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CULTURAS

Rigo Tovar sigue vigente a 10 años de su muerte

El mundo cultural lo ha olvidado. Pero su importancia en el devenir histórico de la música mexicana es esencial. El escritor Fabrizio Mejía Madrid y el compositor Jaime López realizan una radiografía de este icono del rock, la cumbia y algo más. 
Eduardo Bautista
02 junio 2015 23:13 Última actualización 29 marzo 2016 12:34
Rigo Tovar

Rigo Tovar

Al contrario de Odiseo, que evitó sucumbir al canto de la sirenas, Rigo Tovar se las comió de desayuno. Sólo él pudo engendrar sirenitos con caras de angelito y colas de pescado. ¿Cómo lo logró? Nadie lo sabe. El escritor Fabrizio Mejía Madrid se atreve a decir que quizás fue su sangre de hombre marginal de la frontera lo que lo llevó a crear personajes igual de extraños que él. Personajes que, al final, nunca encajaron en ningún lado, acaso en el mar. Pero sabe que todo en Rigo, más que amor, es enigma. A cualquiera confunden los cabellos de león, el gesto tropical, las disculpas por ser tan guapo y el brinquito a lo Jim Morrison sobre el escenario.

El mundo de Rigo era extraño. El de sus canciones y el de su vida, extinguida el 27 de marzo de 2005, tras 10 años de aislamiento y una depresión provocada por la pérdida de la vista. Padecía retinitis pigmentosa.

Se dice que tuvo diez hijos de carne y hueso. También uno que otro sirenito emergido del Golfo de México; o quizás de las orillas del Río Bravo. El punto es que ahí, en la frontera, en Matamoros, Rigo desarrolló su mito, uno de estética muy kitsch, casi alienígena, que conquistó a millones de mexicanos, afirma Mejía Madrid.


“Si existe alguna, la definición de ídolo popular en los años setenta es aquella que convoca más que el Ave María: en 1979, Rigo Tovar y su Costa Azul excedieron por 10 mil asistentes a la concurrencia que convocó en Monterrey el entonces Papa Juan Pablo II”, escribe el autor en su ensayo No me odies por ser tan guapo, recopilado en el libro Rigo es amor, una rocola a dieciséis voces (Tusquets).

Las mujeres se volvían locas por Rigo. Se desmayaban. Le aventaban lencería. Se imaginaban, sudadas entre la multitud, si iban a ser sus esposas, amigas o amantes. Él las veía, sonreía y se presentaba: “Muy buenas noches, mi querido público. Ante ustedes, los muchachos del conjunto Costa Azul y su servilleta, el inolvidable Rigo”. Así era: sencillo.

Entonces no se sabía que aquellos conciertos realizados al aire libre o debajo de gigantescas lonas representaban la gestación de manifestaciones culturales futuras, asegura el compositor Jaime López, para quien Rigo es un parteaguas en la historia de la música mexicana. Dice que fue el precursor del género grupero, que fue el primero en incorporar sonidos electrónicos a la cumbia y que influenció a gran cantidad de rockeros en los años 80 y 90, como La Maldita Vecindad, Café Tacvba, La Lupita, Plastilina Mosh o Nortec Collective.

“Rigo Tovar logró lo que muy pocos: la fusión musical y el sincretismo cultural. Le tocó vivir, al mismo tiempo, la explosión del rock y la cumbia. Y todo gracias al entorno fronterizo del que provenía, el cual utilizó no para dividir, sino para construir una nueva cultura a partir de otras. Para mí, él y Carlos Santana tienen la misma importancia en términos culturales”, apunta López.

En 2006, EMI lanzó el álbum Rigo es amor, un tributo en el que participaron Pepe Aguilar, Aleks Syntec, Jaime López, Panteón Rococó, La Lupita, Erik Rubín, Austin TV, Nortec Collective, Volován, Dildo, Los de Abajo, Los Amigos Invisibles, entre otros. Éxitos como Mi Matamoros querido, El Sirenito o El Testamento fueron revisitados y transformados. “La huella de Rigo en el mundo del rock es clara: antes, muchos rockeros eran cumbieros de clóset. Intentaban tocar a Pink Floyd o a Yes y, de repente, se les salía el agua de coco”, asegura López.


El compositor de La Chilanga Banda trató poco a Rigo. Se lo encontró por coincidencia en un par de ocasiones: una en un camerino de Nueva York y otra en un avión. Éstas le bastaron para saber que Rigo Tovar era, antes que nada, un rockero. “Y uno de muy dark al que le gustaba Black Sabbath”.

Pero la estética tovariana tampoco era la de un rockero común. Dice Mejía Madrid que era más bien la de “un Ziggy Stardust emergido del pozo petrolero”. Y es que por momentos pareciera que los teclados de Mi Matamoros querido no son propios de una canción tropical, sino de alguna canción de The Doors. “Con Rigo los marcianos llegaron ya, pero no precisamente bailando cha cha chá”, bromea López.


NACO ES CHIDO

La ecléctica mezcla del tamaulipeco nacido el 29 de marzo de 1946 no siempre fue bien recibida. Raúl Velasco, el conductor del programa Siempre en Domingo, le dijo: “Nunca serás una estrella. Eres muy naco”. El tiempo refutó sus palabras. Rigo llenó escenarios sin necesidad de Televisa o la payola. “Él y Juan Gabriel fueron los ídolos populares más grandes de México en los años 70”, señala Mejía Madrid.

Dice el autor que, ante esa marginalidad a la que lo sometieron los medios de comunicación, el cantante optó por la autoparodia. No hay ejemplo más claro de ello –afirma– que la canción Perdóname mi amor por ser tan guapo, cuyas guitarras recuerdan más al glam rock de California que a una balada tropical. En ese tema Rigo canta que es inexplicable lo que tiene que sufrir. Tenía voz de profeta.

“Rigo era una historia muy de la frontera. Tuvo que irse a Estados Unidos a trabajar. Allá se superó y se hizo famoso. Luego vino a México y se enfrentó a muchos prejuicios. Encarnó a un grupo social que históricamente ha sufrido las consecuencias de la marginación, la injusticia y la pobreza. Y su respuesta sólo fue bailar y cantar ese sufrimiento”, concluye Mejía Madrid.