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¿Por qué los millennials tienen menos sexo?

Los miembros de esta generación son menos activos sexualmente cuando son adultos jóvenes que las generaciones anteriores, lo cual tiene puntos buenos, pero también malos.
Leonid Bershidsky*
04 agosto 2016 11:1 Última actualización 04 agosto 2016 11:2
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millennial

(Bloomberg)

Los miembros de la generación Y o Millennials son menos activos sexualmente cuando son adultos jóvenes que las generaciones anteriores.

A primera vista, esto parece fantástico: parecen estar menos dispuestos a tener conductas de riesgo, son más proclives a negarse a los contactos no deseados, están más motivados para estudiar, trabajar y ganar dinero, lo que podría llevar a que haya familias financieramente más sólidas y más felices.

Sin embargo, esto podría tener un lado negativo que tal vez convierta lo que parece mayor responsabilidad en una amenaza demográfica.

De acuerdo con un trabajo de Jean Twenge de la Universidad Estatal de San Diego y sus colegas Ryna Sherman y Brooke Wells, publicado el martes en la revista Archives of Sexual Behavior, el 15 por ciento de los estadounidenses de 20 a 24 años nacidos en la década de 1990 no han tenido compañeros sexuales después de cumplir los 18, frente a sólo el 6 por ciento de las personas nacidas en los años 60 a la misma edad.

Esto coincide con investigaciones anteriores que mostraban que los millennials que sí tienen relaciones sexuales suelen tenerlas en menor medida y con menos parejas.

Y cuando se enganchan con alguien, en la mayoría de los casos tienen el tipo de relación sexual que Bill Clinton, como todos recordarán, se negó a reconocer como tal. Según un estudio reciente de Arielle Kuperberg de la Universidad de Carolina del Norte en Greensboro, sólo una minoría de estudiantes universitarios estadounidenses dice haber tenido sexo con penetración durante su encuentro más reciente.

Es tentador ver esto como algo inocuo. Después de todo, una iniciación sexual temprana eleva el riesgo de embarazos adolescentes (que rápidamente se están volviendo menos comunes) y abortos, y podría llevar a una vida sexual de más riesgo y menos feliz más adelante, así como a un alto riesgo de enfermedades de transmisión sexual.

Que los chicos estudien y eviten las relaciones engorrosas y perturbadoras –las razones que con más frecuencia mencionan los millennials cuando se les pregunta sobre sus bajos niveles de actividad sexual- hasta que el impulso reproductivo finalmente se les manifieste a una edad más madura.

También es positivo que las mujeres jóvenes, según se informa, estén más contentas con sus primeros contactos sexuales: pese a que continuamente se hace hincapié en los encuentros sexuales inducidos por el alcohol y las violaciones durante una cita amorosa en las universidades, hay menos violencia sexual no denunciada y consentimiento a regañadientes porque las mujeres tienen más confianza en sí mismas que nunca… y porque a los hombres jóvenes les resulta fácil canalizar esas fantasías a través de la pornografía.

También se estigmatiza menos el tener relaciones sexuales prematrimoniales.

La creciente aceptación de las relaciones sexuales en cualquier circunstancia y forma es un factor concomitante con algo paradójico de la menor actividad sexual, señala Twenge en su trabajo.

Tal vez, sugiere, evidencia un “creciente individualismo por el cual los individuos tienen una actitud permisiva respecto de una serie de comportamientos al tiempo que sienten menos presión para avenirse a ellos en sus propias conductas”.

Esto también parecería saludable… pero la formación de una familia desde hace mucho es tanto una cuestión de norma social como de elección individual.

En un estudio de 1972, Gudmund Hernes calificó la “presión social para casarse” de evidente por sí misma: “Todos sabemos que esta presión aumenta con el aumento del porcentaje de una cohorte ya casada”.

El trabajo de Hernes hoy parece algo cómico: está repleto de estereotipos del siglo XX como el de que a los solteros los invitan con menos frecuencia a las fiestas a medida que envejecen porque pueden ser una amenaza para las parejas existentes o el de una cultura popular que define a la mujer de “solterona o incluso artículo defectuoso” si no está casada a determinada edad.

El rechazo de los millennials a este tipo de conformismo social es lo corriente hoy día, pero es demasiado pronto para decir si la desaparición de la “presión social para casarse” será beneficiosa para la tasa de natalidad.

Todavía hoy estas son más altas en los países con una cultura tradicional y colectivista, donde la presión no ha desaparecido.

La cultura sexual actual también tiene mecanismos de rechazo distintos que quizá son más crueles que los de la vieja escuela. Twenge escribió:

Puede que la nueva tecnología haya dado lugar a resultados desiguales. Mientras que algunos adultos jóvenes usan aplicaciones como Tinder para conocer muchos compañeros, una minoría creciente podría estar excluida por entero de este sistema, quizá debido a la importancia que se da a la apariencia física en los sitios web de citas.

Esto, más que cualquier tipo de nueva y arraigada aversión al riesgo o a la responsabilidad, bien podría explicar las tasas más altas de inactividad sexual.

Personas que podrían resultar muy atractivas en una cita en el mundo real ni siquiera tienen la oportunidad de salir con alguien debido a que su foto en una aplicación de citas no es particularmente llamativa.

Es curioso que, como señala el trabajo de Twenge, las tasas de inactividad sexual no hayan aumentado en el caso de los alumnos universitarios: en la universidad, las personas no necesitan una aplicación para empezar a hablar entre sí y eventualmente tener una cita.

Lo que se percibe como atractivo –y algunas de las prácticas sexuales que se emplean cuando los jóvenes llegan a tener intimidad- probablemente esté condicionado por la pornografía más de lo que creemos.

Ha habido numerosas advertencias sobre que la pornografía puede “apropiarse de nuestra sexualidad” pero los países en su mayoría han optado por no regularla. Sólo la pornografía infantil está sometida a una prohibición universal y hay pocas investigaciones sobre cómo afecta los hábitos sexuales de la vida real.

Felicitar a los jóvenes de hoy por ser más responsables probablemente no sea la mejor reacción posible ante el avance de la contrarrevolución sexual.

Al ministro de Salud de Suecia, Gabriel Wilkström, por ejemplo, le preocupan las crecientes evidencias de que los suecos tienen menos relaciones sexuales. La semana pasada escribió lo siguiente en una columna del diario Dagens Nyheter:

El problema es que, mientras nos centremos en los aspectos negativos sin destacar también el lado positivo y placentero del sexo, nunca podremos resolver los problemas. ¿Cómo podemos evitar una visión distorsionada de la mujer, a menudo forjada por una pornografía que la degrada, e incluso el acoso sexual o la violación si no podemos presentar imágenes alternativas de cómo podrían ser el sexo y las relaciones entre las personas?

Wilkström va a poner en marcha un estudio detallado de la vida sexual de los suecos con financiación del Estado para ver cuál es la mejor manera de ayudar a las personas a entender que el sexo no es sólo algo con lo que hay que tener cuidado.

Al igual que la mayor parte del mundo occidental, Suecia tiene una tasa de natalidad de menos de dos hijos por mujer (apuntalada por las tasas de natalidad mucho más altas de la creciente comunidad musulmana del país) y podría preferir que los jóvenes fueran un poquito más irresponsables, como solían serlo en la era anterior a Tinder y la ubicua pornografía online.

Esta columna no necesariamente refleja la opinión de la junta editorial o de Bloomberg LP y sus dueños.

* Leonid Bershidsky es un columnista de Bloomberg. Fue el editor fundador de la empresa rusa Vedomosti y fundó el sitio web de opinión Slon.ru.

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