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Conoce el ‘mall’ del 1% más rico 

A 30 minutos de Manhattan, se fortalece un conjunto de tiendas con servicio exclusivo y muy personalizado; Americana Manhasset  rehuye de la palabra "mall" y prefiere la definición de "destino de compras de primer nivel".
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27 octubre 2014 20:12 Última actualización 28 octubre 2014 5:0
Serena, bloguera de The Spicy Stiletto, en una suite de Americana. (Tomada de Facebook oficial)

Serena, bloguera de The Spicy Stiletto, en una suite de Americana. (Tomada de Facebook oficial)

En el Americana Manhasset, los vendedores conocen el armario de sus clientes mejor que ellos, llaman a diseñadores de París o Milán para encontrar el vestido negro perfecto y entregan sopa a domicilio cuando sus compradores están enfermos.

Situado en la Costa Dorada de Long Island, a unos 30 minutos de Manhattan, el centro comercial al aire libre ha descubierto una mina de oro al atender con toda distinción al uno por ciento más rico de la población.

Las 60 tiendas de Americana Manhasset venden las marcas más caras y de mayor estatus: Dior, Gucci, Hermes, Cartier, Prada. Algunos clientes gastan más de 100 mil dólares al año y cinco veces más si están, por ejemplo, planeando una boda.

Danielle Merollo, comprador personal del centro comercial, acompañó recientemente a una clienta a un show privado de Prada en Nueva York para seleccionar una capa de piel hecha a la medida. “Danielle siempre encuentra lo que necesito”, dijo Cynthia Rosicki, abogada y quien además dirige el viñedo Sparkling Pointe.

Mientras la clase media estadounidense lucha con salarios estancados y demanda más ofertas, los compradores ricos dan combustible a las ventas minoristas vía marcas de lujo. Se prevé que el total de ventas al por menor crezca 4.1 por ciento en esta temporada, la tasa más alta en tres años, según la Federación Nacional de Minoristas.

Sin embargo, con centros comerciales cerrando sus puertas por todo el país, los propietarios de Americana Manhasset no pueden dar nada por sentado. Cada año, los servicios se vuelven más lujosos y las tiendas más grandes y más resplandecientes, y aquellos locales que no llegan a sus objetivos de ventas no pueden renovar sus contratos de renta. Y si bien el lujo minorista es relativamente inmune a la interrupción de Internet, el centro comercial ha lanzado blogs y videos sobre moda.

“Sabemos que nuestros clientes pueden hacer compras en cualquier lugar y que viajan mucho, así que tenemos que ir más allá con el servicio”, explicó Deirdre Costa Mayor, presidenta de Castagna Realty, el grupo propietario del centro.

Americana Manhasset rehúye de la palabra “mall”, y prefiere la definición “destino de compras de primer nivel”. Con sus escaparates de piedra caliza, pisos de granito y coloridos macizos de flores, el lugar no se parece en nada al centro comercial original que abrió sus puertas en 1956 con una heladería, tiendas como Lerner y Bakers Shoes y, más tarde, un supermercado Waldbaum.

'EL GRAN GATSBY'

Este centro podría haber terminado como muchos otros que pierden clientes y se tambalean al borde del olvido si no fuera por la visión de Frank Castagna, presidente de Castagna Realty.

En la década de 1980, llegó a la conclusión de que Americana podría tener más éxito si se enfocaba en los residentes ricos en Long Island North Shore. Un número creciente de nuevos empresarios se estaban mudando a Manhasset, Great Neck y otros suburbios cercanos, y había una abundancia de la antigua riqueza en poblaciones como Gold Coast, donde los Roosevelt construyeron sus mansiones y F. Scott Fitzgerald estableció a “El Gran Gatsby”.

“He vivido en esta zona durante 60 años, así que sabía que existían clientes que querían productos de lujo y nadie los estaba atendiendo”, dijo.

El reto fue persuadir a los residentes para que hicieran sus compras en la zona en lugar de ir a las boutiques de Madison Avenue o París.

El corazón de Americana es Hirshleifers, una tienda familiar situada adentro del mall que desde antes del cambio ya vendía marcas como Armani y Chanel.

Mientras expiraban antiguos arrendamientos, Castagna cortejaba a minoristas de primer nivel y Hirshleifers se expandía. La renovación se concretó con la labor del reconocido arquitecto Peter Marino.

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