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LOS CAPRICHOS DE LAS MASAS

Siempre los mismos, y nunca

Ningún otro escritor, japonés o no, habita tan cómodamente en el consenso, en la mayoría. En la era de la compartición, del retuit, del efecto viral, Murakami es una unanimidad. Sin embargo, los requisitos de la Academia miran justo para el otro lado.
Mauricio Mejía
06 octubre 2017 0:25 Última actualización 06 octubre 2017 5:0
murakami

(Especial)

Japón no es Murakami. Por extraña razón, el mercado editorial se empeña en la profecía. De algunos años para acá, las casas de apuesta juegan con los sentimientos simplones de los villamelones de las letras.

El japonés aparece como favorito para hacerse del Nobel de Literatura, el más populachero de los diplomas suecos. El único en el que los lectores (frecuentes, apáticos y estrictos) se atreven a emitir un gesto de elección. En tiempos de falsos profetas se ha puesto el nombre de Murakami como inminente. Para bien y para mal, la Academia no reconoce la lista de los más vendidos para reconocer a sus premiados. Los aficionados a la literatura-roll (sin gluten) se afanan en su lucha: ya merece ser. ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Desde cuándo?

Ningún despacho de reconocimientos es tan infiel al merecimiento como el Nobel. Las casas de apuesta juegan con debilidades, se sabe. Y Murakami es una flaqueza del corazón. Junichiro Tanizaki y Yukio Mishima, dos grandes edificios de la literatura japonesa, tuvieron, quizá, más merecimientos al gran trofeo que Murakami.

Cada quien; en géneros se rompen gustos. Una cosa es cierta: Tanizaki y Mishima tuvieron el privilegio de no tener lectores llorones -casi hasta el ruego- que imploren a los suecos el aplauso máximo para su admirado autor. Murakami suena a bala perdida (valga su obra para el premio o no es asunto para otra ventanilla), a gastado por un mundo de lectores que suponen que todos, hasta los miembros del jurado, ven las cosas exactamente como ellos.

Ningún otro escritor, japonés o no, habita tan cómodamente en el consenso, en la mayoría. El sentido común es lo suyo. En la era de la compartición, del retuit, del efecto viral, Murakami es una unanimidad.

Sin embargo, los requisitos de la Academia miran justo para el otro lado: para los que, como Herta Müller, miran para los que nadie observa, para los abismos que todos temen y para los que, como Ishiguro, escriben para no gustar