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Alemania convierte "El Maracanazo" en una linda tarde

La tragedia de ayer en Belo Horizonte hizo que "el Maracanazo" se convirtiera en una novela costumbrista. El pueblo brasileño nunca olvidará la humillación alemana. 
Mauricio Mejía
08 julio 2014 22:3 Última actualización 09 julio 2014 5:0
Los jugadores se arrodillaron sobre el césped al término del encuentro. (AP)

Los jugadores se arrodillaron sobre el césped al término del encuentro. (AP)

Los abuelos solían pasar horas relatando con morbo la Tragedia de Maracaná. Ayer Alemania convirtió el cuento en una novela costumbrista. Barrió 7-1 a un Brasil indefenso y sin espíritu. Lo sucedido en Belo Horizonte es una tragedia de grandes dimensiones para un país que invirtió el alma y 15 mil millones de dólares en una Copa de la que se despide temprano y con cara de velorio. La maquinaria alemana tiró al caño más de 200 millones de ilusiones. Y lo hizo con una contundencia que producirá habladurías durante varias generaciones.

Brasil jugó intensamente dos minutos y medio; los iniciales. Desde que los visitantes se ordenaron, el partido tomó otro rumbo, del que nunca volvería. Brasil ya era ausencia cuando cayó el primer gol de Müller al 13’. Descuido de David Luiz en un córner. Lo que vino después fue el infierno tan temido: en seis minutos, los alemanes anotaron cuatro goles (Klose, al 23’; Kroos al 24’ y al 26’ y Khedira al 29’).

El Mundial de los asombros recurría en su adicción al humor negro. Todo era mentira de tan cierto. En ese momento del día, el más negro de la historia del pentacampeón, para Brasil el 1-2 del 50 era una aspiración imposible. Habrá mucha literatura que documente ese 5-0 por el resto del siglo. Sin forma, sin talento y con el mismo desorden.

La Verdeamarela volvió del vestuario con ganas de salvar un poco de orgullo. Neymar y Thiago Silva comenzaron a ser salvos del Apocalipsis.
Estrenando el futbol absoluto, los alemanes se dieron un festín. Pasaron la pelota, intensificaron la potencia y terminaron por derrumbar un montón de escombros. No hubo retorno. Schürrle, en el 69’ y en el 79’, terminó con la macabra broma. Oscar, en el final, puso la única errata en la obra maestra germana.

Debe decirse, de cara a la historia, que Brasil jugó el Mundial sin encanto. Basado en la regla de ganar a como dé lugar, fue perdiendo brillo paulatinamente. Luiz Felipe Scolari, causante de esta manía, la más impropia para la escuadra de Pelé y Garrincha, creyó que con la suficiencia llegaría a Río. El futbol se cobró dramáticamente la ofensa.

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