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Qué temprano se hizo tarde, Yogi

Yogi Berra no fue un catcher que ganó 10 Series Mundiales con los Mulos de Manhattan. Tampoco el oso al que dio nombre. Menos un camarada dicharachero sabio del hedonismo racional. No. Berra fue un gozo en medio de la tempestad del mundo bipolar.
Mauricio Mejía
24 septiembre 2015 12:38 Última actualización 24 septiembre 2015 12:43
Berra aprendió de la vida las recetas más elementales. Solía dormir “una siesta de dos horas diarias de una a cuatro”. (AP)

Berra aprendió de la vida las recetas más elementales. Solía dormir “una siesta de dos horas diarias de una a cuatro”. (AP)

El déjà vu se repetirá todo el tiempo, a partir de ahora el pasado será sólo futuro. El beisbol, los Yanquis, América, la filosofía epicúrea y las Naciones Unidas pierden al gran emblema de la segunda mitad del siglo XX. Yogi Berra no fue un catcher que ganó 10 Series Mundiales con los Mulos de Manhattan. Tampoco el oso al que dio nombre. Menos un camarada dicharachero sabio del hedonismo racional. No. Berra fue un gozo en medio de la tempestad del mundo bipolar.

El humor, esa virtud detrás del plato, se ensañó en las lecciones quijotescas del más práctico de los pensadores desde los hermanos Marx. Un día le dijo a una mesera: “Por favor, pártame la pizza en cuatro partes; no tengo tanta hambre para comerme seis”.

Si Nabokov y Ortega se dedicaron a meditar sobre las enseñanzas del Hidalgo de la manchega llanura, el mundo no necesitó de mediadores para entender hasta lo último el sistema filosófico del hombre detrás de home: “Mi esposa y yo hemos estado felizmente casados desde hace 40 años. Ella ha sido feliz y yo he estado casado”, sentenció y esa frase quedó etiquetada en todos los consultorios de los terapeutas de las relaciones de pareja.

Kant se ajustó a la Razón; Schopenhauer a la voluntad y Heidegger al tiempo. Berra al clarificador aforismo: “Cuando llegues a una encucijada en el camino sigue derecho”. Entre lo lleno y lo vacío no hay diferencia. “Ya nadie va allí, hay demasiada gente”.

Berra aprendió de la vida las recetas más elementales. Solía dormir “una siesta de dos horas diarias de una a cuatro”. Recomendaba a sus muchachos: “si no sabes imitarle, no le copies”. ¿Qué carajos es el beisbol? Respondió: “un deporte en el que el 90 por ciento es mental y la otra mitad física”.

Descendiente de italianos, aprendió de Da Vinci la estética del cuerpo. “No sabría decirle -dijo a un inquieto preguntón- si el nudista era hombre o mujer, porque llevaba la cara tapada con una bolsa de cartón”.

Precavido, siempre supo que el hombre así vale por dos y medio en el segundo out de la novena. “Ya sabía que iba a equivocarme de tren, por eso me fui más temprano a la estación”. Como Sócrates, hijo de la tradición oral, sostuvo al final que nunca dijo eso que dijo.

Y dejó un tratado a la autoestima: “nunca me culpo cuando bateo mal. Culpo al bat. Si la cosa sigue mal, cambio de bat. Después de todo, como sé que no es culpa mía batear mal, ¿para qué enfadarme conmigo?”.