Financial Times

Corrupción, temor y deudas, las secuelas del sismo

La negligencia pudo haber sido una de las causas de que algunos edificios se convirtieran en trampas mortales. Los residentes de la CDMX temen que el cambio en construcciones sea sólo superficial y la frustración con autoridades aumenta.
Jude Webber
16 octubre 2017 22:33 Última actualización 17 octubre 2017 5:0
Ismael Angeles

Ismael Angeles

“Tú vete. Déjame aquí”, imploró la madre de Flor Carrillo, una señora de 78 años de edad postrada en cama, cuando el terremoto más devastador en tres décadas sacudió la Ciudad de México el mes pasado.

A regañadientes, Carillo hizo lo que su madre le dijo, y luego vio cómo el apartamento de sus padres en el quinto piso quedó aplastado por los pisos superiores.

Este arruinado edificio, uno de los cientos de edificios en la Ciudad de México que ahora están acordonados, parece casi normal desde la parte delantera, hasta que uno se da cuenta de que parece faltarle un piso y el de abajo parece como si se hubiera encogido.

La parte de atrás del edificio cuenta una historia más sombría: el hormigón está torcido y extruido, “como un pastel cuyo relleno se rebosó”, dice Carrillo. Su madre murió.

Ahora el edificio -construido en la década de 1970 en un terreno comprado por el abuelo de Carrillo y aún propiedad de la familia- tiene que ser demolido. “México sigue en pie”, dice la consigna actual, elogiando la solidaridad mostrada por los civiles que corrieron a unirse a los esfuerzos de rescate tras el terremoto del 19 de septiembre.

Pero con los trabajos de demolición que comenzaron esta semana, cientos, quizás miles, de edificios como el de Carrillo serán demolidos.
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Algunos residentes temen que el cambio en la ciudad sea sólo superficial. Los mexicanos se enorgullecen de su capacidad para derrotar su sistema burocrático que a veces resulta enloquecedor.

Pero burlarse de las normas, la corrupción y la negligencia en la forma de extensiones no autorizadas, normas de mala calidad o inspecciones incompletas pueden haber sido las causas de que algunos edificios se hayan convertido en trampas mortales durante la catástrofe, la cual cobró 369 vidas, incluyendo 228 en la Ciudad de México.

La frustración con las autoridades y las preocupaciones financieras están aumentando: todavía se espera que los residentes cuyos hogares no tienen reparación paguen su demolición, pero más del 90 por ciento de las construcciones en México carecen de seguros contra desastres naturales.

Viridiana Ríos, una analista política, se tuvo que mudar. Aunque las autoridades habían encontrado graves daños en la casa de al lado, dice que sus vecinos trajeron ingenieros privados “quienes les dijeron lo que querían oír”. Pero, añade: “Su casa podría caerse sobre nosotros”.

Una página de Facebook creada por estudiantes universitarios para informar a los trabajadores sobre edificios dañados registró más de dos mil 266 reportes anónimos sobre mil 261 centros de trabajo afectados por el terremoto, donde se espera que asistan más del 92 por ciento de los trabajadores a pesar de que casi nueve de cada 10 se sienten demasiado inseguros como para trabajar.

Las iniciativas como ésta en los medios de comunicación social podrían desempeñar un papel crucial conforme los mexicanos exigen cada vez más la rendición de cuentas por parte de las autoridades. El terremoto -el cual se produjo en el aniversario del gran terremoto de 1985, en el que miles de personas murieron en la Ciudad de México- ha motivado una seria introspección.

Aunque el código de construcción de la ciudad mejoró considerablemente después de 1985, quedaron defectos: los ingenieros de la Universidad de Stanford concluyeron que “algunos de los derrumbes y la pérdida de vidas. . . podrían haberse evitado”.

Algunos edificios colapsados ya se han despejado y las excavadoras están trabajando en otros. Algunas calles en México comienzan a parecerse a una boca con dientes faltantes. Pero los escombros del edificio de la Sra. Carrillo aún cubren el pavimento. Ahora espera en el limbo, tras haberle solicitado al gobierno de la ciudad que financie su demolición, alegando que ella no puede pagar.

Los residentes de otro edificio derrumbado han exhortado a las autoridades a que les ayuden a evitar pedir préstamos para la reconstrucción. “No es posible: antes del terremoto teníamos un techo sobre nuestras cabezas”, dijeron, “y ahora tenemos una deuda que pagar”.