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¿Por qué se colapsa el desagüe del DF ante una fuerte tormenta?

Un desagüe obsoleto, insuficiente, desgastado y obligado a luchar todo el tiempo vs la naturaleza, señalan expertos en ingeniería hidráulica; la capital está fundada sobre un lago y el agua siempre reclamará su espacio.
Rafael Montes
06 octubre 2014 21:36 Última actualización 07 octubre 2014 9:42
Desague.

Una noche difícil se vivió el pasado domingo en la ciudad de México por las fuertes inundaciones. (Cuartoscuro)

Desde los desagües prehispánicos hasta el Túnel Emisor Oriente, la infraestructura del drenaje del DF es, ha sido y será insuficiente debido al crecimiento de la ciudad, a la falta de mantenimiento y a lo complicado de su funcionamiento, pues debe enfrentar el reto permanente de expulsar el agua contra la fuerza de gravedad, debido a que el Valle de México mantiene un hundimiento progresivo.

Así lo considera Manuel Breña Puyol, experto en hidrología urbana de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), quien asegura que la pavimentación evita la infiltración de la lluvia y que debido el crecimiento urbano se generan más aguas residuales que pluviales. Además, por la historia lacustre de la ciudad, “el agua siempre reclamará su espacio”.

Miguel Ricaño Escobar, jefe de la Unidad Tormenta del Sistema de Aguas de la Ciudad de México (SACM), dice que el problema del DF es que por ser un valle no tiene un drenaje natural, como otras ciudades, cuyos ríos salen al mar. “Los ríos de la Ciudad de México no salen, sino que entran”, describe.

El Presidente de la República, Enrique Peña Nieto, reconoció en junio del 2013, al inaugurar el primer tramo del Túnel Emisor Oriente, la más reciente añadidura al sistema de drenaje del Valle de México, que esa tubería de casi siete metros de diámetro no evitará las inundaciones, sino que ayudará a solucionarlas.

“Decir que una obra sirve para evitar inundaciones es decir una verdad a medias o simplemente no decir la verdad. Este tipo de obras sirven para mitigar, facilitar el desagüe, la movilidad del agua durante una inundación”, dijo.

Además, aunque se cuente con toda la tecnología y la infraestructura, agrega Ricaño Escobar, se debe comprender que “estamos luchando contra las fuerzas de la naturaleza”.

¿LLUVIAS ATÍPICAS?

Para Breña Puyol no existen las lluvias que las autoridades llaman atípicas, que según Ricaño son las que ocurren fuera de la temporada de lluvias. Y Breña también se niega a pensar que esas lluvias que colapsan los drenajes sean producto del cambio climático.

“En la hidrología no existen las lluvias atípicas, es un nombre que inventaron los funcionarios para no decir que son incapaces de desalojar el agua”, afirma. “En la Ciudad son típicas las tormentas convectivas, que convergen en espacios reducidos, gran cantidad, corta duración. Es típico que llueva en el Centro, pero no en Iztapalapa o viceversa. Eso es normal”.

“Para hablar de cambio climático deberíamos tener historia de los registros de 100, 200, 300 años, pero el Servicio Meteorológico Nacional comenzó en 1877; es decir, tenemos cuando mucho, en una estación, un registro como de 137 años; para poder decir si tenemos cambio climático, deberíamos tener muchos puntos de medición”.

UNA RED QUE SE QUEDA CORTA

Manuel Breña argumenta que en la capital no existe la capacidad para desalojar el agua que se acumula porque además de que el drenaje no crece al mismo ritmo que crece la Ciudad, la infraestructura es longeva y llegará pronto al final de su vida útil por los constantes hundimientos del suelo.

Calcula que el drenaje profundo va a tener todavía un funcionamiento de 10 o 20 años. “Toda estructura hidráulica tiene una vida útil y eso es algo que no ven las autoridades, 50, 60 años cuando mucho; el drenaje profundo empezó a funcionar en 1975, yo digo que para el 2025 o 2035 ya estará dando los últimos latidos”.

Explica que es muy difícil darle mantenimiento a la infraestructura. “Tendría que dejar de extraer el agua del subsuelo, ¿se puede hacer? No, porque 80 por ciento del agua del subsuelo es para nosotros... Si dejamos de hundirnos, los colectores trabajarían por gravedad y no por bombeo. Sin embargo, no se puede” y al contrario, mientras el suelo se hunde, los colectores se rompen y ocasionan inundaciones.

EXTENSA RED SUBTERRÁNEA

La capital cuenta con 12 mil kilómetros de tubería, de las que 153.3 kilómetros son primarias. De ellos, 50 corresponden al Emisor Central, y el resto a los interceptores Central, Centro-Centro, Oriente, Centro-Oriente, Poniente, Iztapalapa, Obrero Mundial, Oriente- Sur y Canal Nacional-Chalco-Chalco.

En junio del año pasado, ante la evidente insuficiencia de la infraestructura para expulsar el agua del Valle de México se inauguraron los primeros 10 kilómetros del Túnel Emisor Oriente, que corre de manera paralela al Emisor Central, pero por el extremo este de la ciudad, hacia la Laguna de Zumpango y la presa de Atotonilco.

Aunque el proyecto completo consta de 62 kilómetros para desaguar 150 mil litros por segundo, con el tramo inaugurado se desalojan 40 mil litros por segundo.

La infraestructura consta también de 13 compuertas que regulan la salida del agua, así como ocho plantas metropolitanas de bombeo, 150 plantas de bombeo menores, 27 presas en el poniente y dos ríos a cielo abierto: La Compañía y el de Los Remedios, que desfogan 200 mil litros por segundo.

Miguel Ricaño afirma que “sin las plantas de bombeo metropolitanas el agua no saldría de la ciudad y el lago volvería a ser lago”.

Manuel Breña señala que “en época de lluvias, si no fuera por el drenaje profundo ya nos hubiéramos inundado. Pero en caso de que llegara a fallar el drenaje profundo, el agua se acumularía en una zona de 300 kilómetros cuadrados”.

Subraya su preocupación porque “las inundaciones están en función de la topografía, de los hundimientos que tenemos. Y el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México es la zona más baja de la ciudad. Está hasta 10 metros por debajo del nivel de la capital”.

LUCHAR CONTRA LA NATURALEZA

Desde mediados de mayo, Miguel Ricaño Escobar, Director de Fortalecimiento Institucional del SACM, se convierte en el Capitán Tormenta al jefaturar la Unidad Tormenta, encargada de coordinar el operativo de lluvias para enfrentar los “encharcamientos”, que son la acumulación de agua en las vialidades capitalinas, sin que lleguen a invadir viviendas, pues cuando esto llega a ocurrir, ya es considerada una inundación y el protocolo es distinto.

Todas las mañanas, la Unidad Tormenta revisa los pronósticos emitidos por el Servicio Meteorológico Nacional de la Comisión Nacional del Agua y por la Comisión Federal de Electricidad.

La alerta de huracanes o tormentas mantiene al personal de Ricaño atentos a la lluvia, tanto los trabajadores de los campamentos instalados en los 90 puntos en los que históricamente se acumula el agua --en donde se mantienen listos con los vehículos vactor que retiran basura de las tuberías--, como los de las 150 plantas de bombeo que sirven para expulsar el agua hacia el norte del valle.

A través de radares por internet, de las 78 estaciones pluviométricas del SACM, de las cámaras de seguridad del Gobierno del DF y de las llamadas telefónicas de los ciudadanos, la Unidad Tormenta monitorea la situación de la lluvia.

“En la Unidad Tormenta éramos 350 personas, pero seremos mil 200 elementos en cuadrillas”, informa.

La lucha también es contra la basura que la gente arroja al drenaje. Tan sólo en la primera mitad del año “sacamos 27 mil metros cúbicos de basura del drenaje”, dice.

Una lluvia pasa a ser emergencia cuando supera los 16 milímetros de agua por metro cuadrado.

Para eso, el protocolo de actuación entre DF, Estado de México y Conagua establece las acciones a seguir en caso de que la lluvia promedio en 29 estaciones pluviométricas ya identificadas sea igual o rebase los ocho milímetros acumulados en seis horas o que en la Lumbrera 0 del Emisor Central el agua alcance los 6.5 metros de alto o que simultáneamente se alcancen más de 5 metros en las Lumbrera 6 del Interceptor Central, la Lumbrera 8 del Interceptor Oriente, la Lumbrera 6 del Interceptor Oriente Sur o más de cuatro metros en la Lumbrera 5 del Inteceptor Centro Poniente.

Ese es el momento de la emergencia; de abrir compuertas y encender plantas de bombeo para evitar que el Lago de Texcoco pretenda arrebatar el espacio que por naturaleza le pertenece, ése en donde en 1325 un grupo nómada encontró un islote, con un nopal sobre el que un águila devoraba a una serpiente.