADÉMICA

UANL

JORGE O. MORENO
19 agosto 2016 10:30 Última actualización 19 agosto 2016 10:42
Jorge O. Moreno Treviño

Jorge O. Moreno Treviño

En días recientes, y con motivo de los Juegos Olímpicos celebrados en Brasil, hemos sido testigos de eventos deportivos históricos. Desde la hazaña Michael Phelps, al coronarse como monarca histórico indiscutible de estas justas deportivas en términos del número de medallas obtenidas, observar a Usain Bolt retar al viento y gravedad con su velocidad y ligereza, hasta la increíble combinación de juventud, gracia y fortaleza de la gimnasta norteamericana Simone Biles.

No obstante los resultados negativos obtenidos por el representativo nacional de México, y las críticas derivadas de la ausencia de apoyo al deporte (que no se traduce en incentivos directos a los deportistas), la noticia que más llamó mi atención durante estos juegos olímpicos fue el ataque que sufrió una atleta mexicana por su complexión física. En múltiples redes sociales, la discriminación y burla hacia Alexa Moreno, joven gimnasta mexicana, fue un triste recordatorio de uno de los aspectos negativos vigentes en nuestra sociedad mexicana: la discriminación.

¿Puede ser la discriminación el resultado de una decisión económicamente racional? ¿Cuál es el precio que una persona o institución enfrenta al ejercer su “gusto” por discriminar?.

En una de sus primeras contribuciones al entendimiento económico del comportamiento humano, Gary Becker (Premio Nobel, 1992), abrió el campo de estudios de la economía para integrar los incentivos económicos y los costos asociados a la discriminación. En este análisis, Becker integra en cada individuo una potencial preferencia por discriminar, a manera de prejuicio u odio, a cierto grupo de personas o a algunos bienes de consumo.

Partamos de un ejemplo sencillo para entender las premisas de este enfoque. Supongamos que un empresario requiere contratar a un trabajador para desempeñar una labor específica, por ejemplo producir “unidades” (añada aquí su ejemplo de producto favorito). Después de una ardua búsqueda, el empresario finalmente tiene dos alternativas de contratación, llamémoslos “A” y B”. Para hacer el caso aún más simple, suponga que ambos candidatos tienen la misma edad y son egresados de la misma escuela. Durante una jornada laboral, el candidato “A” puede producir 100 unidades mientras que el candidato “B” puede producir 70 unidades. Sin embargo, el empresario tiene un cierto prejuicio en contra de “A” por ser “diferente” (añada aquí su discriminación favorita en términos de género, raza, o procedencia) y por lo anterior decide contratar a “B”. Si el precio de cada unidad vendida es de 100 pesos y el salario es de 5 mil pesos por jornada, si el empresario está obligado por ley a pagar el mismo salario a sus trabajadores, entonces el costo asociado a haber discriminado, es decir, el precio que este empresario paga por su perjuicio en contra del mejor candidato “A”, es de 3 mil pesos por jornada laboral. En otras palabras, el costo económico de la discriminación es el valor de mercado de las 30 unidades adicionales que puede producir el mejor prospecto durante la misma jornada, pero que al no ser contratado, dejan de crearse en la economía.

Este enfoque puede ampliarse a muchos otros casos más complejos y con grandes consecuencias para el entorno social, como las votaciones por algún cargo público. ¿Cuál sería el costo social de discriminar a un candidato que claramente posee una mejor propuesta de trabajo pero que pierde por no pertenecer a una etnia o género preferido? La respuesta es simple: el precio de la discriminación es al menos es el valor económico que se deja de producir, en igualdad de circunstancias, a lo que el candidato preferido y ganador.

En el caso de los deportes de alto rendimiento, existen muchos factores que ponderar antes de castigar a los deportistas mexicanos que participaron en los Juegos Olímpicos. Si bien los resultados no son favorables en términos de medallas y éxito esperado, también es cierto que la inversión pública realizada en nuestro país para apoyar directamente al deportista, al igual que la realizada en fomentar la ciencia y tecnología, es escasa y altamente ineficiente. Llegar a competir en igualdad de circunstancias frente a adversarios con una clara mejor preparación, siendo considerado uno de los mejores a nivel mundial en una categoría, es el resultado de disciplina, persistencia, y trabajo personal.

* Doctorado en Economía en la Universidad de Chicago. Es Profesor-Investigador de la Facultad de Economía de la UANL y miembro del SNI-CONACYT Nivel 1.

Esta es una columna de opinión. Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad únicamente de quien la firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.