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CULTURAS

Tesoros judíos rescatados de la barbarie

El Centro de Documentación e Investigación Judío de México reúne y colecciona miles de libros rescatados en Alemania al término de la Segunda Guerra Mundial.
Eduardo Bautista
25 octubre 2017 0:2 Última actualización 25 octubre 2017 5:0
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(Braulio Tenorio)

El Holocausto —dice la historiadora Fania Oz-Salzberger— no sólo fue el asesinato de seis millones de judíos, sino también una masacre cultural en la que se derramó la tinta de un pueblo cuya historia podría ser contada en una sola línea textual, desde los escritos de los profetas hasta la literatura contemporánea de Nir Baram o Etgar Keret.

Contrario a lo que se cree comúnmente, los nazis no quemaron todos los libros que confiscaron de los hogares y las bibliotecas judías. Miles de ellos fueron resguardados en archivos secretos por la Einsatzstab, institución dirigida por Alfred Rosenberg, uno de los ideólogos más influyentes del Partido Nazi y ferviente creyente de que toda obra producida por cristianos o judíos era “degenerada”.

Hitler quería edificar un museo con todos esos objetos para hacer gala del pueblo que quería exterminar, pero cuando Alemania perdió la Segunda Guerra Mundial y los Aliados recuperaron todo ese material, miles de libros fueron enviados a las comunidades judías de todo el mundo, entre ellas la de México, ante la imposibilidad de devolver los objetos a sus propios dueños.

Hoy, al menos un millar de aquellos títulos permanecen resguardados en la colonia Roma, en un edificio más parecido a un búnker que a un archivo bibliográfico: el Centro de Documentación e Investigación Judío de México (CDIJUM), institución que fue reconocida como Memoria del Mundo por la UNESCO en 2009 y que tendrá una nueva sede el próximo año en una sinagoga de los años 30, también en la colonia Roma, en la calle de Córdoba.

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En el CDIJUM se encuentran los libros religiosos rescatados por los Aliados en la ciudad alemana de Offenbach, en 1946, o clásicos traducidos al ídish, como La Montaña Mágica, de Thomas Mann, o El Capital, de Carlos Marx.

Los libros —detalla en entrevista Enrique Chmelnik, director del CDIJUM— llegaron a México entre 1950 y 1951 y fueron recibidos por el Comité Central de la comunidad judía local el 9 de noviembre de 1938, la misma fecha de La Noche de los Cristales Rotos, hecho que es considerado el inicio del Holocausto, pues fue la primera vez que los nacionasocialistas atacaron físicamente a los judíos de Alemania y Austria.

“Es una coincidencia curiosa, pero muy ilustrativa sobre cómo México fue un salvavidas para la comunidad. Justo cuando comenzó el Holocausto, este país nos abrió sus puertas. Muchos ya habían llegado desde antes a causa de las persecuciones antisemitas en Europa del Este y otros querían cruzar a Estados Unidos en busca de mejores oportunidades, pero prefirieron quedarse aquí”, comenta Chmelnik.

Desde hace siglos, los musulmanes se han referido a los judíos a través del vocablo árabe dhimmi, que quiere decir “el pueblo del libro”. Y es que a los judíos —dice Amos Oz— no los une una línea de sangre, sino una línea de texto, porque su historia está hilvanada, como ninguna otra cultura, alrededor de palabras pronunciadas y escritas. Por ello no resulta extraño que los judíos que huyeron de Europa llevaran consigo libros como si se tratase de objetos de supervivencia. “En situación de guerra quizás suene absurdo llevar libros en la maleta, y más cuando el viaje dura semanas a bordo de un barco, pero para los judíos sus textos son vitales”.

El archivo del CDIJUM está conformado por alrededor de 25 mil títulos de distintas temáticas, desde literatura o ciencia hasta religión o arte. Cada libro es una historia de vida.

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PIEZAS ÚNICAS
Con guantes de cirujano es preciso tomar el libro más antiguo del archivo: Nebim Rishonim (Primeros Profetas), publicado en 1568 con interpretaciones de Rashi, uno de los comentaristas más destacados del judaísmo. Su valor económico es inconmensurable, dice Chmelnik. La mayoría de estos títulos con más de 400 años de historia son de carácter religioso.

Otra colección importante es la que conforman los libros de Offenbach. Se les llama así porque fueron rescatados por las tropas aliadas en 1946 en esa ciudad alemana. Según el testimonio del soldado estadounidense Seymour Pomerantz —recopilado por el Instituto Judío YIVO de Nueva York— el objetivo de su país era “salvar los tesoros de la cultura judía”.

La Einsatzstab visitó 957 bibliotecas, 531 institutos de investigación y 402 museos de toda Europa para confiscar libros, textos sagrados y obras de arte judías. Hitler quería darle un “sentido científico” a su persecución. El plan inicial era devolver todo a sus dueños originales, pero con una tercera parte del pueblo judío exterminado, era difícil llevarlo a cabo. Se tomó, entonces, la decisión de donarlos a las comunidades judías de todo el mundo.

“Pensemos que por cada libro en ídish que se encuentra en el CDIJUM, hay cientos de ellos que fueron quemados. Pensemos que por cada libro en hebreo que resguardamos hay una familia asesinada. El valor de nuestro organismo reside en el rescate de una parte de una cultura que estuvo en riesgo de desaparecer”, comenta Chmelnik.

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Otra de las secciones más nutridas es la de los libros traducidos al ídish, lengua originaria de los ashkenazíes (judíos provenientes de Europa central y del Este) y actualmente en desuso. No todos llegaron a la raíz de las persecuciones antisemitas. Algunos, dice Chmelnik, fueron donados por las familias judías que viven en México. “Cuando un miembro de la comunidad muere, los familiares no saben qué hacer con sus libros y nos los entregan”.

Fue así como se obtuvieron títulos traducidos al ídish de Pablo Neruda, Edgar Allan Poe, Víctor Hugo, William Shakespeare o Frederich Nietzsche.

Destacan también un libreto de Calígula, de Albert Camus; una versión única de El Quijote, de Cervantes, y una edición de El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry.

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Recorrer los estantes de este búnker es un chapuzón en la historia. Frente a un tomo de un Talmud de Babilonia publicado en 1898 se encuentra un libro de rezos elaborado artesanalmente e impreso por la comunidad judía de Ámsterdam en el siglo XVII.

Los dos tienen anotaciones personales, una costumbre que tienen los judíos con sus textos sagrados. “Muchas veces podemos observar la cronología de una familia en estos libros”, explica Chmelnik. Ambos pertenecen a los libros rescatados en Offenbach y tienen 40 sellos de diferentes comunidades judías de Europa, lo cual demuestra que intentaron ser confiscados por los alemanes en 40 ocasiones. Todos tienen, en la primera página, la cruz gamada y la esvástica nazi.

Han pasado ya más de 70 años del Holocausto y aún se confirma la frase del poeta alemán Heinrich Heine: “donde se queman libros, se acaba también quemando a las personas”. Millones de judíos, en efecto, fueron asesinados, pero su memoria aún vive en la tinta, el único aroma capaz de preservar la palabra.

En situación de guerra quizá suene absurdo llevar libros en la maleta, y más cuando el viaje dura semanas a bordo de un barco, pero para los judíos, sus textos son vitales

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