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Pussy Riot, el dolor de cabeza de Vladimir Putin

Las Pussy Riot se han convertido en un dolor de hígado para el gobierno de Vladimir Putin; el arte, de acuerdo con ellas, no es un espejo que refleja el mundo, sino un martillo para darle forma. 
Eduardo Bautista
21 noviembre 2017 23:53 Última actualización 22 noviembre 2017 5:0
pussy riot

(Especial)

Hay un viejo dicho europeo que afirma que los rusos siempre son los últimos en abordar el tren. Salvador Dalí dijo que la Revolución Rusa fue la Revolución Francesa que llegó tarde por culpa del frío. El punk no fue la excepción. Llega a Moscú casi medio siglo después de que emergiera del Támesis y el Hudson para transformar la escena musical, cultural y política de ambos lados del Atlántico. Sobre el escritorio del hombre fuerte de Rusia, Vladimir Putin, hay un tema que le ocupa y le preocupa: las Pussy Riot.

Traducido cobra mayor sentido: “La Revuelta de las Vaginas”. Un grupo feminista con ese nombre podría parecer ordinario —incluso ingenuo— en Manchester, París o Los Ángeles. Pero en Rusia cualquier inconformidad puede desembocar en disidencia. Más cuando se tiene en el Kremlin a un ex agente de la KGB que añora el pasado soviético, promulga leyes contra los homosexuales y asegura que nunca tiene días malos porque no es mujer.

Aunque es un colectivo y puede sumarse cualquiera, las Pussy Riot responden a los nombres de Nadezhda Tolokónnikova (Nadia), Yekaterina Samutsévich (Katia) y María Aliójina (María), tres chicas de entre 28 y 35 años, de clase media, a las que la Guerra Fría les dice lo mismo que una piedra. Hoy son estrellas de la cultura pop, pero hasta hace dos años eran mártires de lo que muchos críticos creían enterrado 100 metros bajo tierra: el punk.


Pasaron dos años en la cárcel (2012-2014) por haber “socavado el orden social” —según el gobierno ruso— en la Catedral de Cristo Salvador de Moscú, donde lanzaron —en una bizarra mezcla de cantos gregorianos y estribillos industriales— una que otra bala contra el conservadurismo de la sociedad rusa: “Virgen María: líbranos de Putin”, “El ex líder de la KGB es el Santo de Rusia”, “El movimiento gay ha sido encadenado y enviado a Siberia” y “¡Virgen María: hazte feminista!”.

En su país fueron segregadas inmediatamente. Sus interrogatorios y sus juicios fueron transmitidos por la cadena pública de televisión. La intención del gobierno ruso era aumentar el desprecio de una sociedad muy conservadora en contra de las chicas. Sin embargo, en el resto del mundo, la situación fue diferente. Sus quejas, que podrían pasar como locales, se ganaron el respaldo de casi toda Europa y Estados Unidos.

Hace un mes, Nadia fue invitada al Hay Festival de Querétaro para hablar sobre cultura y feminismo. Al ser interrogada sobre la violencia de género y los feminicidios en México, dio el siguiente consejo: “es importante tener lugares alternativos como refugios o lugares de trabajo a los que puedan ir quienes deciden dejar un hogar donde se abusa de ellas. Si generas condiciones para creer que puedes salirte de donde estás y tener una mejor vida finalmente, como las olas, se seguirán reproduciendo. Es importante conocer y compartir cuáles son las herramientas legales con las que cuentan y tener abogados que puedan ayudar”. Un mes después, las Pussy Riot fueron invitadas al Vive Latino 2018, que se llevará a cabo el 17 y el 18 de marzo.


La semana pasada inauguraron su primera exposición fuera de Rusia: Art Riot: Activismo post-soviético, en la Galería Saatchi de Londres, donde también se muestran obras de otros artistas disidentes rusos. Además, acaban de lanzar su tercer álbum, XXX (2017), en el que no temen lanzarse contra Putin o Trump, “dos machos mentirosos y corruptos que no resuelven problemas y que tienen la necesidad de medirse los penes continuamente para ver quién la tiene más larga”, según palabras de la propia Nadia en una entrevista con El País en octubre pasado.

¿NIÑAS BIEN?
Después de artistas como GG Allin —la oscura figura punk de Estados Unidos que se autoflagelaba en el escenario y practicaba la coprofagia— o de bandas que rebasaron los confines de lo musical para llegar a lo político, como Sex Pistols, The Clash, The Specials o Dead Kennedys, hay quienes ven en las Pussy Riot a un puñado de jóvenes inofensivas que se mueven en las aguas dulces del marketing. Sus constantes apariciones en Vice, los apoyos que reciben de Madonna, su nombre registrado como marca y sus últimos videoclips que están muy lejos de ser trabajos caseros conducen a la siguiente pregunta: ¿el punk puede existir en el siglo XXI?

La banda sí surgió por motivos políticos. El 24 de septiembre de 2011 la prensa internacional anunciaba que Vladimir Putin se postularía en las elecciones presidenciales rusas del año siguiente para ser reelegido por tercera ocasión. Esa misma noche, en un ático de Moscú (en donde radican actualmente) y enfadadas por la idea de tener al mismo hombre en el poder desde 1999, Nadia, Katia y María se anunciaban a sí mismas que eran las Pussy Riot.


Su idea de crear una agrupación feminista era sencilla, muy al estilo del concepto “hágalo usted mismo” que seguían los punks de los 70: mantenerse al margen del mercado, escribir letras incendiarias, componer riffs elementales, subir videos caseros a Internet y actuar clandestinamente en lugares prohibidos como la Plaza Roja, siempre cubiertas por pasamontañas. “Cuando las vi con esas máscaras, creí que iban a asaltar un banco”, dijo en entrevista el padre de Nadia en el documental Pussy Riot: A Punk Prayer (2014).

Las Pussy siempre han contado con el apoyo de sus familias. El padre de Nadia incluso ayudó a componer una parte de la canción que entonaron en la Catedral. La madre de María lamenta que su hija se haya atrevido a “profanar” un sitio sagrado, pero se siente orgullosa pese a todo.

Amnistía Internacional las considera “presas de conciencia” por “la severidad de la respuesta de las autoridades rusas”, quienes las golpearon durante los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi 2014, donde se manifestaron para pedir el cese de las leyes contra los homosexuales. “La cárcel no es el peor lugar para alguien que piensa”, sostuvo Nadia ante decenas de cámaras cuando fue arrestada por la policía en 2012.

Hoy, las chicas aparecen donde sea: en Nueva York o Moscú, ya sea pidiendo la liberación de presos políticos ucranianos o manifestándose contra Donald Trump. En su país no son muy queridas; apenas un 6 por ciento de la población simpatiza con ellas, según la organización no gubernamental rusa Levada Center. Pero poco les importa. Han dicho que no se detendrán, porque creen, como Bertolt Brecht, que el arte no es un espejo que refleja el mundo, sino un martillo para darle forma. Así es el punk del siglo XXI.