AFTEROFFICE
culturas

Sabina y los días de Londres

Los seis años que el cantautor español Joaquín Sabina se fugó a la capital británica (1970-1976) fueron clave para su lírica. Huyó para evitar la cárcel. Tenía 21 años y estaba por comenzar el Servicio Militar obligatorio.
Rosario Reyes
27 marzo 2017 21:31 Última actualización 28 marzo 2017 5:0
(Especial)

(Especial)

En 1970, Joaquín Sabina huyó a Londres para evitar la cárcel. No era para menos: acababa de participar en el ataque con bomba a un banco, en Granada, para protestar contra el Juicio de Burgos, en el que el gobierno franquista sometió a muerte a varios miembros de la organización disidente ETA.

Tenía 21 años y estaba por comenzar el Servicio Militar obligatorio, así que también pudo estar huyendo de esa imposición. O se fue tras la falda de Leslie, la joven estudiante británica de quien se había enamorado.

“En Londres se ganaba la vida como muchos exiliados, en trabajos esporádicos, precarios, él presume incluso que trabajó en un asilo de ancianos y llegó a limpiar muertos, pero todo eso forma parte de una leyenda un poco romántica. Lo que sí es verdad es que ya tenía muy clara su vocación poética y en esos años se metió por completo en la cultura del rock anglosajón”, comenta el periodista Julio Valdeón, autor de la biografía Sabina. Sol y sombra, que se publicará mañana en España bajo el sello Efe Eme.

“Pasó una temporada tocando en las calles y en el Metro”, recuerda el periodista mexicano José Xavier Navar, quien fue el encargado de la prensa de Sabina en los inicios de su carrera en México.

La estación londinense le sirvió al músico para “poner un pie en Dylan y en los Stones”, comparte él mismo en Sabina en carne viva. Yo también sé jugarme la boca (2005), un compendio de conversaciones con el periodista Javier Menéndez Flores. Se acercó -dice en ese libro- a una música “más callejera y menos cantautoril”.

“Claro que me ha platicado de su estancia en Londres como okupa y su relación con personajes interesantísimos de no muy buena reputación”, comparte el exportero del Atlante Félix Fernández, quien es amigo de Sabina desde que éste lo citó en El Tenampa en 1996, después de un concierto que dio en la Ciudad de México, el mismo día en que su equipo le ganó al Cruz Azul.

“El día que nos conocimos me dijo, entre abrazos, risas y brindis: ‘Quiero que seamos amigos, pero te advierto que voy a decepcionarte muchas veces’. Sobre advertencia, no me ha fallado. Yo a él seguramente sí, porque nunca contemplé decepcionarlo”, comparte el comentarista.

En reciprocidad, cada uno apoya al equipo del otro: el Atlante, donde jugó Fernández y el Atlético de Madrid, al que Sabina compuso el himno del centenario, 'Motivos de un sentimiento', en 2003.

DONDE SE CRUZAN LOS CAMINOS
A su regreso a España, en 1976 -poco después de la muerte de Franco-, cumplió con el Servicio Militar y se volvió a enamorar. Lucía, hija de exiliados argentinos, es la única mujer con la que se ha casado -él presume que lo hizo para disfrutar del pase pernocta y dormir en casa durante las prácticas militares-. Entonces alternaba el periodismo con la música en Palma de Mallorca, donde le ofrecieron un contrato en un diario, que rechazó para irse a Madrid a iniciar su trayectoria artística. Llevaba el material de lo que sería su primer disco, Inventario, con las canciones que escribió en Londres.

Sabina compuso aquellos primeros temas en el piano del músico Isabelo Garrido, a quien conoció en Inglaterra, junto con el fotógrafo Publio López Modéjar. Ellos fueron su apoyo en ese tiempo. Tanto, que una vez que los padres del artista fueron a visitarlo, como él no tenía casa, le prestaron el departamento donde vivían para simular que era de él. Comieron lentejas, como el día que se despidieron en Jáen.

“Aquel periodo fue clave para Joaquín. España era un país culturalmente muy reprimido, muy desconectado del resto de Europa, porque llevábamos muchos años bajo la dictadura y un control muy férreo que ejercía la Iglesia católica. Salir a Londres fue un impacto enorme: aunque ya era lector de César Vallejo, de Pablo Neruda, ahí descubrió a los Stones, a los Beatles y, sobre todo, la libertad”, explica el periodista español Julio Valdeón.

En Madrid conoció a quien se convertiría en una especie de gurú para él: el cantautor y poeta Javier Krahe (1944-2015), tan apreciado para él como Luis Eduardo Aute, el mismo Dylan o los cubanos Silvio Rodríguez y Pablo Milanés.

Sabina lo recuerda en una de las charlas con Menéndez Flores: a mediados de los 90, estaba en el Café Gijón con un grupo de intelectuales que le cuestionaban el valor del legado de Krahe, con quien se presentaba, al lado de Alberto Pérez en sus primeros años en Madrid, en el mítico bar La Mandrágora, de donde tomaron el título del disco que grabaron en 1981. “El bueno eres tú”, le decían.

“Dejé pasar una hora y les invité a otros cafés y a otros coñacs baratos… y entonces recité: Tú que has tenido la rara fortuna de conocer / el corazón a la luz de la luna de mi mujer. / Tú que has sabido tomarle el tranquillo / a esos brazos, / más de una vez te adivino en el brillo de sus ojazos.

Y acto seguido les pregunté de quién era. Uno juraba que era Garcilaso; otro que aquello sólo podía ser cosa de Quevedo, y yo disipé las dudas al grito de ¡es Krahe, hijos de puta!”.

A punto de concluir la década de 1970, apareció Inventario. Ese primer disco cerraba 10 años seminales en su trayectoria. Recientemente lanzó Lo niego todo, su primer álbum de estudio en ocho años, y en los versos de la canción que le da título alude a su época de auto exilio:

Ni ángel con alas negras / ni profeta del vicio / ni héroe en las barricadas / ni okupa, ni esquirol / ni rey de los suburbios / ni flor del precipicio / ni cantante de orquesta / ni el Dylan español.

Con estas nuevas canciones saldrá de gira el próximo 14 de mayo. Comenzará en México y terminará en marzo de 2018 en Centroamérica, tras recorrer varias ciudades de Europa y Sudamérica.