Trump y sus ‘ases’ bajo la manga
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Trump y sus ‘ases’ bajo la manga

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Financial Times

Trump y sus ‘ases’ bajo la manga

Si el presidente estadounidense tuviera un obituario, este se tendría que escribir cada semana ante sus numerosos ‘trumpismos’ extravagantes; sin embargo, el apoyo que ha perdido es poco.

Edward Luce
18/01/2018
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La mejor manera de recordar la más reciente elección de EU es enmarcarla en los numerosos momentos que representaron “la gota que derramó el vaso”. Ya fuera cuando Donald Trump estaba desdeñando a los padres musulmanes de un soldado asesinado, acusando a una presentadora de ‘prejuicios menstruales’, o incitando a sus admiradores a que golpearan a quienes protestaban, el obituario de su campaña se escribía semanalmente.

Lo mismo se aplica a su presidencia. La semana pasada, Trump supuestamente alcanzó un nuevo nivel de bajeza al describir a Haití y a África como “países de mierda”. Pero nos olvidamos de que él lanzó su campaña calificando a los mexicanos de violadores. Ahora, nos dicen, él realmente ha ido demasiado lejos. Excepto que ya lo ha hecho demasiadas veces antes. Estamos cegados por nuestra indignación. En realidad, la posición de Trump rara vez ha sido más sólida.

Este mes, él conmemorará su primer año con su Discurso del Estado de la Unión. Será tentador considerarlo como otra estación de paso en el camino de Trump hacia el olvido. Ningún presidente ha terminado su primer año con tan bajos índices de aprobación. Y, pensándolo mejor, ninguno ha tenido números tan débiles después de tres meses, de seis meses, para el Día de Acción de Gracias, y así sucesivamente.

Trump continúa alcanzando nuevos mínimos.

En realidad, sin embargo, sus números no se han movido. Trump perdió alrededor de 10 puntos durante su primer mes en el cargo. Sus índices han estado rondando entre el 35 y el 40 por ciento desde entonces. ¿Cuál de estas historias nos revela más? ¿Los mínimos históricos o el hecho de que Trump ha perdido poco apoyo durante los últimos 11 meses?

Deberíamos prestarle igual atención a este último hecho. Los filósofos nos enseñan a separar la realidad del deseo: la distinción entre lo que “es” y lo que “debería ser”.

El hecho de que Trump de tal manera deba ‘recibir lo que se merece’ con demasiada frecuencia pasa a formar parte de las predicciones de su fin. Si por un momento cambiamos el lente de lo que “es”, la imagen se ve inquietantemente diferente. El presidente en la actualidad tiene un control casi total sobre el partido republicano.

Ambas facciones -la de los “moderados”, por un lado, y la de los pirotécnicos, en alguna ocasión dirigidos por el paria Steve Bannon, por el otro- se han amoldado.

Hace unas semanas, los republicanos descontentos, como Bob Corker, el senador de Tennessee, estaban prometiendo sostener una valiente posición en contra de Trump. Según Corker, la Casa Blanca era “una guardería para adultos”.

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Trump podía desencadenar la “Tercera Guerra Mundial”. Pero cuando llegó el momento de una votación sobre los 1.5 billones de dólares del proyecto de ley tributaria el mes pasado, los republicanos como Corker se le unieron. Cualquiera que sea el crecimiento resultante del recorte en el impuesto de las empresas, será un crédito que Trump esgrimirá como suyo. Esta semana, Zogby Analytics le dio un índice de aprobación del 46 por ciento.

En realidad, el estímulo tendrá una breve vida, favorecerá a los más ricos y acelerará el ciclo de las tasas de interés. Pero las encuestas miden cómo se sienten las personas en la actualidad.

La semana pasada, Corker viajó con Trump en Air Force One. De repente, eran amigos otra vez. Lo mismo se aplica a todos, menos un par, de sus colegas. Si Trump fuera un marsupial, el partido republicano estaría en su marsupio (la bolsa donde las hembras cargan a sus crías). No deberíamos esperar que actuaran como un freno a su poder. La gente ahora está buscándolo en otras partes.

Las más recientes esperanzas se están proyectando en Mitt Romney, el excandidato presidencial, quien está planeando una candidatura al Senado. Él, se nos dice, será capaz de ‘decir la verdad al poder’.

Durante las elecciones de 2016, Romney calificó Trump de “estafador” y de “farsante”. Una vez que haya llegado al Senado, Romney será quien se ponga de pie y diga: “¿No le da vergüenza, señor?”. Alguien tiene que decirlo, ¿verdad? Por desgracia, casi todo el mundo lo ha estado diciendo a diario, pero no ha surtido ningún efecto, ya que Trump no tiene vergüenza alguna.

Además, Romney pasó por una fracasada audición para ser el secretario de Estado de Trump. No existe ninguna razón para suponer que se comportará menos como una veleta que Corker.

Y ¿qué está sucediendo entre los demócratas? Ellos han apostado todo en Robert Mueller, el fiscal especial. El segundo año de Trump es muy probable que esté tan gravemente trastornado por la investigación en relación con Rusia como lo estuvo durante el primero.

A diferencia de un buen lema de campaña, los cuales son difíciles de crear, los ‘Trumpismos’ extravagantes se encuentran por doquier. El presidente estadounidense cuenta con un suministro ilimitado de ellos.

Él no debería ser presidente. Y, sin embargo, lo es.