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¿Se acabó la magia del consumo?

El consumo en México muestra señales de agotamiento, aunque hay elementos para pensar que aún será el motor de la economía.
Enrique Quintana
11 octubre 2017 21:10 Última actualización 12 octubre 2017 10:49
Consumo

Consumo

Durante los últimos años, el consumo privado en México tuvo una de las mejores épocas de su historia. Por ejemplo, en 2010 se vendieron en el país 820 mil 406 autos.

Esto equivale a un promedio diario de 2 mil 247 vehículos. Hasta agosto, el promedio diario de ventas de autos fue de 4 mil 76 autos. El crecimiento, en poco más de tres lustros, fue de 81.4 por ciento. Si se quiere ver en términos anuales, es de 8.5 por ciento.

Si la economía entera hubiera crecido como lo han hecho las ventas de coches en México, la historia sería otra.

Además de las ventas de autos, hay otros indicadores que nos hablan de un crecimiento muy robusto del consumo interno en el país durante esta década. En particular, en 2015 y 2016 fue el factor que permitió que la economía creciera.

Bien, pues pareciera que ese impulso está terminando.

Las cifras de la Asociación Mexicana de la Industria Automotriz indican que, en junio, julio y agosto retrocedió la venta interna de vehículos respecto al mismo periodo de 2016. Además, las ventas totales de los primeros ocho meses del año apenas crecieron en 0.3 por ciento. Si la tendencia de los últimos meses se mantiene en el último trimestre, en 2017 habría una baja en la venta de vehículos por primera vez desde 2009.

Otro de los ejemplos claros de la pérdida de dinamismo del
consumo son las ventas del comercio moderno. En la Asociación
Nacional de Tiendas de Autoservicio y Departamentales (ANTAD)
hay agrupadas empresas que tienen casi 52 mil tiendas y que al cierre del año pasado vendieron 1.5 billones de pesos.

Los datos de la ANTAD hasta agosto, comparados con los de un año atrás, indican un crecimiento nominal, a tiendas comparables, de 4 por ciento. El problema es que la inflación anual en ese mes fue
de 6.66 por ciento, lo que implica que, a precios constantes, hay una caída real de alrededor de 2.4 por ciento.

En contraste, el año pasado las ventas crecieron 6.3 por ciento nominal contra una inflación promedio de 2.81 por ciento, esto derivó en un crecimiento real de la actividad de esas tiendas de 3.4 por ciento.

Resulta claro que se está acabando la fuerza que tuvo el consumo y que en 2015 y 2016 impulsó fuertemente a la economía. De acuerdo con datos del INEGI, cerca del 83 por ciento del crecimiento económico el año pasado fue explicado por el crecimiento del consumo.

¿Qué fue entonces lo que propició el aumento del consumo
en 2015 y 2016? Básicamente fue la combinación de dos factores. El primero fue el aumento del empleo formal más que proporcionalmente
al crecimiento de la economía. El incremento anual del empleo formal terminó 2016 con un ritmo de 4.1 por ciento. El que sean trabajos en la formalidad permite que no solo haya más ingreso disponible para gastar, sino que los trabajadores se vuelven sujetos de crédito.

Por esa razón, al cierre del año pasado, el crédito al consumo crecía a una tasa real de 8.5 por ciento. El otro factor fue la baja inflación. En la medida que los consumidores mexicanos percibieron una situación de inflación por abajo del 3 por ciento, asumieron compras y deudas de una manera mucho más confiada.

Pero, la historia empezó a cambiar en enero de este año.

Aunque el nerviosismo se detonó desde noviembre de 2016, tras el triunfo de Donald Trump en las elecciones de Estados Unidos, fueron los incrementos de los precios de las gasolinas y la amenaza de abandono del TLCAN por parte de la nueva administración estadounidense, lo que propiciaron que las circunstancias cambiaran velozmente.

Hasta agosto de este año, la inflación había llegado casi al 6.7 por ciento, el nivel más elevado desde principios de siglo. Y como los incrementos salariales siguieron promediando el 4 por ciento, hubo un decrecimiento de los ingresos reales.

Aunque el ritmo del empleo formal se mantiene relativamente elevado, ya no alcanza a ser tan grande como para impedir que el poder de compra global baje. Los consumidores han visto que sus tarjetas de crédito están llegando a sus límites máximos y el ritmo del endeudamiento ha empezado a decrecer.

En agosto, el crecimiento real del crédito al consumo fue de solo 2.9 por ciento. Entonces, ¿se acabó la magia del consumo? ¿Ya no será el
factor que mueva la economía?

Los problemas allí están, pero hay elementos para pensar que se trata de un bache más que de un cambio de tendencia. En el caso de la inflación, luego de llegar a los niveles más elevados en el tercer trimestre de 2017, va a iniciar un proceso de descenso en los últimos meses de este año, que va a ser lento al principio y que a partir de 2018 va a ser mucho más rápido.

A lo largo del próximo año probablemente veamos crecer nuevamente los salarios reales. De un modo u otro, el factor de incertidumbre derivado de la renegociación del Tratado de Libre Comercio va a quedar resuelto en los siguientes meses, lo que probablemente incentive a los consumidores con capacidad de gasto a ser menos cautelosos en sus desembolsos.

El único factor que hoy se visualiza como obstáculo a la recuperación de los indicadores del consumo es la incertidumbre que pueda propiciar el proceso electoral de 2018.

De manera concreta, que un posible triunfo de Andrés Manuel López Obrador pudiera propiciar un ambiente aversivo para las inversiones o detonar nuevamente la inflación. El equipo de AMLO podría conjurar ese riesgo si afina y precisa su programa económico, con objeto de evitar esa percepción, lo que no ha ocurrido hasta ahora.

Si observamos el largo plazo encontramos que, en los últimos 17 años, en medio de crisis y cambios de gobierno, el consumo privado creció 60.5 por ciento en términos reales, a una tasa media de 2.8 por ciento anual.

No es un boom, pero sí un ritmo sostenido que ha cambiado el perfil de consumo de los hogares mexicanos, al menos en las principales zonas urbanas del país. Por razones demográficas y sociales, es probable que esta tendencia continúe en medio de vaivenes políticos o de cambios
en las relaciones comerciales de México. Lo que explica esta perspectiva de largo plazo son las tendencias demográficas y sociales que están presentes en México.

Uno de los factores más relevantes es el crecimiento del porcentaje de la población en edad de trabajar, respecto al total.

Actualmente existe en México un 53 por ciento de personas dependientes económicamente de quienes trabajamos. Esta tasa era superior al 60 por ciento hace un par de décadas.

La reducción de tasa de natalidad ha permitido que los hogares, sobre todo los urbanos, sean más pequeños, y que el porcentaje de mujeres que genera ingresos, sea más elevado. Estos elementos han permitido un incremento real de los ingresos por hogar en el país.

El otro factor que ha contribuido a impulsar esta tendencia de largo plazo es el proceso de formalización. La tasa media de crecimiento del empleo formal en los últimos 20 años ha sido en México de 3.1 por ciento, una tasa superior en un punto a la del crecimiento promedio de la economía, lo que permite el impulso sostenido al consumo del que hemos hablado.

Por eso, es razonable pensar que ‘la magia’ del consumo, esa que ha permitido convertirlo en el motor del crecimiento de la economía, no haya terminado todavía.