Financial Times

El arte de ser despedido

Perder el empleo no es una desgracia, aunque las secuelas tal vez sean desagradables; es por ellos que, hablar libremente de las razones por las cuales sucedió, debería ser una libertad de la que cualquiera se sienta con el derecho.
Lucy Kellaway
09 julio 2017 22:12 Última actualización 10 julio 2017 5:0
El arte de ser despedido

El arte de ser despedido

La semana pasada Lucinda Chambers rompió las dos reglas de oro que rigen el comportamiento de los empleados que acaban de ser despedidos. En una entrevista, la exdirectora de moda de la edición británica de Vogue se rehusó a fingir que la separación había sido mutua: “No me fui. Me despidieron”.

Entonces procedió a quemar puentes, criticando a la revista en la que había trabajado durante 36 años y vituperando en contra de la industria de la moda.

Según ella, la moda te puede usar y destruir. Hace que las personas se sientan tan inseguras que cada vez que dan una cena, se sienten atemorizadas de haber sacado las servilletas equivocadas.

Las revistas de moda no empoderan a las mujeres sino que las alientan a comprar productos tontos y caros que no necesitan. Lo peor de todo es que están en complicidad con los anunciantes, lo cual, según ella, resultó en una “terrible” portada en la edición del mes de junio, en la que aparece Alexa Chung en una camiseta blanca y negra diseñada por Michael Kors, un importante anunciante.

Estamos supuestos a desaprobar de sacar a relucir los trapos sucios, pero después de leer la entrevista de la Sra. Chambers en Vestoj, una desconocida revista de moda, estoy totalmente a favor de hacerlo.

Fue bueno para todos ver las manchas en los trapos de Vogue, aunque realmente eran predecibles.

La única pena es que las personas no lo hagan más a menudo. Casi todos los que terminan su empleo bajo circunstancias dudosas — y aun los que no — mantienen el silencio, en parte porque tienen buenos modales y porque piensan que quemar puentes tal vez no les convenga.

Pero aunque el pragmatismo no los calle, las estipulaciones en su contrato con respecto a la confidencialidad y el menosprecio — que seguramente tuvieron que firmar — seguramente lo lograrán.

Las estipulaciones mismas debieran ser menospreciadas. Obstaculizan la libertad de expresión y permiten que las compañías continúen con su mal comportamiento.

Todos deberían de decir lo que quieran cuando dejan un empleo, con tal de que no divulguen secretos comerciales.

Hay pocas posibilidades de que este tipo de comentarios pudiera destruir la reputación de una empresa porque el público es capaz de distinguir la verdad de la amargura.

Cuando despidieron a Carol Bartz, la exdirectora ejecutiva de Yahoo, ella despotricó en contra de la empresa en una entrevista: “Esa gente me jodió”. El vocabulario que utilizó nos indicó el nivel de su disgusto y también nos indicó que debiéramos considerar sus declaraciones con cierta cautela.

En comparación, el tono de la Sra. Chambers era racional. Simplemente parecía estar compartiendo sus opiniones.

Además de revelar las verdades de una de las industrias más desagradables, ella compartió con orgullo que había sido despedida. Ella dijo: “Yo no quiero ser una de esas personas que pone cara de valiente y les dice a todos que ‘Yo fui la que decidí dejar la empresa’, cuando todos saben que realmente fuiste despedida. Ya hay demasiados pretextos y engaños en esta industria”.

Esta declaración me pareció estupendamente sincera. La mayoría de las personas nunca admiten que han sido despedidas, en parte por motivos legales y en parte porque la mayoría de nosotros pensamos que es una desgracia.

Acabo de buscar ejemplos de profesionales exitosos que han compartido sus experiencias de ser despedidos y lo que encontré fue a Steve Jobs —quien en realidad no cuenta porque es (fue) Steve Jobs— y a muchas celebridades que fueron despedidas hace décadas de empleos de baja categoría.

Las empresas despiden a empleados todo el tiempo. Algunas veces estas personas han hecho algo que lo amerita pero la mayor parte del tiempo ése no es el caso. Entre más tiempo trabajemos, y cambiemos de empleo, más posibilidades habrá de que nos despidan, al menos una vez. La palabra no debería tener un significado tan cargado.

Hay sólo una parte de la entrevista que no me pareció totalmente sincera. La Sra. Chambers presumió: “La verdad es que no he leído un Vogue en años. Las prendas de vestir son irrelevantes para la mayoría de las personas”. Yo tampoco he leído la revista Vogue en años. En mi caso, no la he leído en 57 años, aunque a veces le echo un vistazo a la revista en el salón de belleza y siempre llego a la misma conclusión: las prendas que muestran son irrelevantes.

Sin embargo, hay una gran diferencia entre nosotros. Ella fue empleada de Vogue durante toda su vida adulta y yo no. Y si no puedes leer la revista que te emplea para ser su directora de moda, entonces sí es vergonzoso que te hayan despedido. La Sra. Chambers no debería haber esperado a que la despidieran. Debería haber renunciado hace años.