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El son jarocho, un arte que cambia vidas

10 febrero 2014 5:1 Última actualización 21 agosto 2013 5:25

 [Esta música conquista los sentidos / Cuartoscuro]


Viridiana Villegas Hernández
 
 

Sus coplas le cantan al amor, a la melancolía, pero también levantan la voz ante las injusticias.
 
 
¡Cosa maravillosa es el fandango, que con tarima al pie y jarana en mano provoca al cantador sin más tango! En esta fiesta, que es la vida misma pintada en el mágico anochecer veracruzano, el protagonista es el son jarocho, ese que de un golpe conquista los sentidos y enardece el espíritu, el mismo que proviene de la mezcla de las tradiciones musicales españolas, africanas y, por supuesto, indígenas durante la época colonial en México.
 
 
Hasta la década de los ochenta, este género se encontraba a la deriva, pues la mayoría de sus representantes era gente de edad avanzada o, bien, que ya había fallecido; sin embargo, hubo quienes repararon y reflexionaron sobre este hecho y decidieron retomar el son de manera comprometida a través de actividades de difusión, reavivándolo con talleres, por ejemplo, de requinto, jarana, zapateado, improvisación y canto huasteco para jóvenes y niños. Hoy esos jóvenes y niños ya se han convertido en importantes soneros de sus regiones y localidades, y han llevado su música de un lado para otro en un generoso y sincero intercambio que los ha nutrido y contagiado. Sin restarle consideraciones a sus raíces, ahora es posible decir que existe no sólo una nueva forma de entender el son jarocho, sino incluso una nueva figura del sonero.
 
 
Durante el X Festival del Tesechoacán —celebración que surgiera para rendir homenaje a los soneros aún vivos, como don Iginio Tadeo, de 94 años, y Elías Meléndez, tres años menor que don Iginio—, tuvimos oportunidad de comprender el proceso de reconfiguración en el que se encuentra el son jarocho, a partir de una labor emprendida por músicos y promotores culturales independientes, como Arturo Barradas, director de esta fiesta musical que se realiza en Playa Vicente, Veracruz. En su más reciente edición —del 17 al 21 de julio pasado—, el festival fue llevado a cabo casi de milagro [pues esporádicamente recibe incentivos gubernamentales]: con menos de 200 mil pesos obtenidos gracias a la venta de espacios publicitarios en la Revista de Cultura Popular, que imprimen los organizadores de este encuentro, además de donaciones hechas por comerciantes y aportaciones en efectivo o en especie (frijol, arroz, huevo) de poco más de un centenar de familias de este pequeño municipio. A ello hay que sumarle la solidaridad de los grupos invitados, quienes también cooperan con dinero, pagan sus traslados, sus alimentos y no tienen problema con tocar de manera gratuita, dormir en colchonetas en una casa y ceder las habitaciones de hotel para los músicos veteranos.
 
 

—Viví fuera de Playa Vicente muchos años y al regresar a mi pueblo me encontré de forma accidental con el son jarocho —confiesa Barradas—. Sí, lo había escuchado, pero nunca me había compenetrado con él. En aquellos tiempos conducía un programa de radio en el que toda la música tenía cabida; un día un amigo me regaló un disco de Arcadio Hidalgo y me gustó tanto lo que oí que se me ocurrió convocar a los soneros de la región para charlar en el estudio. Para mi sorpresa, en la fecha señalada llegó un grupo de músicos cuyos integrantes más jóvenes tenían sesenta años. Cuando comenzaron a tocar en la diminuta cabina, me prendí. Fue como chocar contra una poderosa pared de sonido que me movió algo por dentro. ¡Desde entonces abandoné a Led Zeppelin y me entregué al son jarocho!
 
 

Sentado a la sombra de un árbol cercano al kiosko de Playa Vicente, nos encontramos al maestro Quintiliano Durán Bautista afinando su requinto; él es uno de los soneros más veteranos de la región [oriundo de La Cadena, una localidad del municipio de Papantla]. Ronco, regio y ocurrente, nacido en 1941, don Quintiliano lleva a cuestas la herencia de un abuelo poeta y un padre jaranero que impulsaron su trayectoria sonera desde que tenía 13 años de edad, cuando aprendió de manera autodidacta a tocar primero el requinto, luego la jarana y la guitarra, instrumentos que ejecuta con maestría ya sea con la mano derecha o con la izquierda. Mientras rasguea las cuerdas nos comparte su pensamiento:
 
 

—Creo que existe una forma antigua para abordar el son jarocho, que es de oído y proviene del adentro. Yo no tuve maestros, tampoco sé leer ni escribir, pero me consta que los jaraneros de antes interpretaban diferente a los de hoy; estoy seguro que toca más bonito alguien que trae la música en el espíritu a comparación de aquellos maestros de escuela, pues ahora con herramientas como los afinadores electrónicos se facilita hasta ese tipo de tareas. Ya somos pocos los viejos del son que continuamos vivos, no obstante estoy contento porque soy parte de los Soneros del Tesechoacán, el grupo de Arturo Barradas donde participo con mi requinto, el cual construí hace más de 35 años.
 
 
A decir de Joel Cruz Castellanos [Santiago Tuxtla, Veracruz], integrante de Los Cojolites, agrupación formada en 1995 en Jáltipan, los fandangos, los festivales y demás celebraciones en los últimos tiempos han ayudado a que la comunidad de músicos de son jarocho permanezca en constante contacto y se conozca entre sí:
 
 

—La figura del sonero se ha reconfigurado en gran medida —dice—; antes el músico era el campesino que tocaba por divertirse, por encontrar un espacio para distraerse después de la faena diaria. Hace casi cuarenta años comenzó el movimiento jaranero, con el cual se definió el papel de este instrumentista dentro de la población como promotor cultural y comunitario, no sólo dedicándose a la música, sino también a la laudería, a la investigación y a vincular a los jóvenes con la gente mayor para rescatar nuestras raíces y tradiciones. Pienso que la transformación es la naturaleza de la música y de la sociedad y no ha sido casual que, a partir de que abrimos nuestra sureña tradición musical, se acercó gente de otros países, con otras culturas sonoras que nos aportaron nuevos elementos; por ejemplo, aquí no se tocaba el cajón ni el marimbol, sino hasta hace apenas diez años. Asimismo, la laudería ha crecido año con año, oficio que ha revolucionado los instrumentos tradicionales pasando de un nivel orgánico entre el machete y el tallado, a una avanzada técnica de construcción que ha arrojado sofisticados resultados, lo cual también obedece a las exigencias de los escenarios nacionales e internacionales en los que nos presentamos.
 
 
Al respecto, Arturo Barradas dice que ahora, en Playa Vicente, hay casi 40 jóvenes de edades diversas que bailan, cantan y tocan algún instrumento: “Por lo menos somos cinco lauderos en el pueblo, panorama similar al de los municipios de Juan Rodríguez Clara, Isla, Minatitlán y Acayucan. Si bien esta es una música que atrapa desde el primer momento, charlar con los soneros viejos es viajar a otro tiempo; rescatar esas conversaciones entre juventud y adultos experimentados es otro de nuestros fines, porque para mirar hacia el futuro debemos tener bien claro de dónde provenimos. Ahora que el son jarocho se ha convertido en un fenómeno tan impresionante, que camina alrededor del orbe, teniendo a Mono Blanco tocando por todo el mundo o a Los Cojolites nominados al Grammy, es imposible perder la esencia de este arte que cambia vidas”.
 
 
—¿Cómo podría describirse al sonero contemporáneo?
 
 
—Es una persona que trata de influir en sus comunidad para beneficiarla —apunta Barradas—. El sonero pertenece a un grupo de trabajo al que la autoridad no ve con buenos ojos porque pone a pensar a la gente y eso le resulta molesto e incómodo. Más allá de ser un músico, el sonero debe ser un promotor en lucha por una política cultural en su pueblo.
 
 

Por su parte, para Diego Almazán Parroquín (Otatitlán, Veracruz, 1988), jaranero desde hace una década e integrante de la agrupación Yacatecuhtli, el sonero representa la tradición y la responsabilidad de seguir llevando la música de cada región a otros lares, al tiempo que se interesa en crear comunidad a través de acciones tales como impartir clases de música a niños y jóvenes, o realizar proyectos independientes en los que se involucre toda la población.
 
 

—El importante movimiento de difusión del son jarocho en mi pueblo —recuerda Almazán Parroquín— fue iniciativa de Gilberto Gutiérrez Silva, uno de los fundadores de Mono Blanco, quien nos dotó de las directrices para llevar al género hacia el plano donde debía apuntar: la experimentación.”
 
 

En este sentido, Joel Cruz Castellanos, de Los Cojolites, sostiene que una cultura musical pertenece a la gente que la toca, que la reinventa y la vive:
 
 

—Nosotros procuramos explorar las distintas posibilidades poéticas y, si bien le cantamos al amor, también a la melancolía y levantamos la voz ante las injusticias. Es como jugar un poco al juglar. La poética, sobre todo en los últimos tres años, se ha desarrollado de manera impresionante. Contamos con poetas como Patricio Hidalgo Belli [nieto de don Arcadio Hidalgo], quien ha marcado una tendencia, una línea de temas y una guía para los que vamos detrás.
 
 
Justo los orígenes que acompañan a este género están relacionados con la poesía, que bajo la estructura de la décima, la cuartilla, la sextilla, la quintilla, el soneto, la seguidilla y el romance logra proporcionarle una peculiar sonoridad. Asimismo, “componer al vuelo” ha sido una de las características del inquieto y pícaro imaginario del sonero.
 
 

—Recuerdo haber pasado una infancia en la que mi abuela constantemente nos echaba versos en casa, mientras que mi madre nos contaba lo que la gente le confesaba en copla —nos comparte Arturo Barradas—. Vivíamos con la rima en la punta de la lengua todo el tiempo. A partir de los ochentas, con el intercambio con los cubanos, la improvisación creció, aunque estamos procurando volver a la escritura, la cual era una práctica ya muy olvidada. Desde hace tiempo nos hemos dado a la tarea de recopilar los versos que diario hila y recuerda don Iginio Tadeo, además de que conservamos las 300 coplas que de un tiro, y sólo ayudado por la buena memoria, me dictara en vida Chico Ramírez, mi tío.
 
 

—No hay forma de saber quién está inventando durante un huapango o quién canta una copla sabida —apunta ahora Joel Cruz Castellanos—. El chiste de este divertido ejercicio de la palabra es sonar como si el verso nos lo supiéramos desde siempre. Se trata de la construcción de un momento que permanecerá en la mente de los asistentes, con la única certeza de que fue una oportunidad única y no se repetirá nunca más.
 
 
Caminando por el centro de Playa Vicente también conversamos con Eduardo Parra, originario del Puerto de Veracruz, quien trabaja como entrenador en artes desde hace 20 años en la Universidad de San Marcos, en California, Estados Unidos. Gracias a sus oficios, 25 músicos profesionales extranjeros ha ido a estudiar por todo un mes son jarocho en distintas localidades veracruzanas.
 
 
—Mi experiencia me dice que el son jarocho es capaz de crear comunidad —sostiene—, de forjar una identidad y de impulsar un cambio de consciencia entre los ciudadanos sin importar la nacionalidad.
 
 
Llega la noche vestida de fandango, con su faldón de estrellas titilantes, su perfume de selva húmeda y su sonrisa fértil. Las musas han arribado y los músicos, mujeres y hombres, dan la última afinación a sus instrumentos, las bailadoras lucen relucientes zapatillas negras, los cantadores acomodan su paliacate al cuello. Ya viene el tiempo de la jarana, ese paradójico sonido de lluvia delicada, e intempestiva corriente fluvial, que golpea directo desde la región del Sotavento hasta dejar el alma sin aliento.