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¿La próxima gran crisis saldrá de Silicon Valley?

La tecnología financiera agilizó el mundo de las financias, pero también creó un entorno listo para la inestabilidad y la disrupción, aunado a una regulación difícil, escribe William Magnuson.
William Magnuson*
18 septiembre 2017 12:39 Última actualización 18 septiembre 2017 12:42
México daría un gran paso al aprobar la Ley Fintech. (Shutterstock)

México daría un gran paso al aprobar la Ley Fintech. (Shutterstock)

Pasaron 10 años desde la última crisis financiera, y hay quienes ya han comenzado a predecir la próxima para dentro de un año. Pero cuando se produzca, probablemente tendrá sus raíces en Silicon Valley, no en Wall Street.

El mundo de las finanzas es muy diferente ahora de lo que era 10 años atrás. En 2007, nuestra mayor preocupación eran las empresas “demasiado grandes para fracasar”.

Los bancos de Wall Street habían adquirido dimensiones tan enormes, y se habían vuelto tan fundamentales para la salud del sistema financiero, que ningún gobierno racional podía llegar a dejarlos quebrar.

Conscientes de su estatus protegido, los bancos hicieron apuestas demasiado arriesgadas a los mercados inmobiliarios e inventaron instrumentos derivados cada vez más complicados. El resultado fue la peor crisis financiera desde la Gran Depresión.

En los años transcurridos desde 2007 hemos hecho grandes avances para resolver el dilema del demasiado grandes para fracasar. Nuestros bancos están más capitalizados que nunca. Nuestros organismos reguladores llevan a cabo rutinariamente pruebas de solvencia en las grandes entidades. Y la Ley Dodd-Frank impone requisitos estrictos a las grandes entidades financieras importantes desde el punto de vista sistémico.

Estas reformas lograron reducir los riesgos que produjeron la última crisis, pero ignoraron, y en algunos casos exacerbaron, los riesgos emergentes que pueden llegar a causar la próxima.

Desde 2007, una enorme ola de innovación recorrió todo el sistema financiero, afectando prácticamente todos los aspectos de las finanzas. Nuevas empresas emergentes de asesoramiento automatizado (“robo-adviser startups”) como Betterment y Wealthfront han comenzado a ofrecer asesoría financiera sobre la base de cálculos algorítmicos, con un aporte humano escaso o nulo.

Empresas de financiamiento colectivo como Kickstarter y Lending Club han creado nuevas formas de captar dinero de redes dispersas de individuos para compañías y personas individuales. Nuevas monedas virtuales como Bitcoin y Etherum han cambiado radicalmente nuestra idea de cómo puede y debe funcionar el dinero.

Estos mercados de tecnología financiera (conocidos como “fintech”) están poblados por pequeñas empresas emergentes, justo lo contrario de los bancos de Wall Street grandes y concentrados que dominaron durante tanto tiempo las finanzas.

Y han aportado grandes ganancias a inversionistas y consumidores. Al automatizar la toma de decisiones y reducir los costos de las transacciones, la tecnología financiera agilizó las finanzas, volviéndolas más rápidas y más eficientes. También extendió el acceso al capital a grupos nuevos y desatendidos, lo cual volvió las finanzas más democráticas que nunca.

Pero las revoluciones muchas veces terminan en destrucción. Y la revolución de la tecnología financiera crea un entorno listo para la inestabilidad y la disrupción. Lo hace de tres maneras.

Primero, las compañías de tecnología financiera son más vulnerables a choques rápidos y adversos que los bancos típicos de Wall Street. Por ser pequeñas y poco diversificadas, pueden sucumbir fácilmente al encontrarse contra una irregularidad en el mercado.

Basta considerar el caso de Mt. Gox, con sede en Tokio, que era la mayor bolsa mundial de bitcoin hasta que una aparente violación de seguridad la hizo caer en 2014, precipitando pérdidas que equivaldrían a más de 3 mil 500 millones de dólares a precios actuales.

Segundo, las compañías de tecnología financiera son más difíciles de monitorear que las entidades financieras convencionales. Dado que para muchas de sus funciones esenciales dependen de complejos algoritmos informáticos, es difícil para quienes las ven de afuera, tener un panorama claro de los riesgos y las recompensas.

Y como muchas de sus tecnologías son muy nuevas e innovadoras, pueden quedar fuera del alcance de las viejas y anticuadas estructuras reguladoras. La reciente proliferación de “salidas a bolsa de monedas”, por ejemplo, dejó a los organismos de control en el mundo entero preguntándose cómo reaccionar.

Tercero, la tecnología financiera no ha desarrollado el conjunto de expectativas y normas tácitas que guían más a las entidades financieras tradicionales.

En 2008, cuando Lehman Brothers estaba al borde de la quiebra, los responsables de los bancos de inversión más grandes de Wall Street se reunieron en Nueva York para coordinar sus acciones y evitar un pánico mayor. Es difícil imaginar que ocurra algo similar en el mundo de la tecnología financiera. El sector es tan nuevo, y los protagonistas tan diversos, que las empresas tienen muy pocos incentivos para colaborar para el bienestar común. Lo que hacen, en cambio, es priorizar un crecimiento enérgico y una conducta temeraria.

¿Cómo se puede hacer, entonces, para que la tecnología financiera sea más segura? No hay respuestas fáciles, pero un buen comienzo sería mirar más allá de Estados Unidos. Los gobiernos emprendedores de Abu Dhabi y Singapur lanzaron nuevas “zonas seguras de regulación” donde las compañías de tecnología financiera pueden cooperar con los organismos reguladores para garantizar la seguridad y la solidez de sus negocios. La Autoridad de Conducta Financiera de Londres creó un programa similar. Las disposiciones de este tipo resultan altamente prometedoras.

Pero más importante que cómo abordar la tecnología financiera es que reconozcamos la necesidad de abordarla. El futuro de las finanzas ya no es Wall Street. Es Silicon Valley.

Esta columna no refleja necesariamente la opinión de la junta editorial o de Bloomberg LP y sus dueños. Ni de El Financiero

*William Magnuson es profesor asociado en la Escuela de Derecho de la Universidad Texas A&M. Participó en la Climenko Fellowship de la Facultad de Derecho de la Universidad de Harvard y trabajó en el grupo de fusiones y adquisiciones de Sullivan & Cromwell LLP.

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