AFTEROFFICE
culturas

¿Y el futuro? Un tiempo que se desvanece en la literatura

Con este siglo se acabaron las utopías, advierte el autor de "El futuro no será de nadie", Óscar de la Borbolla. El último ejemplar del género con el que se ha encontrado, afirma, se escribió en 1948: 'Walden dos', de B. F. Skinner, el fundador del conductismo.
Rosario Reyes
20 octubre 2015 21:49 Última actualización 21 octubre 2015 21:13
Para Óscar de la Borbolla, una desesperanza impide a las sociedades imaginar el futuro. (Cortesía)

Para Óscar de la Borbolla, una desesperanza impide a las sociedades imaginar el futuro. (Cortesía)

A pesar de que en este siglo se han materializado algunas de las realidades avistadas en novelas escritas a partir de 1865, año en que apareció De la tierra a la luna, de Julio Verne, la literatura ya no especula con el futuro. Ahora, dice el filósofo y escritor Óscar de la Borbolla, el desencanto no deja sitio para imaginar un mundo mejor.

“Hubo una época de utopistas impresionantes, Orwell con 1984, o Aldous Huxley, que tiene dos: Un mundo feliz y Mono y esencia. Ayr Rand, una escritora polaca anticomunista rabiosa, escribió La rebelión del Atlas y Los que vivimos, que planteaba un escenario futuro dominado por el comunismo”.

Con este siglo se acabaron las utopías, advierte el autor de El futuro no será de nadie. El último ejemplar del género con el que se ha encontrado, afirma, se escribió en 1948: Walden dos, de B. F. Skinner, el fundador del conductismo. “Trata sobre el hombre libre que ansía liberarse de las esclavitudes de la sociedad industrial”. Una novela de trama similar a Hombres como dioses, que H. G. Wells publicó en 1923 y en la cual satiriza el comunismo, el socialismo, el capitalismo y el dominio de la tecnología en los procesos de producción. Wells, como Aldous Huxley en Un mundo feliz (1932), detalla una sociedad altamente tecnológica. Como la actual.

“No exageraron”, dice De la Borbolla. “Pero lo que ni Orwell, ni Huxley previeron fue un fenómeno que ha traído consecuencias extraordinariamente graves: la Internet”. Un descubrimiento que, dice, está reemplazando a la vida real, como mencionaba William Gibson en El neuromante (1984), una novela sobre las aventuras de un hacker que sirvió de se base a la saga cinematográfica The Matrix.

El gran fracaso de la humanidad, reflexiona el escritor, es que los diseños de sociedad futura que hicieron desde Tomás Moro hasta Karl Marx, no resultaron. Para él, una desesperanza impide a las sociedades imaginar el futuro. Sin ningún profeta a quien seguir, cuando ya ni el socialismo ofrece redención, estamos en desamparo, sostiene.

“La posmodernidad se caracteriza por esto, no hay un proyecto, un ideal común. Vivimos a plazos muy breves, en la expectativa de un nuevo iPhone, televisores cada vez más delgados, cosas cada vez más livianas, pero no hay un proyecto social que nos haga esperar en el porvenir algo mejor, ya nadie cree en el progreso”, observa el filósofo.

El ostracismo, acusa, domina a las sociedades actuales. “Ya no vamos al supermercado, lo pedimos por Internet; los amigos, los tenemos por Internet; ya no hacemos prácticamente vida social, todo se ha mudado a las redes, se ha creado un mundo virtual, vivimos más conectados a los medios que a nuestros semejantes en la calle y cualquiera con una ocurrencia tonta se vuelve viral. Habría que volver a Ortega y Gasset; La rebelión de las masas (1929) era ésta: cuando el hombre mediocre se entroniza”.

Pero en el fondo, reconoce, la esperanza en el futuro no está totalmente cancelada. “Lo lógico de la experiencia es el pesimismo, la derrota. Pero mantener la esperanza es un dispositivo que ha permitido que, a pesar de todo, la vayamos levantando. Este país puede estar espantoso, y lo está, pero sí estamos tantito mejor que hace 4 mil años; no somos perseguidos por animales salvajes ni nos estamos defendiendo a pedradas. Cuando uno ve plazos muy largos, se aprecia que estamos mejor; cuando uno ve los plazos cortos, efectivamente vamos para abajo”.

De la Borbolla detecta un desencanto generalizado respecto al porvenir. “Nadie tiene la expectativa de que algo pase”.

Así explica la carencia de figuras de peso en la literatura utópica desde hace al menos medio siglo. Es acaso el cine donde, considera, se están construyendo los imaginarios futuristas, pero también están basadas en clásicos de la literatura. “Por ejemplo, las películas geniales de The Matrix (1999- 2003)”.

Paradójicamente, una de las sagas futuristas más populares del cine no se basó en un texto literario, y es también la que menos predicciones acertó: Volver al futuro. La segunda parte, filmada en 1989, llevaría a sus protagonistas, Marty y Doc, al 21 de octubre de 2015, que es hoy. Y aunque la automotriz Lexus tiene un prototipo diseñado, lo cierto es que la patineta voladora -como la utopía- no llegó. El futuro imaginado por Robert Zemeckis no es más que pasado, un pasado al que puede volverse hoy al reestrenarse la trilogía en salas de México.


LITERATURA FUTURISTA

1
DE LA TIERRA A LA LUNA

En 1865 se publicó esta obra de Julio Verne, sobre posibilidad de enviar un objeto a la Luna. El 20 de julio de 1969, el comandante Neil Armstrong pisó el satélite en la expedición que el gobierno estadounidense envió a bordo del Apollo 11.

Verne
2
HOMBRES COMO DIOSES

Escrita en 1923 por H. G. Wells, señala cómo la tecnología se impone a la fuerza del hombre en los procesos de producción. Hoy la maquinaria sustituye muchas de las funciones humanas.

Wells
3
UN MUNDO FELIZ

En este título de 1932, Aldous Huxley recrea una sociedad controlada mediante la tecnología y la población se crea genéticamente en cinco categorías: Alfa, Beta, Gamma, Delta y Epsilon. Hoy, la manipulación del ADN es una realidad.

Huxley
4
NEUROMANTE

Esta novela de William Gibson apareció en 1984 y en ella se basa la trilogía fílmica The Matrix, sobre las aventuras de un hacker del ciberespacio. Hoy, grandes escándalos se desatan debido al hackeo, como las revelaciones de Wikileaks.

Gibson