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Trump quiere ser Madonna

Los retratos de un showman que vende humo, en la antesala de su último debate contra Hillary Clinton. Donald Trump no quiere ser presidente de Estados Unidos; quiere ser tan famoso como Madonna. La observación es de Mark Singer.
Mauricio Mejía
18 octubre 2016 22:3 Última actualización 19 octubre 2016 5:0
Ya no importa si gana las elecciones; es tan famoso como Madonna. (Óscar Castro)

Ya no importa si gana las elecciones; es tan famoso como Madonna. (Óscar Castro)

Donald Trump no quiere ser presidente de Estados Unidos; quiere ser tan famoso como Madonna. La observación es de Mark Singer, quien trazó un perfil para el New Yorker del ahora candidato a ocupar el cargo por el Partido Republicano. Y tampoco es de Singer, sino de un asesor financiero que ha seguido los pasos del magnate en las páginas de los diarios y en los programas de televisión. Ya no importa si gana las elecciones; es tan famoso como Madonna, o más.

Singer (quien traza el perfil de un vendedor de humo) persiguió una tesis a lo largo de su reportaje: ¿Trump tiene una vida interior? En El show de Trump, poco a poco fue descubriendo que… raras veces; okey, casi nunca. No tiene rostros, ni hacia dentro ni hacia fuera, que demuestren desplantes humanos como cursilería, compasión o generosidad.

Erving Goffman las llamó “caras frontales” y “caras traseras”. Dualidad en la que el político, por llamarlo en tono genérico, mostraba el lado A de un buen comportamiento moral, sujeto al criterio de la convención social, y escondía en el B una imagen privada, en la que lo “humano” podía poner en peligro su probidad. Lo terrible para los dependientes de la opinión pública, dice John B. Thompson en El escándalo político, es que por alguna razón (el escándalo) podría traer al frente lo que esconde en el patio trasero de la personalidad. De ahí la naturaleza del manejo de crisis. Donald Trump es un político peculiar porque no esconde el occipital de su comportamiento. Al contrario: juega a que lo de atrás, la xenofobia, la intolerancia, la imprudencia, sean argumentos sólidos para “lo correcto” y sustancioso. Singer sostiene que el republicano no sería nadie si no fuera un vendedor brillante. Es, dice, una marca. Su marca. En la que lo grotesco es una maquinaria de promoción, una poderosa plataforma de penetración.

Singer escribió su artículo. The New York Times Book Review publicó una carta de respuesta de Trump. En ella, el candidato del escándalo (si eres famoso te dejan hacer lo que quieras) menosprecia al reportero. Éste le ofrece una suma de 37.82 dólares de “gratitud” por los comentarios ofensivos y lastimosos. El ahora candidato le dice en respuesta: “Mark eres un perdedor, tu texto es una mamada”. Y una posdata: “Me dicen que no se está vendiendo”. Desde luego no regresó los 37 y pico de dólares que le remitieron.

Elias Canetti, en Masa y poder, sostuvo algo asombroso: “El sermón enardece a las masas y en él se enardecen a sí mismas”. Trump es el que dicta el verbo y la emergencia: el que romperá siempre el vidrio de la tolerancia.

Cicerón, en aquel célebre pleito legal contra Catilina, dejó una frase histórica que han utilizado ambos bandos de los procesos legales, políticos y sociales: “¿Hasta cuándo, Catilina, vas a abusar de nuestra tolerancia?” David Remnick recuerda los excesos del vendedor. Cuando le preguntaron sobre su ex esposa en un programa de radio, respondió: “Buenas tetas, cero sesos”. En The Apprentice, Trump se lo pasaba bomba humillando a sus invitados. ¿Cómo olvidar –dice Remnick- aquella escena en la que aseguró: “en realidad no importa lo que escriban, siempre que tengas a tu lado una nalga joven y bella”.

El reportero, biógrafo de Muhammad Ali, subraya la impaciencia nunca agotable para el míster escena: no sólo va más a allá del insulto y la parodia, sino que parece un producto local de Nueva York, como el olor de la plataforma del metro en la estación Times Square a mediados de agosto.

Trump tiene olfato mediático. En la era de lo efímero, los contenidos simbólicos pueden preservarse de un modo duradero. Desde que se aventuró a la precandidatura a la presidencia estadounidense pocos personajes han sido tan citados en la prensa, la televisión y las redes sociales como él. El escándalo mediático es su zona de interés, en términos de Thompson. Y lo ilegal, también.

Aunque en Trump ¿un capo de la mafia? H. B. Glushakov sostiene que, guste o no, lo odien o no, el candidato tiene cualidades de una estrella. En el libro (Ediciones Urano) el autor repasa todas las ligas del magnate con la mafia, principalmente con la de Nueva York en los años 60, 70 y 80. Fija su atención en las licencias para la creación de casinos en Atlantic City.

“Una de las características especiales de Trump es que se ve casi igual hoy que hace 30 años. Misma estatura. Misma complexión. Mismo corte de cabello. Misma vestimenta que se compone de un muy buen traje con saco desabrochado, camisa de vestir y corbata de seda que le llega justo cinco centímetros más debajo de lo que sería verdaderamente elegante”, escribe Glushakov. Para él no es coincidencia que haya conservado la imagen del magnate de bienes raíces de hace tres décadas. Es justo eso lo que quiere vender al elector, al que considera (con asombrosa virtud) como un cliente.

Por eso, Glashakov no ve en él a un político “presidenciable”, sino a un oportunista que vende su marca en la estructura política: Las posibilidades de que llegue a la Casa Blanca son las mismas que tiene una persona de ganar un millón de dólares en uno de los ahora clausurados casinos de Atlantic City.

Trump, ¿un capo de la mafia? es una colección de trofeos del republicano: yates, edificios, universidades, peleas de boxeo, casinos, mujeres, lavado de dinero, uso de mano de obra de migrantes, deudas y evasión fiscal. Sus diplomas. Pero, como dice el viejo dicho: el pasto siempre será verde…

Y Madonna siempre será la inmaculada reina del pop.