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culturas

Susana Alexander, resistencia en escena

Con 56 años de trayectoria, Susana Alexander se asume heredera de una estirpe de artistas supervivientes. El matriarcado artístico comenzó cuando Brígida y Alfredo Alexander llegaron a México luego de una larga travesía durante la Segunda Guerra Mundial. 
Rosario Reyes
07 marzo 2016 22:10 Última actualización 08 marzo 2016 5:0
La actriz encabeza el elenco de Locos por el té, obra teatral que está próxima a celebrar 400 representaciones. (Braulio Tenorio)

La actriz encabeza el elenco de Locos por el té, obra teatral que está próxima a celebrar 400 representaciones. (Braulio Tenorio)

En casa del herrero, asadón de palo: la tercera generación de la dinastía Alexander en México ha cambiado la tradición artística familiar por las ciencias sociales. Pero Susana, la abuela, confía en que en algún momento su nieta deje la antropología por el teatro. Bastará con que se suba al escenario, asegura.

Y es que, por generaciones, el arte ha seducido irremediablemente a las mujeres de esta familia. Pero también a los varones, aunque desde otro lugar: Alfredo, un ingeniero alemán que hizo los primeros voltímetros en México, marcó la ruta de lo que años después se convertiría en la empresa Teletec, dedicada al diseño de tecnología para el espectáculo. Didier, su primogénito, fue el fundador de la firma que ahora dirige su hijo David.

LA AVENTURA DEL EXILIO 
El matriarcado artístico comenzó cuando Brígida y Alfredo Alexander llegaron a México luego de una larga travesía durante la Segunda Guerra Mundial. El pequeño Didier venía con ellos.

“Llegaron en la indefensión absoluta, ni siquiera sabían dónde quedaba México”, recuerda la actriz y productora Susana Alexander. “No sabían el idioma, no sabían nada, ellos vivían en otro mundo, llegaron vírgenes y pa’colmo, al año siguiente hacen el amor con tanta enjundia de la felicidad porque salvaron la vida, que salimos gemelos”.

La actriz encabeza el elenco de Locos por el té, obra teatral que está próxima a celebrar 400 representaciones y terminará temporada el próximo 3 de abril en el Teatro Fernando Soler. Así como en esta puesta los protagonistas libran varios obstáculos para llegar al estreno, los Alexander han sobrevivido a todo tipo de problemas, en favor de su propia existencia y del arte.

Locos por el té
Teatro Fernando Soler. Velázquez de León 31,
San Rafael
Horario: viernes, 20:30; sábados, 18:30 y 20:30; domingos, 13:30 y 18:00
Localidad: $300


HERENCIA GUERRERA
“Las migraciones, sus odiseas y peligros no contribuyen a conservar la paz interior”, decía Brígida, de acuerdo con un texto biográfico publicado en 2004 en el Diario Judío. Quizá eso la llevó al arte, aunque Susana, quien comenzó a actuar a los 7 años en aquellas teleseries que producía su madre, simplemente dice que “así nos tocó”.

Sin embargo, la actriz reconoce que la historia de su familia ha estado marcada por la supervivencia. Su padre estuvo en África en la Legión Extranjera, para evitar ser llevado a un campo de concentración. Una vez librados los peligros de la guerra, tuvo que aprender todo de nuevo en una geografía desconocida. Ese “afán de sobrevivir”, asegura Alexander, lo lleva en el ADN. Así que ninguna de las recurrentes crisis económicas de este país la ha detenido para vivir del arte.

Susana, quien estudió Letras dramáticas en la UNAM y formó parte de Actor’s Studio, que dirigía Dimitrios Sarrás, creó en 1973 la primera cooperativa para producir teatro, en medio de obstáculos como la censura. “Venían inspectores a ver los ensayos, para decir si podíamos estrenar o no”, recuerda. Su primer montaje, en ese año, fue Aquelarre, en el Teatro El Granero. Desde entonces produce sus propias puestas en escena, alternando con producciones en las que participa sólo como actriz.

Tampoco la han abatido las crisis de escritores, pues es autora de unipersonales como Si me permiten hablar, pieza sobre la condición de la mujer en América Latina que presentó de 1977 a 1990. “Siguen siendo vigentes los textos, pero no quise seguir haciendo la apología de la pobreza, ya bastante difícil es vivir. No quiero seguir diciendo lo mismo: que estamos jodidos. No. Hay otras cosas que puedo contar, aunque tristemente, la situación no sólo no ha cambiado, sino va empeorando”, reconoce.

Ha autogestado sus fuentes de trabajo desde mediados de los 70, cuando becada en Inglaterra para estudiar dirección de escena, coincidió con Roberto D’Amico y juntos hicieron Viaje al corazón de las palabras, un espectáculo de poesía latinoamericana. Tiene otros montajes como Suya, afectuosamente, Carlos Pellicer en una práctica de Vuelo, Susana Alexander en desconcierto, Más vale mala conocida, Dios, ¿sigues ahí?, Madre sólo hay una y como y ninguna, Ni un grito más o Bendita menopausia. Todos, a partir de sus propias experiencias y la “gran escuela” que fue su madre, quien también inspiró una de sus obras más reconocidas.

“La primera vez que hice Yo soy una buena madre judía (que derivó en Yo soy una buena abuela, madre judía) me contrataron, pero después yo la produje porque me di cuenta de que casi ni decía el libreto, sino que decía todo lo que mi mamá hubiera dicho. Ella era muy graciosa y sigo haciendo ese personaje como si fuera un retrato de ella, me gusta mucho hacerlo, porque siento su compañía”. Ella, por cierto, sólo compartió escenario con Brígida en un teleteatro.

“Una vez un señor al final de una función me dijo algo muy hermoso: ‘No existen libros que instruyan para la vida, con esta modernidad, no hay ni siquiera un programa para las computadoras sobre cómo vivir, pero lo que sí hay, son madres’. Me encantó, porque es cierto, para eso estamos las madres. Aunque he tenido mucha suerte, yo tengo dos hijos extraordinarios”, dice de Julián, actual director del Museo de Kansas City, y la bailarina Tatiana Sugazagoitia.