Financial Times

¿Qué tan humanos queremos que sean los robots?

Los robots humanoides alimentan un impulso a preguntarnos qué nos hace humanos, lo cual es un reto ligeramente escalofriante.
John Thornhill
10 julio 2017 21:17 Última actualización 11 julio 2017 5:0
Humanoides, Financial Times. Ilustración: Ismael Ángeles.

Humanoides, Financial Times. Ilustración: Ismael Ángeles.

Así es que me dirigí a Sophia y le pregunté: “¿Nos vas a destruir?”.
“No si son amables conmigo”, respondió ella.

Siempre es un poco desconcertante hablar con un ente no humano, como lo hice durante un evento reciente del Foro FT125, pero es una experiencia a la que vamos a tener que acostumbrarnos conforme se desarrolla la revolución de los robots.

Sophia estaba bien programada para responder al miedo humano de las máquinas, pero muchas de sus respuestas eran un poco torpes. Lo que era fascinante eran sus realistas rasgos faciales. Capaz de sonreír, de fruncir el ceño, y de guiñar el ojo, Sophia era excepcional al imitar las expresiones humanas gracias a una ingeniosa nanotecnología y a un tejido conectivo artificial.

Los robots humanoides ya se están utilizando como guardias de seguridad, como auxiliares de enfermería, como maestros y como juguetes sexuales. Dentro de 10 años, estos robots seguramente serán mucho más inteligentes que hoy en día y, en algunos aspectos, puede que sean casi indistinguibles de los humanos. ¿Es ésta una buena idea?

Existe una persuasiva escuela de pensamiento que argumenta que no lo es. Los límites entre el hombre y la máquina nunca se deben desvanecer porque se corre el riesgo de deshumanizar a los humanos. Además, como dice el chiste: “No deberías antropomorfizar a las computadoras porque no les gusta”.

El filósofo Daniel Dennett es un defensor elocuente de este tipo de razonamiento. Él sostiene que debemos considerar los robots nada más que como herramientas tecnológicas o como esclavos digitales diseñados para expresamente obedecer nuestras órdenes. Es peligroso dotarlos de características humanas que no poseen. Agregarles “detalles humanos adorables” equivale a publicidad engañosa.

“Queremos estar seguros de que cualquier cosa que construyamos sea una maravilla sistematizada, no una entidad moral”, me dijo Dennett a principios de este año. “No es responsable, no tiene metas. Lo puedes desenchufar cuando quieras. Y así debiéramos mantenerlo”.

Las distinciones entre el hombre y la máquina pueden ser claras en una sala de seminarios, pero son mucho más borrosas en el mundo exterior. Millones de personas tienen marcapasos electrónicos e implantes de cadera y, por lo tanto, técnicamente se pudieran considerar cíborgs. Los robots colaborativos (o “cobots”) han estado trabajando en armonía con los humanos en las plantas de producción. Las asistentes digitales carentes de cuerpo — como Siri, Cortana y Alexa — ya están “hablando” con millones de nosotros todos los días.

El creador de Sophia, David Hanson, fundador y director ejecutivo de Hanson Robotics, presenta dos argumentos principales — uno simpático y el otro extremadamente serio — acerca del por qué debemos seguir desarrollando robots humanoides.

El primero es que los robots humanoides son creaciones entretenidas, divertidas y artísticas que pueden ayudar a forjar nuevos “caminos de comunicación”. Ellos son, como él mismo lo expresó, similar a animaciones por computadora en forma física, la próxima forma de arte figurativo.

Del mismo modo que los caricaturistas de Disney exageran las características faciales para desencadenar estímulos supernormales en el cerebro, los robots humanoides pueden hacerse parecer más humanos que los humanos mismos. “Estamos ‘neuropirateando’ a las personas. Eso es lo que hacen los artistas”, agregó.

Su segundo argumento es que queremos que los sistemas informáticos comprendan los valores humanos, las culturas y los comportamientos para que podamos crear “máquinas morales” con el fin de minimizar los peligros de una inteligencia artificial fuera de control. Los algoritmos en los automóviles sin conductor pueden, por ejemplo, determinar indirectamente la vida y la muerte. Es por eso que algunas compañías de automóviles han empleado a filósofos para diseñar los reglamentos éticos de sus sistemas de conducción.

Hanson está literalmente poniéndole una cara a los sistemas de inteligencia artificial (IA) para aumentar la comprensión mutua. Las computadoras utilizan el procesamiento del lenguaje natural para comunicarse con los seres humanos. Pero una gran parte de la comunicación humana no es verbal, y depende de las expresiones faciales y de los movimientos corporales. Los robots pueden actuar como plataformas de aprendizaje de la IA para absorber nuestras características.

En ese sentido, la creación de robots humanoides es un acto provocativo, diseñado para generar debates sobre el alcance de la inteligencia de las máquinas. Los robots habilitados con IA vuelven visible lo que con demasiada frecuencia es invisible. “Si desarrollamos IA y está sólo detrás del escenario en una granja de servidores, le es ajeno a los seres humanos”, comentó.

Gran parte de lo dicho por Hanson parece bastante fuera de lo común y está cargado con sus propias preocupaciones morales: los robots humanoides que pueden usarse para fines benignos también pueden tener fines malignos.

Determinar los contornos entre los seres humanos y las máquinas se está convirtiendo en uno de los retos más intrigantes, e incluso escalofriantes, de nuestra época. También existe la posibilidad de ganar enormes cantidades de dinero de la exploración de esta interfaz.

Pero quizás la mayor contribución que los robots humanoides pueden hacer es obligarnos a considerar lo que realmente distingue al hombre de la máquina. ¿Qué nos hace verdaderamente humanos?