Financial Times

¿Hasta cuándo durará el dominio de las empresas tecnológicas?

Silicon Valley claramente se ha alejado mucho de sus raíces emprendedoras y los directores ejecutivos de las grandes compañías tecnológicas son tan vorazmente capitalistas como cualquier entidad financiera. 
Rana Foroohar
02 julio 2017 22:47 Última actualización 03 julio 2017 5:0
tecnología

(Ismael Ángeles)

¿Hemos llegado a un techo en el mercado de valores tecnológicos y, en particular, en el de los FANG: Facebook, Amazon, Netflix y Google? Ésa es la pregunta que muchos inversionistas se están haciendo, no sólo porque sus valoraciones parecen tan ricas, sino también porque parece que las grandes compañías tecnológicas se han convertido en el nuevo Wall Street en términos de ser el primer objetivo para una reacción populista en un mundo cada vez más bifurcado, económica y socialmente.

Cuando el presidente de EU, Donald Trump, publica mensajes de Twitter acerca de que Amazon evita el impuesto sobre las ventas (lo cual es incorrecto, pero eso nunca lo ha detenido) se sabe que la tendencia ha alcanzado una masa crítica. Mientras tanto, la industria sigue generando sus propias relaciones públicas terribles: sólo hay que ver las más recientes denuncias de numerosas mujeres sobre acoso sexual por parte de inversionistas en tecnología.

Lo más interesante es que Silicon Valley permanece en una burbuja cognitiva, reacio a comprometerse con las legítimas preocupaciones públicas sobre el monopolio, la privacidad y los trastornos en los empleos causados por la tecnología, por no hablar de su propia cultura.

Cuando les pregunto a la mayoría de los techies sobre estas preocupaciones, las reacciones tienden a variar desde defensivas e ingenuas hasta desorientadas: “Los políticos no entienden a Silicon Valley”, o “el ingreso básico universal hará del trabajo algo irrelevante”.

O, lo peor de todo, la sonrisa condescendiente o la exasperada mirada que dice: “Tú no estás familiarizado con el entorno de la tecnología, y por lo tanto, no lo entiendes”.


Todo parece demasiado familiar. Yo tengo edad suficiente para haber vivido por un gran ciclo de auge y depresión de la tecnología. De hecho, trabajé para una incubadora de alta tecnología en Londres de 1999 a 2000, cuando los capitalistas de riesgo contrataban periodistas para explorar “acuerdos mediáticos B2C (del negocio al consumidor) paneuropeos”, una señal clara de burbujas en el mercado.

Los niveles de arrogancia hoy son similares, pero más perniciosos, dado que las mayores compañías tecnológicas se han convertido en las instituciones sistémicamente importantes de nuestros días. Al igual que los grandes bancos de Wall Street, poseen enormes cantidades de dinero y poder político y aun mayores cantidades de datos.

Facebook tiene más usuarios que la población de China. Sin embargo, a diferencia de Lloyd Blankfein, el director ejecutivo de Goldman Sachs, no están bromeando cuando dicen que están haciendo el trabajo de Dios.

Silicon Valley funciona más o menos exclusivamente sobre el concepto de que está haciendo el mundo más libre y abierto, a pesar de la creciente preocupación de que los medios de comunicación social han erosionado la democracia y los algoritmos abusivos están dirigidos contra los débiles y vulnerables, de la misma manera que los préstamos abusivos antes de la crisis.

Silicon Valley claramente se ha alejado mucho de sus raíces emprendedoras y “hippy”. Los directores ejecutivos de las grandes compañías tecnológicas son tan vorazmente capitalistas como cualquier entidad financiera, pero a menudo con un toque libertario añadido en el que cualquier cosa — gobierno, política, sociedad y leyes — puede y debe ser trastocada.

“A menudo se considera que la sociedad ‘se interpone’”, dice Jonathan Taplin, profesor del Annenberg Innovation Lab de la Universidad del Sur de California, y autor de Move Fast and Break Things (Moverse rápido y romper cosas), que realiza un seguimiento de la evolución de la economía política de Silicon Valley.

Frank Pasquale, un profesor de derecho de la Universidad de Maryland y connotado crítico de las grandes compañías tecnológicas, cita un ejemplo elocuente de esta actitud. “Una vez tuve una conversación con un consultor de Silicon Valley acerca de la neutralidad de búsqueda (la idea de que los grandes motores de búsqueda no deberían poder favorecer sus propios contenidos).

Y me dijo: ‘No podemos programar en ese sentido’. Dije que era un asunto jurídico, no técnico. Pero él sólo repitió — con cierto tono de condescendencia — ‘Sí, pero no podemos programar en ese sentido, por lo tanto, no se puede hacer’”. El debate se celebraría en términos tecnológicos, o no se celebraría en lo absoluto.

Todo esto me recuerda la burbuja cognitiva en la que se encontraban los financieros antes (y en muchos casos después) de 2008. Al igual que la industria tecnológica actual, el sector financiero utilizó bien su dinero y su poder político para mantener el debate sobre la reforma como rehén de sus propios intereses.

Las conversaciones políticas se complicaban tanto como era posible para mantener a los “conocedores” bajo control, aunque las preguntas sencillas — ¿está el sistema financiero ayudando a la economía real y a la sociedad, o no? — a menudo eran las mejores y más importantes.

La captura cognitiva de los responsables de la toma de decisiones era una práctica generalizada, porque los financieros y los reguladores vivían y trabajaban en la misma cámara de eco. Muchos banqueros que conocí no entendían por qué la gente estaba tan enojada con ellos. No es de extrañar; nunca antes habían conocido a la gente ordinaria.

Todo esto se cumple en cuanto a las grandes compañías tecnológicas de la actualidad. “Silicon Valley habla principalmente con sí mismo”, dice Vivek Wadhwa, empresario de software e investigador de la Universidad Carnegie Mellon. “Y nadie quiere enfrentar las grandes cuestiones por temor a ofender a alguien importante”.