Bloomberg Businessweek

Un bono que no resulta tan rentable

A México le quedan poco más de dos décadas para aprovechar los beneficios demográficos que aún tiene o se arriesga a una profunda crisis fiscal y social.
Enrique Quintana
08 noviembre 2017 20:39 Última actualización 09 noviembre 2017 5:0
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En estas etapas de alzas de tasas de interés, el precio de los bonos se viene para abajo en todas partes.

Es importante saber que hay uno que no solo no baja, sino que tiene un valor que sube. Aunque, como todos los bonos, tiene fecha de vencimiento. Se trata del llamado ‘bono demográfico’.

Entre los estudiosos de la población hay una variable relevante y se llama tasa de dependencia. Esta alude al porcentaje de la población que, por razones de edad, depende de otros para su manutención. La tasa de dependencia es más elevada mientras más alta sea la proporción combinada de la población infantil y la que está en la tercera edad.

La mayor parte de las naciones ha transitado de una población rural con familias numerosas a una urbana en la que las familias se han hecho más pequeñas.

Los cambios en la estructura laboral, que han incrementado el empleo remunerado de las mujeres, han conducido en la mayor parte de las naciones avanzadas a una reducción sensible de la tasa de fertilidad y, por lo tanto, del crecimiento demográfico en su conjunto.

Este hecho ha conducido a su vez a la reducción de la parte infantil en la población dependiente.
En paralelo, los avances en salud pública han incrementado la esperanza de vida. Esto conduce, a la larga, a un aumento en la parte de la población dependiente de la tercera edad.

En el tránsito demográfico, las sociedades tienen algunas décadas en las que hay menos niños, pero en la que los viejos aún no son tantos.

Se trata de etapas en las cuales las familias son pequeñas y hay más ingresos en los hogares, en buena medida por la participación de las mujeres en la fuerza laboral remunerada.

Esa etapa de la evolución demográfica de las sociedades ha sido conocida como la del ‘bono demográfico’.

Normalmente, salvo que haya una emigración de gran escala, la etapa del bono demográfico es única y no se repite.

En México, aproximadamente desde comienzos del siglo estamos en esa etapa. Y seguiremos en ella probablemente hasta 2040 poco más o poco menos.

Hacia adelante, el incremento en el porcentaje de personas de la tercera edad, empezará a hacer crecer nuevamente la tasa de dependencia.

Esto implica que habrá muchos adultos mayores y cada vez menos jóvenes y personas en edad de trabajar.

En las sociedades en las que hay fuertes incrementos de la productividad laboral se generan condiciones para sacar la mayor ventaja a la etapa del bono demográfico.

De esta forma, en los años con una baja tasa de dependencia se incrementan los ingresos y se pueden generar los fondos suficientes para hacer frente a la etapa en la que, por razones de edad, la gente será menos productiva.

Si lo quiere ver a escala individual, es algo así como la etapa en la que cada uno logra su mayor nivel de ingresos en la vida productiva, lo que ofrece la oportunidad de ahorrar para fases menos afortunadas.

A escala social, si no se presenta un incremento fuerte en la productividad, los ingresos no crecen y cuesta más trabajo generar los ahorros que permitan hacerle frente a la etapa en la que habrá más dependientes económicos.

Cuando esto sucede, una de las opciones que quedan es alargar la vida laboral de la población para que sea menor el número de años en los que requerirá el respaldo de una pensión.
Pero, para ello, se necesita que la población esté en condiciones adecuadas de salud para trabajar por más años.

En México estamos en riesgo de encarar el fin de la etapa del ‘bono demográfico’ sin haber generado los suficientes ahorros pero, adicionalmente, con una población con una salud deteriorada por problemas como la obesidad y por enfermedades crónico degenerativas, como la diabetes o los males cardiacos.

Esto haría más complicado el extender la vida laboral y por lo mismo, acortar el tiempo de jubilación.

Sin embargo, el principal problema deriva de la escasa productividad de la mayor parte de las unidades económicas que operan en México.

Aun en el caso de los trabajadores que laboran en el sector formal de la economía, su salario promedio mensual es de alrededor de 10 mil pesos, insuficiente para ahorrar.

Para poder incrementar significativamente la tasa de ahorro sería necesario que hubiera un aumento significativo del salario real, que solo podría darse con un alza igual de importante en la productividad.

En el caso del 51 por ciento de la población ocupada que trabaja en el sector informal, la situación es peor. Por un lado, no tienen esquemas institucionales de ahorro para el retiro. Y, por otro, tienen un ingreso promedio mucho menor, derivado de la escasa productividad de las unidades en las que están empleados o de las que son dueños.

En algunas ocasiones se ha visto como opción usar el sistema fiscal para generar el ahorro. Es decir, a través de modificaciones legislativas, elevar el monto del ahorro obligatorio, pero con cargo a los empleadores, lo que implicaría de facto un incremento de la carga fiscal, que se ve complicada políticamente de llevar a cabo en el entorno actual.

La otra opción sería tratar de hacer ahora lo que no se ha hecho por décadas y empujar la productividad de millones de unidades económicas micro y pequeñas, que emplean a unas cuantas personas, para aprovechar el ‘bono demográfico’ que hoy tiene México y que se va a acabar antes de lo que imaginamos.

La frontera de 2040 parece distante. Pero los 23 años que deben transcurrir son el mismo tiempo que ha pasado desde que Zedillo llegó a la presidencia de la República hasta la fecha.

Un problema que hay con el incremento de la productividad es que requiere de inversión, y ésta a su vez necesita ahorro para financiarse. Pero para que el ahorro pueda movilizarse se requiere que las empresas tengan una estructura institucional de la cual muchas carecen, como es la simple formalidad, es decir, que estén dadas de alta ante el IMSS y el SAT. Y, de esta manera, se genera un círculo vicioso difícil de romper.

Pero más nos vale aprovechar en México esta condición demográfica que hoy tenemos pues de lo contrario, en poco más de dos décadas estaríamos gestando una profunda crisis fiscal y social. La primera, por la insuficiencia de recursos para pagar pensiones y atender a la población de la tercera edad y la segunda, porque los recursos en cualquier caso no alcanzarían para todos y habría amplias capas de la población que terminarán siendo desatendidas.

La visión de corto plazo que hemos tenido en México por muchos años nos impidió visualizar el reto y la oportunidad que representaba el ‘bono demográfico’.

Todavía hay oportunidad de tomar medidas antes de que llegue la fecha fatal en la que la tasa de dependencia empiece a aumentar de nuevo.

Sin embargo, ello requiere de decisiones que tienen que ver tanto con políticas educativas, de inversión, de ahorro de largo plazo y de ingresos.

Existen pocos incentivos para emprender los cambios pues sus efectos se podrán sentir en el largo plazo y no durante la gestión de los políticos que los lleven a la práctica.

Sin embargo, más nos vale encontrar a esos políticos que acepten alejarse de la popularidad para pensar en el destino de las próximas generaciones.

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