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Clonación de caballos galopa al polo

Las copias idénticas de caballos campeones ya corren en el polo y otros deportes ecuestres, generando ganancias millonarias para las empresas que los crean. 
Adam Popescu / Bloomberg Businessweek
14 agosto 2017 2:28 Última actualización 15 agosto 2017 5:0
Dos copias idénticas producidas por Crestview Genetics de caballos árabes en un rancho en Luján, Argentina. Bloomberg Businessweek

Dos copias idénticas producidas por Crestview Genetics de caballos árabes en un rancho en Luján, Argentina. Bloomberg Businessweek

Santa Anita Park, en el suburbio de Arcadia, en Los Ángeles, es el hipódromo donde un caballo de color bayo llamado Seabiscuit se convirtió en héroe nacional hace unos 80 años. Hoy en día, alrededor de 14 mil personas todavía van en un típico día de carreras para ver a los purasangres. Los visitantes apostaron más de 660 millones de dólares el año pasado.

El mercado de varios millones de dólares para la cría de caballos de carreras está estrictamente controlado, especialmente en Estados Unidos, donde las organizaciones de carreras se adhieren a reglas que no han cambiado mucho desde la época de Seabiscuit.

La American Quarter Horse Association, la Trotting Association y el Jockey Club están entre los grupos que han prohibido incluso la inseminación artificial en el proceso de cría. Así que puede adivinar cómo se sienten sobre la clonación, pero ello podría cambiar en el futuro. “¿Puede un clon ser mejor que el original? Es poco probable”, dice el portavoz del Jockey Club, Bob Curran.

El primer caballo clonado nació en 2003, y un pequeño grupo de empresas ahora los está empujando. Los clones ya han inundado el mundo del polo, donde múltiples copias de un campeón a menudo batallan en el mismo campo. La Asociación Profesional de Vaqueros Rodeo permite que los duplicados genéticos compitan en carreras, y la Federación Ecuestre Internacional, el órgano rector mundial de los deportes ecuestres, ha permitido clones para los eventos olímpicos. Hasta hace poco, ni siquiera exigía que los propietarios revelaran ese pequeño detalle. “No lo vemos como relevante”, dice el director veterinario de la Federación, Goran Akerstrom.

Hasta ahora, el gran ganador ha sido Alan Meeker, director ejecutivo de Crestview Genetics. Desde 2010, el heredero petrolero texano de 52 años ha producido cerca de 100 clones de caballos, valuados en de 500 mil a 800 mil dólares cada uno.

Los clones han engendrado más de 375 potros con un precio de 50 mil a 250 mil dólares. Crestview comenzó en 2009 con unos 20 millones de dólares de Meeker y el argentino Adolfo Cambiaso, líder mundial de polo; divide sus 45 empleados entre Texas y Buenos Aires. Meeker dice que la firma es rentable, vale 75 millones de dólares. “Hemos desmentido completamente que se puede obtener el mismo ADN, pero no los mismos resultados”, señala.

Hasta hace poco, Crestview usaba la técnica de clonación que produjo a Dolly la oveja en 1996. Eso significaba recolectar ovarios de animales muertos, inyectar el ADN deseado, luego implantar los embriones fertilizados en las madres sustitutas; típicamente se hacían varios intentos para producir un clon. A finales de 2015, Crestview elaboró su propia técnica. Meeker asegura que tiene un 90 por ciento de probabilidad de que la madre sustituta produzca un clon saludable.
En octubre, Cambiaso ganó un partido de polo montado en una sucesión de seis clones de su último campeón, Cuartetera. Ahora que Crestview ha clonado más de dos docenas de Cuarteteras, tales hazañas están empezando a convertirse en rutina.

A diferencia de los caballos de polo, la excelencia uniforme no es el ideal para caballos de carreras, dice Ernie Bailey, profesor de genética en la Universidad de Kentucky. Los criadores de la vieja escuela intentan acoplar sus machos más rápidos con las yeguas que piensan producirán especímenes más veloces. Además, incluso los gemelos genéticos pueden ser notablemente diferentes dependiendo de qué genes se “expresen”, señala Doug Antczak, científico veterinario de la Universidad de Cornell.

Meeker dice que su equipo trabaja en la decodificación de la expresión génica y en la extrapolación de su trabajo con caballos para avanzar en la investigación de células madre humanas.

Él es el primer sujeto de prueba para una posible cura genética para diabetes tipo 1, que busca poner a disposición del público por 10 millones de dólares por paciente en una clínica en las Bahamas a finales del próximo año.