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Librería: un negocio duro

Abrir una librería en México es complicado. Actualmente, la gente que se dedica a este negocio enfrenta problemas como un gremio desunido, una Ley de Fomento para la Lectura y el Libro “inoperante” y un gobierno desinteresado en las políticas culturales. 
Eduardo Bautista
13 noviembre 2014 22:19 Última actualización 14 noviembre 2014 5:0
Abrir y sostener una librería en México es todo un desafío. (Foto: Braulio Tenorio)

Abrir y sostener una librería en México es todo un desafío. (Foto: Braulio Tenorio)

Abrir una librería independiente en México es un desafío superado únicamente por la dificultad de mantenerla en un país donde este tipo de espacios son cada vez menos, coinciden representantes del sector.
De acuerdo con la Cámara Nacional de la Industria Editorial (Caniem), entre 2010 y 2012 –el último año cuantificado– un estimado de 117 librerías tradicionales desaparecieron, dejando un total de mil 198, aproximadamente (tan sólo en Barcelona, por ejemplo, hay 6 mil 609).

“La librería sí es negocio, pero no uno fácil”, asegura Enrique Richter, presidente de la Asociación Nacional de Libreros Mexicanos (ALMAC).

Un gremio desunido, una Ley de Fomento para la Lectura y el Libro “inoperante” y un gobierno desinteresado en las políticas culturales son los problemas principales que enfrentan los libreros en México, considera Alejandro Zenker, dueño del sello El Ermitaño, quien pese a llevar 30 años en el negocio editorial, tuvo que pasar por diversos obstáculos para abrir su librería en el DF.

Cumplió su sueño en agosto pasado, en la colonia San Pedro de los Pinos, habiendo comprobado que los préstamos financieros para los libreros son casi inexistentes. “Hace un par de años, Conaculta lanzó una política de apoyos para industrias culturales que acabó siendo una tomada de pelo, porque los préstamos eran muy leoninos. En lugar de ayudarnos, nos acabó perjudicando. Hasta quedamos endeudados”. La solución, considera, sería que las instancias culturales otorguen préstamos a fondo perdido y préstamos con tasas de interés de muy bajas a nulas.

Comprobó también que no hay incentivos fiscales para abrir una librería. “Tuvimos que tocar puertas en busca de ayuda. Los trámites burocráticos son complicados y aún no sé a qué institución dirigirme. El Conaculta debería estar más atento a este tipo de problemas”.

Juan Luis Bonilla Rius, dueño de Bonilla Artigas Editores, coincide: “Ni a la SEP ni a Hacienda les interesa el asunto. La ley del libro está ahí, pero no se cumple; el precio único al libro no se respeta y no hay quién castigue al infractor”. Y es que, destaca, aún existen lagunas jurídicas en el Reglamento.

El hecho de que el gobierno sea el productor y distribuidor de los libros de texto gratuitos, en vez de canalizar esa producción a la industria privada, es también identificado por los libreros como una competencia desleal.

Ante este panorama, las beneficiarias han sido las grandes cadenas, sostiene Bonilla. “Han logrado altas ventas a costa de otros. Sus descuentos de hasta 50 por ciento muchas veces atentan contra la ley. En este medio ha habido mucha sangre. Muchos se han quedado en el camino debido a las crisis económicas. Todo comenzó en los años 80, después del terremoto; demasiadas librerías se cayeron y la devaluación del peso nos pegó”.

Antes de que se fijara un precio único al libro, la competencia con las cadenas generó en el público una idea de que las librerías independientes eran caras, lo que contribuyó a que cientos de ellas cerraran, agrega Bonilla. En lugar de unirse más, los miembros del gremio han optado por dividirse. “Esto es una jungla, cada quien ve por sus intereses, tanto los editores como los libreros”. 

También es cierto que muchos de estos espacios están desapareciendo porque no se adaptan al nuevo mercado, advierte Arturo Ahmed, director general del Instituto de Desarrollo para Libreros (Indeli). “La realidad es que los consumidores han cambiado”, afirma.

Cada vez más establecimientos dedicados a vender libros buscan ofrecer una experiencia, y se apoyan en servicios complementarios como las cafeterías, restaurantes e incluso bares con actividades culturales, para apuntalar sus ganancias.

FALTA DE NÚMEROS

Uno de los obstáculos de mayor dimensión para visualizar de forma cuantitativa la situación del gremio es la carencia de estadísticas reales en el negocio de las librerías, advierte Zenker. “Es muy difícil cuantificar porque ni los editores ni los libreros quieren dar a conocer sus cifras”. Fuera del Congreso de Libreros Mexicanos (COLIME) –organizado por el Indeli– y la Feria del Libro de Guadalajara, la industria no tiene más espacios para debatir posturas, añade.

Además, no todas las librerías del país están incorporadas a la ALMAC. “Muchos libreros no quieren pagar una cuota anual, la cual va de los 2 mil 500 a los 30 mil pesos, en el caso de las grandes cadenas”, puntualiza Richter.

Contra esta problemática se debe actuar rápido para no entrar en una crisis sin precedentes, advierten los libreros.

“El gobierno no entiende que se trata de un sector de importancia estratégica para el desarrollo del país, que incluso podría aportar mucho más al PIB. En lugar de estar fomentando elefantes blancos como Educal, y erogar sumas millonarias al Conaculta, debería diseñar políticas de emprendimiento cultural que permitan abrir nuevos espacios de lectura. En ese sentido, hemos fracasado como país, ya que no hemos podido incrementar el número de lectores”, concluye Zenker.

LIBRERÍAS EN NÚMEROS

1,198 librerías hay en México, aproximadamente

30% se encuentra en el DF

32% tiene entre 10 y 20 años

45% se localiza dentro de otros espacios

55% vende títulos de interés general

80% vende ediciones de importación

2.94 libros lee un mexicano al año

123,620 habitantes por librería en el DF

Fuente: CANIEM y Encuesta Nacional de Lectura (Inegi)