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buena vida

Un mexicano, entre
los mejores sastres
del mundo

El arte de crear una prenda a la medida es una tradición que se agota. El secreto es el corte, y en el país pocos saben cortar la tela como el maestro Gilberto Ortiz, considerado uno de los tres mejores sastres del mundo, por la casa de telas Scabal.
Myrna I. Martínez
01 junio 2014 22:43 Última actualización 02 junio 2014 14:19
Gilberto Ortiz se independizó y abrió su primer taller en 1990, en San Ángel. Siete años después se mudó a la calle de Londres 209. (Edgar López)

Gilberto Ortiz se independizó y abrió su primer taller en 1990, en San Ángel. Siete años después se mudó a la calle de Londres 209. (Edgar López)

El secreto de la sastrería es el corte, y en el país pocos saben cortar la tela como el maestro Gilberto Ortiz, considerado por la casa de telas finas Scabal, con sede en Bruselas y Londres, uno de los tres mejores sastres del mundo.

Nació en el poblado oaxaqueño San Andrés Lagunas, donde aprendió a arar la tierra. No sabe exactamente cómo inició su gusto por la sastrería. “Mi padre me contaba que mi abuelo cortaba las agujas de la puya del maguey y les hacía un orificio, y de la penca sacaba el ixtle y lo utilizaba como fibra para hacer los calzones de manta que usan los mixtecos”, recuerda Gilberto.

A los 12 años, en 1965, llega a la Ciudad de México para probar suerte. Durante dos días durmió debajo de un puente, y descalzo, mugroso y hambriento, recorrió el primer cuadro de la capital, donde se encontraban los talleres de joyería y sastrería. Le impresionó la elegancia del vestir en los hombres: todos usaban sombrero, traje y bastón.

“Mientras anduve vagando, me encantó ver cómo trabajaban en los talleres, me asomaba, pero los maestros me rechazaban, me corrían, hasta que tuve la fortuna de conocer a un sastre alemán, Jorge Shoerer”, recuerda.

A cambio de una comida al día, Gilberto limpiaba el taller y los baños, pero al poco tiempo dejó las tareas de aseo y se convirtió en el ayudante de Shoerer.

“Mi maestro fue uno de los mejores sastres de Alemania, él vestía a Hitler, imagínese con quién aprendí. Me enseñó al estilo militar, era muy riguroso, mis castigos eran muy duros”, afirma.

A pesar de tratar con gente famosa desde sus inicios, el joven se caracterizaba por su timidez, la cual se le quitó una década después gracias a María Félix.

“Me dice la señora, ‘mira Gilberto, yo me hago mi ropa en Francia y el único que me ha tomado medidas ha sido Christian Dior’. Yo ni sabía de quién me estaba hablando, estaba asustado”, comenta.

Después de trabajar por más de 20 años como maestro sastre en distintas boutiques, Gilberto Ortiz se independizó y abrió su primer taller en 1990 en San Ángel. Siete años después se mudó a la calle de Londres 209, donde actualmente sigue cortando, cosiendo y confeccionando ropa para empresarios, famosos (Juan Gabriel, Joaquín López Dóriga), políticos, a un ex presidente (no dice quién es) y a todo aquel que pueda pagar sus trajes elaborados con telas finas, algunas con filamentos de oro de 24 quilates, fragmentos de diamantes, o la llamada Super 250, de lana de borregos Merino.

En 2012 fue invitado por la empresa de telas finas Scabal a viajar a Londres para competir contra otros 49 sastres de 36 países.
“Cuando regresé, me llegó un correo donde me informaban que fui uno de los tres ganadores, y por lo consiguiente, que era considerado uno de los tres mejores sastres del mundo. Sí me emocioné, pero luego me situé en mi realidad, y pensé, ¿a quién le interesa eso?”, reflexiona.

Como sus telas favoritas son las creadas por la firma inglesa Holland & Sherry, le patrocinaron el viaje y lo llevaron a conocer la calle londinense Savile, donde, desde hace más de 200 años, se establecieron los primeros talleres modernos, creadores del traje y del smoking. En Savile también tiene su taller Richard Anderson, el sastre de la reina, con quien compartió ideas.

“Platicamos sobre la crisis de la sastrería, está a punto de desaparecer, y pensamos que la mejor forma para seguir con esta tradición es abriendo talleres, que las nuevas generaciones aprendan de la misma forma que nosotros, desde abajo”, concluye Ortiz.